Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 3: Las preguntas que nunca se hicieron
Lucía no durmió aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la sonrisa del hombre. Cada vez que se quedaba en silencio, escuchaba su voz grave diciéndole «sé lo que olvidaste». Dio vueltas en la cama hasta que el amanecer pintó de gris las cortinas. Entonces tomó una decisión: no iría a la biblioteca. Pasaría el día en casa, con la puerta cerrada y el móvil apagado.
Pero a media mañana, algo la empujó a salir. No era valor. Era necesidad. Necesitaba sentarse en su rincón, oler el papel viejo, escuchar el silencio cómodo de los libros. Necesitaba sentir que el mundo seguía siendo el mismo. Y quizá, también, necesitaba comprobar si Daniel sabía algo.
La biblioteca estaba casi vacía. Daniel la recibió con su sonrisa de siempre, la de las gafas de pasta y la paciencia infinita. Pero Lucía ya no veía esa sonrisa igual. Ahora buscaba grietas.
—Creí que no vendrías hoy —dijo mientras ordenaba unos libros en el mostrador.
Lucía se quedó quieta. No le había dicho a nadie que quizá no vendría. ¿Cómo lo sabía?
—¿Por qué iba a faltar? —preguntó, tratando de que su voz sonara natural.
Daniel se encogió de hombros, pero sus ojos no la miraron al responder. Eso era nuevo. Siempre la miraba.
—No sé. Una corazonada. A veces la gente se aleja de repente, sin avisar. Tú nunca lo haces, pero… uno nunca sabe.
—¿Hay algo que quieras decirme, Daniel?
Él levantó la vista entonces. Y durante un segundo, muy breve, Lucía vio algo raro en su mirada. ¿Miedo? ¿Culpabilidad? Se fue tan rápido que casi pudo convencerse de que lo había imaginado.
—Solo que cuides de ti, muchacha —dijo, y su voz sonó más grave que de costumbre—. El mundo no es tan amable como estos libros.
Se dio la vuelta y desapareció entre las estanterías.
Lucía se quedó paralizada en la entrada. Algo no encajaba. Daniel llevaba años viéndola llegar, leer, marcharse. Nunca le había dicho nada parecido. Nunca la había mirado así. ¿Estaba advirtiéndole? ¿O midiendo su miedo?
Fue entonces cuando lo notó.
Sobre la mesa de su rincón, el que nadie usaba salvo ella, había un libro. No estaba allí el día anterior. Lo sabía porque ella siempre dejaba ese sitio vacío, como un pequeño territorio sagrado.
Se acercó despacio. El libro era viejo, de piel oscura, sin título en el lomo. Lo abrió con manos temblorosas.
En la primera página, alguien había escrito con letra pequeña y apretada:
«Lo que no recuerdas te encontrará. No huyas. No sirve de nada.»
El corazón le dio un vuelco. Miró a su alrededor. No había nadie. Solo el eco de sus propios pasos en el suelo de madera.
Cerró el libro de golpe y fue al mostrador. Daniel ya estaba allí, como si nunca se hubiera ido.
—¿Esto es tuyo? —preguntó Lucía, mostrando el libro con manos temblorosas.
Daniel lo miró sin sorpresa. Demasiado sin sorpresa.
—No —respondió—. Pero alguien lo dejó para ti. He visto a un hombre merodeando por aquí estos días. No quise asustarte.
—¿Y no crees que debería habérmelo dicho antes?
Daniel suspiró, cansado, y por primera vez Lucía notó arrugas que antes no había visto.
—Quizá. Pero hay cosas que no se dicen, Lucía. Al menos no hasta que uno está seguro.
—¿Seguro de qué?
Él la miró fijamente. Ya no había calidez en sus ojos. Solo una advertencia silenciosa.
—De si la persona a la que quieres proteger merece la pena el riesgo.
Lucía salió de la biblioteca sin mirar atrás. Pero algo dentro de ella le susurraba que Daniel no era un enemigo. Tampoco un amigo del todo limpio.
Era algo peor: un aliado con secretos propios.
Y esos son los más peligrosos.