Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 23
Bruno detuvo el caballo frente a la casa de Nohemí, el lugar era sencillo, bien cuidado, con una puerta de madera firme y una pequeña ventana abierta por donde salía aire fresco, ella se acomodó con cuidado antes de bajar, apoyándose apenas en el brazo de él.
—Gracias —dijo, ajustando su maleta.
Bruno asintió, sin exagerar el gesto.
—No fue nada.
La puerta se abrió antes de que ella pudiera tocar, un hombre mayor salió, su postura recta a pesar de los años, su mirada se posó primero en su hija y luego en el duque.
—Llegaste más tarde hoy —dijo el hombre, luego observó mejor a Bruno—, su excelencia.
Bruno inclinó ligeramente la cabeza.
—Doctor.
Nohemí dio un paso hacia su padre.
—Me encontré con el duque en el camino, me ofreció traerme.
El médico asintió con calma, evaluando la situación con experiencia.
—Es bueno saber que alguien cuida de mi hija en el camino.
Nohemí miró a Bruno.
—Debería descansar, aún está recuperándose.
Bruno negó suavemente.
—Estoy mejor. Gracias a ti.
El médico intervino.
—Aun así, no descuide lo que ya ha avanzado.
Bruno sostuvo su mirada.
—No lo haré.
Nohemí asintió, satisfecha.
—Entonces nos veremos en otra ocasión.
Bruno tomó las riendas.
—Claro.
Se despidió con un gesto breve y giró el caballo, retomando el camino de regreso, esta vez con un ritmo más firme, su expresión había cambiado, no era la misma con la que salió, había tranquilidad en sus ojos.
Cuando llegó a la residencia, desmontó sin ayuda, caminó directo al interior sin detenerse, los sirvientes se apartaban al verlo, su presencia imponía más que antes, no necesitaba levantar la voz.
Fátima lo estaba esperando.
De pie en el centro del salón, con los brazos cruzados, su mirada fija en él, su postura tensa.
—¿Dónde estabas?
Bruno no se detuvo frente a ella, pasó de largo unos pasos, luego giró.
—No es asunto tuyo.
Fátima soltó una risa breve, cargada de molestia.
—Claro que lo es, soy tu esposa.
Bruno la miró sin suavizar.
—Eso no te da derecho a cuestionar cada paso que doy.
Fátima avanzó un poco.
—Entonces explícame otra cosa —dijo, su tono subiendo—, ¿por qué quieres divorciarte?
Bruno no respondió de inmediato.
Fátima dio otro paso.
—No lo niegues, hablé con el abogado.
Bruno alzó apenas una ceja.
—Veo que no pierdes el tiempo.
—No me ibas a decir nada —replicó ella—, tuve que enterarme por mi cuenta.
Bruno cruzó los brazos.
—No tenía intención de discutirlo contigo en ese momento.
Fátima lo miró con intensidad.
—¿Y cuándo pensabas hacerlo?
—Cuando fuera necesario.
Fátima apretó los labios.
—Es necesario ahora.
Bruno soltó el aire, cansado.
—No soporto esta vida.
El silencio cayó entre ambos un segundo.
Fátima lo observó, su expresión cambió, pasó de molestia a algo más contenido.
—Ni siquiera llevamos un año casados —dijo—, ¿y ya quieres terminar todo?
Bruno sostuvo su mirada.
—Sí.
Fátima negó con la cabeza.
—Esto es ridículo.
Bruno dio un paso hacia ella.
—Lo ridículo es fingir que no pasa nada.
Fátima levantó la voz.
—No pasa nada.
Bruno respondió de inmediato.
—Lo descubriré.
Ella se quedó quieta un instante, luego su rostro cambió, sus ojos se humedecieron, su voz se suavizó.
—Entonces ese es el problema —dijo—, crees en rumores, en palabras de otros.
Bruno no se movió.
—No necesito que nadie me lo diga.
Fátima bajó la mirada un segundo, luego la levantó con rapidez.
—¿Y tú?
Bruno frunció el ceño.
—¿Yo qué?
—¿No tienes a alguien más?
Bruno la miró con incredulidad.
—¿De verdad vas a intentar eso?
Fátima se acercó más.
—Tiene sentido, quieres divorciarte, te desapareces, vuelves distinto… alguien más debe estar en tu vida.
Bruno negó con la cabeza, molesto.
—No proyectes en mí lo que haces.
Fátima dio un paso atrás, como si le hubiera dolido.
—Siempre es más fácil culpar a otro.
Bruno dejó caer los brazos.
—No voy a seguir con esta conversación.
Fátima alzó la voz.
—Claro, te vas, como siempre.
Bruno ya caminaba hacia la salida.
—No voy a quedarme aquí escuchando excusas.
Fátima lo siguió unos pasos.
—Entonces vete, pero no creas que esto te hace mejor.
Bruno no respondió, salió del salón y se dirigió al área de entrenamiento, su cuerpo pedía movimiento, necesitaba descargar todo lo que llevaba dentro.
Horas después, ya entrada la noche, el cansancio físico había calmado parte de su tensión, regresó a sus habitaciones, donde un sirviente lo esperaba con una carta en bandeja.
—Llegó hace poco, su excelencia.
Bruno tomó la carta.
—Puedes retirarte.
El sirviente inclinó la cabeza y salió.
Bruno abrió el sobre, reconociendo la letra de inmediato, leyó con atención, cada línea clara, directa, sin rodeos, el marqués proponía una sociedad sobre una tierra en producción, hablaba de números, de crecimiento, de una oportunidad real, pero había una condición implícita, esto no debía involucrar a Fátima.
Bruno terminó de leer, dejó la carta sobre la mesa un momento, pensó, luego tomó pluma y papel.
No dudó demasiado.
Su respuesta fue breve.
Acepto.
Selló la carta, llamó al sirviente.
—Que esto salga ahora.
—Sí, señor.
La noche avanzó sin más interrupciones.
A la mañana siguiente, en la villa del marqués, el movimiento ya estaba en marcha, trabajadores entrando y saliendo, telas siendo revisadas, cuentas anotadas, y en medio de todo, Lucero se movía con soltura, interactuando con los empleados con gestos, sonrisas, indicaciones claras que todos entendían.
Marcel apareció desde uno de los pasillos, observándola unos segundos antes de acercarse.
—Llegó respuesta.
Lucero giró hacia él de inmediato, sus ojos atentos.
Marcel levantó la carta.
—Aceptó.
Lucero abrió un poco más los ojos, sorprendida, luego asintió con firmeza, levantando ambas manos para expresarse, sus movimientos eran rápidos, seguros.
Marcel la observó con atención, siguiendo cada gesto.
—Sí, será de gran ayuda —dijo, interpretando—, su posición nos da ventaja.
Lucero hizo otro gesto, más corto, señalando hacia un lado, luego negando con la cabeza.
Marcel entendió.
—Sin Fátima.
Lucero asintió con decisión.
Marcel guardó la carta.
—Así será.
Lucero relajó los hombros, su expresión se suavizó, había satisfacción en su mirada, luego señaló hacia las telas, haciendo un movimiento circular con la mano.
“El trabajo sigue"
Marcel sonrió levemente.
—Como diga la dueña del lugar.
Hubo un momento en que el espacio a su alrededor quedó más vacío, algunos trabajadores se habían movido a otra área, el ruido bajó, la actividad se concentró lejos de ellos.
Marcel dio un paso más cerca.
Lucero lo miró, sin incomodidad.
Él llevó una mano a su cintura, con firmeza pero sin brusquedad, acercándola a él.
Lucero dejó escapar una pequeña risa sin voz, su expresión cambió a una más viva, más cercana.
—¿Qué haces? —preguntó él, interpretando sus gestos.
Lucero movió las manos con rapidez, señalando alrededor, luego a él, una advertencia suave.
Marcel negó con la cabeza.
—No hay nadie aquí.
Lucero entrecerró los ojos, como si no terminara de creerle, pero no se apartó.
Marcel bajó el rostro y la besó, un beso directo, sin duda, sus manos se afirmaron mejor en ella, acercándola más.
Lucero respondió sin dudar, sus manos se apoyaron en los hombros de él, sujetándolo, aceptando el momento con naturalidad.
Marcel descendió apenas, su mano se deslizó hacia el muslo de ella, apretándolo con suavidad pero con intención, manteniéndola cerca.
Lucero se tensó un segundo por la sorpresa, luego su expresión se suavizó, su mirada fija en él, sin rechazo.
Se separaron apenas, lo suficiente para mirarse.
Lucero llevó una mano al pecho de él, empujándolo levemente.
“Trabajo"—indicó con un gesto.
Marcel soltó una breve risa.
—Lo sé... Pero me gusta hacerlo así.
Lucero sonrió, sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y control, volvió a señalar hacia las telas.
Marcel asintió.
—Continuemos. Ahora que tendremos el apoyo del duque. La tierra de tu padre dará más frutos.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰