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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:694
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XI. IL TEMPIO DI CUOIO E SALPETRO.

El sol terminó de hundirse en el mar, dejando la oficina sumergida en una penumbra azulada que solo la luz ámbar de los muelles se atrevía a desafiar. El ambiente, que antes era de una confidencialidad melancólica, se tensó de pronto. El aire se volvió pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Fiammetta no se movió de mi regazo; al contrario, se presionó más contra mí, y yo pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un incendio que buscaba propagarse.

—*Ale...* —susurró mi nombre, y esa única palabra fue la llave que abrió la compuerta.

Sus manos, expertas en el mapa de la piel ajena, bajaron por mi pecho con una lentitud tortuosa. Sentí sus dedos largos colarse entre los botones de mi camisa, desabrochando con una destreza casi insultante lo que quedaba de mi armadura profesional. Cuando llegó al encaje de mi lencería, se detuvo un segundo, mirándome a los ojos con una mezcla de desafío y devoción. Sus manos se deslizaron por debajo del borde del sostén, buscando el contacto directo.

El choque de su piel fría contra el calor febril de mis pechos me sacó un gemido que no pude contener. Mi voz, todavía ronca y profunda por las secuelas de la gripe, sonó más como un rugido animal que como un sonido humano.

—*Fiammetta... basta chiacchiere* —mascullé, agarrándola por la nuca para atraerla hacia mí. (Fiammetta... basta de charlas).

Nuestros labios se encontraron en un beso que no tenía nada de sutil. Sabía a urgencia, a deseo acumulado y a esa necesidad violenta de borrar el rastro de la enfermedad con puro instinto. Ella se deshizo de su vestido rojo con un movimiento fluido, quedando semidesnuda ante mí, una visión de curvas y seda bajo la luz mortecina del puerto.

Me levanté del escritorio, cargándola en mis brazos sin esfuerzo —mi fuerza física volviendo a mí en forma de adrenalina pura— y la llevé hacia el sofá de cuero mediano que presidía el rincón de la oficina. La deposité sobre el material frío, pero antes de que ella pudiera acomodarse, me deshice de mi ropa con una impaciencia que rozaba la furia. Quería sentirla. Necesitaba que el roce de su cuerpo fuera el único recordatorio de que estaba viva.

Me posicioné sobre ella, pero Fiammetta, con esa chispa traviesa que la caracterizaba, me giró con un movimiento ágil, quedando ella arriba. Sus manos bajaron por mi vientre tonificado, trazando la línea de mis músculos hasta llegar a la humedad que ya reclamaba su atención.

—*Stasera sono io a comandare, Generale* —susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo encima de la clavícula. (Esta noche mando yo, General).

Me dejé hacer. El dominio de Alessandra Veraldi se detenía ante el deseo. Me recosté en el cuero, mis manos aferrándose a los bordes del sofá mientras ella se posicionaba. El contacto inicial fue una descarga eléctrica. Fiammetta se encajó entre mis muslos, buscando el ángulo perfecto, y cuando nuestras intimidades se rozaron por primera vez, el mundo exterior —los barcos, el cargamento, los nudos de Giulia— desapareció por completo.

Comenzamos a movernos en una tijera rítmica, un vaivén de caderas que buscaba la fricción exacta. El sonido del cuero crujiendo bajo nosotras se mezclaba con nuestras respiraciones entrecortadas. Fiammetta era puro fuego; se movía con una cadencia que conocía mis puntos débiles, presionando con la fuerza justa para hacerme arquear la espalda.

Mis manos subieron por su espalda, clavando las uñas en su piel, marcando mi territorio mientras mis piernas la envolvían para estrechar el contacto. La ronquera de mi voz se transformó en una serie de gruñidos bajos que retumbaban en el espacio cerrado. El roce constante, piel contra piel, lubricadas por el deseo compartido, creó una tensión insoportable.

—*Più forte...* —le exigí al oído, mi aliento quemándole la piel—. (Más fuerte...).

Ella obedeció, aumentando la velocidad del roce. El placer era una ola que crecía desde mi vientre, expandiéndose hacia cada terminación nerviosa. Fiammetta bajó la cabeza, capturando uno de mis pezones entre sus dientes mientras seguía moviendo sus caderas contra las mías con una precisión quirúrgica. Yo estaba en dominio absoluto del placer, pero bajo su control físico, una dualidad que me hacía perder la noción de quién era.

El roce de nuestras clítoris, presionadas la una contra la otra en ese baile lascivo, nos llevó rápidamente al borde del abismo. Sentí cómo mis músculos se tensaban, cómo mi útero se contraía en espasmos que reclamaban la liberación final. Fiammetta soltó un grito ahogado contra mi hombro, apretando sus muslos contra los míos con una fuerza desesperada.

El orgasmo me golpeó como una explosión de luz blanca tras mis párpados. Mis caderas se sacudieron bajo las suyas en un último impulso violento, y por un momento, el tiempo se detuvo. Solo existía el latido desbocado de nuestros corazones y el calor húmedo que nos unía. Fiammetta se desplomó sobre mi pecho, jadeando, su piel perlada de sudor brillando bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal.

Nos quedamos así, entrelazadas en el sofá de cuero, mientras el silencio de la oficina volvía a ser ocupado por el sonido lejano de las olas y las máquinas. Mi mano acarició su cabello, bajando el ritmo de mi respiración. La General había vuelto, sí, pero por un momento, el acero se había fundido por completo.

El silencio que siguió a la primera descarga fue solo un espejismo, una tregua necesaria mientras nuestros pulmones recuperaban el aliento y el cuero del sofá dejaba de chirriar. Fiammetta seguía sobre mí, su pecho subiendo y bajando contra el mío, pero sentí cómo sus labios empezaban a dibujar una sonrisa maliciosa contra mi cuello. Ella sabía, mejor que nadie, que mi cuerpo, recién recuperado de la debilidad de la fiebre, estaba ahora hambriento de una vitalidad agresiva.

—¿Ya terminaste, General? —murmuró con una voz cargada de picardía, rozando mi nariz con la suya—. Porque yo apenas estoy calentando motores.

No esperó respuesta. Sus manos comenzaron a vagar de nuevo, pero esta vez con una intención más juguetona, pellizcando mis costados y bajando por mis muslos con toqueteos rápidos que me hacían soltar risitas roncas entremezcladas con gemidos bajos. La ronquera de mi garganta le añadía un matiz oscuro a cada sonido que escapaba de mi boca, haciéndome sonar como una criatura sedienta de más.

Fiammetta se incorporó, gateando sobre el sofá con la gracia de una pantera, y se dirigió hacia su bolso de seda que había dejado sobre el escritorio. La vi hurgar dentro con un brillo travieso en los ojos.

—Ho portato dei giocattoli per festeggiare la tua guarigione —susurró, sacando un estuche de terciopelo negro—. (He traído algunos juguetes para festejar tu recuperación).

Cuando lo abrió sobre la mesa de caoba, la luz de la luna arrancó destellos de los objetos que contenía. Había una variedad que me hizo arquear las cejas: desde vibradores de silicona médica en tonos violetas y negros hasta pequeñas perlas de cristal y un arnés de cuero fino que brillaba con el aceite que ella solía usar.

—Fiammetta, sei un demonio —mascullé, sintiendo cómo el deseo volvía a golpear mi vientre con la fuerza de una marea alta.

—Soy tu demonio favorita —replicó ella, tomando un juguete de tamaño considerable, de un color negro mate y textura aterciopelada—. Y este... este tiene tu nombre grabado en cada vibración.

(La Segunda Ronda: El Acero y la Seda)

Ella regresó al sofá, pero esta vez no se posicionó sobre mí de inmediato. Se quedó de rodillas entre mis piernas, obligándome a abrirme por completo para ella. El contraste de su piel blanca contra el cuero oscuro del sofá era una visión que me quemaba las retinas. Comenzó con roces lentos, pasando el juguete apagado por el interior de mis muslos, subiendo cada vez más cerca de mi centro, pero deteniéndose justo antes de tocarme.

—Me gusta cuando me miras así, Ale. Como si quisieras devorarme y, al mismo tiempo, estuvieras a merced de lo que voy a hacerte —murmuró, encendiendo el dispositivo en su frecuencia más baja.

El zumbido llenó la oficina, compitiendo con el sonido de los barcos afuera. Cuando finalmente lo presionó contra mi clítoris, solté un gemido que vibró en las paredes de cristal. No era como el roce de la piel; era una invasión de placer mecánico, constante e implacable. Fiammetta usaba su mano libre para masajear mis pechos, retorciendo mis pezones con la presión justa mientras el juguete hacía su trabajo abajo.

—¡Ah... cazzo! —exclamé, arqueando la espalda, mis manos enterrándose en el cabello de Fiammetta para atraerla hacia mis muslos.

Comenzamos la segunda ronda con una intensidad renovada. Ella no se limitó al exterior; con una destreza que solo los años de oficio otorgan, comenzó a introducir el juguete dentro de mí mientras sus dedos buscaban mi punto más sensible por fuera. El doble estímulo me hizo perder la noción de la realidad. Mis piernas temblaban, envolviendo sus hombros, mientras ella se movía con una cadencia hipnótica.

—Más... ponlo más fuerte —le ordené, mi voz siendo apenas un susurro quebrado.

Ella aumentó la potencia, y el roce se convirtió en una fricción frenética. Los gemelos afuera, el puerto, la logística... todo era ruido de fondo. Solo existía el calor de Fiammetta, el aroma a sándalo y esa vibración negra que me estaba llevando al límite una vez más. El orgasmo llegó como un rayo, sacudiendo cada músculo de mi cuerpo tonificado. Grité su nombre con una ronquera que me desgarró la garganta, sintiendo cómo la liberación me inundaba en oleadas eléctricas.

(La Tercera Ronda: El Dominio de la General)

El silencio que siguió a la primera descarga fue solo un espejismo, una tregua necesaria mientras nuestros pulmones recuperaban el aliento y el cuero del sofá dejaba de chirriar. Fiammetta seguía sobre mí, su pecho subiendo y bajando contra el mío, pero sentí cómo sus labios empezaban a dibujar una sonrisa maliciosa contra mi cuello. Ella sabía, mejor que nadie, que mi cuerpo, recién recuperado de la debilidad de la fiebre, estaba ahora hambriento de una vitalidad agresiva.

—*¿Ya terminaste, General?* —murmuró con una voz cargada de picardía, rozando mi nariz con la suya—. *Porque yo apenas estoy calentando motores.*

No esperó respuesta. Sus manos comenzaron a vagar de nuevo, pero esta vez con una intención más juguetona, pellizcando mis costados y bajando por mis muslos con toqueteos rápidos que me hacían soltar risitas roncas entremezcladas con gemidos bajos. La ronquera de mi garganta le añadía un matiz oscuro a cada sonido que escapaba de mi boca, haciéndome sonar como una criatura sedienta de más.

Fiammetta se incorporó, gateando sobre el sofá con la gracia de una pantera, y se dirigió hacia su bolso de seda que había dejado sobre el escritorio. La vi hurgar dentro con un brillo travieso en los ojos.

—*Ho portato dei giocattoli per festeggiare la tua guarigione* —susurró, sacando un estuche de terciopelo negro—. (He traído algunos juguetes para festejar tu recuperación).

Cuando lo abrió sobre la mesa de caoba, la luz de la luna arrancó destellos de los objetos que contenía. Había una variedad que me hizo arquear las cejas: desde vibradores de silicona médica en tonos violetas y negros hasta pequeñas perlas de cristal y un arnés de cuero fino que brillaba con el aceite que ella solía usar.

—*Fiammetta, sei un demonio* —mascullé, sintiendo cómo el deseo volvía a golpear mi vientre con la fuerza de una marea alta.

—*Soy tu demonio favorita* —replicó ella, tomando un juguete de tamaño considerable, de un color negro mate y textura aterciopelada—. *Y este... este tiene tu nombre grabado en cada vibración.*

### La Segunda Ronda: El Acero y la Seda

Ella regresó al sofá, pero esta vez no se posicionó sobre mí de inmediato. Se quedó de rodillas entre mis piernas, obligándome a abrirme por completo para ella. El contraste de su piel blanca contra el cuero oscuro del sofá era una visión que me quemaba las retinas. Comenzó con roces lentos, pasando el juguete apagado por el interior de mis muslos, subiendo cada vez más cerca de mi centro, pero deteniéndose justo antes de tocarme.

—*Me gusta cuando me miras así, Ale. Como si quisieras devorarme y, al mismo tiempo, estuvieras a merced de lo que voy a hacerte* —murmuró, encendiendo el dispositivo en su frecuencia más baja.

El zumbido llenó la oficina, compitiendo con el sonido de los barcos afuera. Cuando finalmente lo presionó contra mi clítoris, solté un gemido que vibró en las paredes de cristal. No era como el roce de la piel; era una invasión de placer mecánico, constante e implacable. Fiammetta usaba su mano libre para masajear mis pechos, retorciendo mis pezones con la presión justa mientras el juguete hacía su trabajo abajo.

—*¡Ah... cazzo!* —exclamé, arqueando la espalda, mis manos enterrándose en el cabello de Fiammetta para atraerla hacia mis muslos.

Comenzamos la segunda ronda con una intensidad renovada. Ella no se limitó al exterior; con una destreza que solo los años de oficio otorgan, comenzó a introducir el juguete dentro de mí mientras sus dedos buscaban mi punto más sensible por fuera. El doble estímulo me hizo perder la noción de la realidad. Mis piernas temblaban, envolviendo sus hombros, mientras ella se movía con una cadencia hipnótica.

—*Más... ponlo más fuerte* —le ordené, mi voz siendo apenas un susurro quebrado.

Ella aumentó la potencia, y el roce se convirtió en una fricción frenética. Los gemelos afuera, el puerto, la logística... todo era ruido de fondo. Solo existía el calor de Fiammetta, el aroma a sándalo y esa vibración negra que me estaba llevando al límite una vez más. El orgasmo llegó como un rayo, sacudiendo cada músculo de mi cuerpo tonificado. Grité su nombre con una ronquera que me desgarró la garganta, sintiendo cómo la liberación me inundaba en oleadas eléctricas.

### La Tercera Ronda: El Dominio de la General

Pero no habíamos terminado. La picardía de Fiammetta era contagiosa, y ahora era mi turno de reclamar el control. La giré sobre el sofá, dejándola boca abajo contra el respaldo de cuero. Sus nalgas quedaron expuestas, invitándome a marcar de nuevo mi dominio. Tomé uno de los juguetes más pequeños, uno de cristal transparente que reflejaba las luces del muelle, y me posicioné detrás de ella.

—*Ahora te toca a ti, pequeña traviesa* —le siseé al oído, mordiendo su hombro.

La tercera ronda fue una danza de sombras y susurros. Usé el juguete de cristal con una parsimonia cruel, deslizándolo con lentitud mientras mis dedos exploraban su intimidad por delante. Fiammetta gemía con una desesperación que alimentaba mi ego y mi deseo. Sus murmullos en italiano eran una letanía de placer que me incitaba a ir más allá.

Nos entregamos a una serie de roces y folladas lesbicas que desafiaban la gravedad del sofá. El ambiente estaba tan cargado de erotismo que el aire parecía chisporrotear. Cada roce de nuestras pieles sudadas, cada gemido compartido en la penumbra, era una declaración de guerra contra la frialdad del mundo exterior.

Fiammetta se dio la vuelta, envolviéndome en una tijera lesbica donde esta vez yo estaba arriba, presionando mi peso contra ella, sintiendo el juguete de silicona entre nosotras, sumando su vibración a nuestra propia fricción natural. El placer fue tan absoluto, tan vasto, que cuando llegamos juntas al clímax por tercera vez, nos quedamos fundidas en un abrazo exhausto, con el sabor de la sal y el deseo en los labios.

—*Definitivamente... ya no estás enferma, Ale* —susurró ella entre jadeos, escondiendo su cara en mi pecho.

—*Estoy mejor que nunca* —respondí, cerrando los ojos mientras acariciaba su espalda, sintiendo que por fin el fuego de la fiebre había sido reemplazado por un incendio mucho más gratificante.

La burbuja de sudor, sándalo y cuero se reventó de la forma más violenta y estúpida posible. Justo cuando el silencio de la oficina empezaba a ser cómodo y el rastro del último orgasmo aún me hacía vibrar los músculos, el sonido de la cerradura electrónica siendo forzada —porque en esta familia nadie sabe lo que es llamar a la puerta— retumbó como un disparo.

La puerta se abrió de par en par, golpeando el tope de acero con un estruendo metálico.

—¡Alessandra, no vas a creer lo que Enzo encontró en el manifiesto del...!

La voz de Lorenzo se cortó en seco. El tiempo pareció congelarse en un fotograma grotesco: Fiammetta aún enredada entre mis piernas sobre el sofá, yo con la camisa abierta y el cabello como un nido de cuervos, y los juguetes de silicona y cristal brillando bajo la luz de la luna sobre la mesa de caoba como trofeos de una batalla que él no estaba invitado a presenciar.

Lorenzo se quedó petrificado en el umbral. Sus ojos se abrieron tanto que creí que se le saldrían de las órbitas, pasando de mi rostro desencajado al cuerpo semidesnudo de Fiammetta y terminando en el vibrador negro que aún zumbaba débilmente sobre el cojín.

—¡¡¡PUTA MADRE, MIS OJOS!!! —el grito de Lorenzo desgarró el aire del puerto, rompiendo toda la mística erótica en un segundo—. ¡¡¡PERRA INFELIZ, MIS POBRES OJOS INOCENTES!!!

Se dio la vuelta con una exageración digna de una tragedia griega, tapándose la cara con ambas manos y tropezando con sus propios pies mientras intentaba huir del despacho.

—¡¿POR QUÉ?! ¡¿POR QUÉ AQUÍ?! ¡HAY HABITACIONES EN LA MANSIÓN, ALLESSANDRA! ¡HAY HOTELES! ¡HAY BOSQUES! —seguía berreando desde el pasillo, su voz rebotando en las paredes de cristal—. ¡ESTOY TRAUMATIZADO! ¡VOY A NECESITAR TERAPIA Y UN LAVADO DE CEREBRO CON LEJÍA!

Fiammetta, lejos de asustarse, soltó una carcajada sonora y se tapó con la manta, mientras yo sentía cómo la sangre me subía a la cara, no de vergüenza, sino de una furia asesina. Me levanté del sofá con una rapidez depredadora, recogiendo mi pantalón del suelo mientras mi voz, todavía grave y demoníaca, tronaba por toda la planta.

—*¡Lorenzo, si no cierras la boca en tres segundos, te voy a tirar por el muelle con un ancla amarrada al cuello!* —le grité en español, porque el italiano no era suficiente para procesar mi nivel de irritación—. *¡Lárgate de aquí antes de que te deje ciego de verdad!*

—¡NO PUEDO LARGARME, EL TRAUMA ES PERMANENTE! —gritó él, asomando solo un dedo por el marco de la puerta sin mirar—. ¡HE VISTO COSAS QUE NINGÚN PRIMO DEBERÍA VER! ¡EL DISPOSITIVO NEGRO... POR DIOS, ALLESSANDRA, ESO PARECÍA UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA! ¡PERRA INFELIZ, ME HAS ARRINADO LA JUVENTUD!

—*¡Vattene, idiota!* —le lancé uno de mis zapatos de sastre, que golpeó la puerta justo cuando él cerraba de nuevo—. (¡Vete, idiota!).

El eco de sus quejas dramáticas se fue perdiendo por el pasillo. "¡Llamen a un sacerdote!", "¡Mis retinas están quemadas!", gritaba mientras se alejaba. Me pasé una mano por la frente, suspirando con pesadez. La logística, la gripe, los gemelos y ahora mi primo el dramático. No hay descanso para los Veraldi.

Miré a Fiammetta, que seguía riéndose en el sofá.

—*Lorenzo es un imbécil* —mascullé, tratando de abotonarme la camisa con las manos todavía temblando por la adrenalina cortada—. *Mañana toda la familia va a saber que la General usa "artillería pesada" en la oficina.*

—*Al menos ahora saben por qué siempre estás de mal humor, Ale* —respondió ella, guiñándome un ojo mientras se estiraba como un gato—. El susto le va a durar un mes, pero a ti el brillo de los ojos no te lo quita ni Lorenzo con sus gritos.

Me senté en el borde del escritorio, escuchando el silencio que volvía a reinar en el puerto. Lorenzo era un estorbo, pero incluso sus gritos exagerados no podían borrar el hecho de que, por fin, me sentía completamente despierta.

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