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Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 — Camión

El chofer era beta. Se notaba antes de que levantara la manga para limpiarse la frente y mostrara el gris gastado: tenía esa forma de no ocupar espacio aunque fuera grande. Cincuenta y pico, panza de asiento y termo, ojos que miraron primero los brazaletes y después las caras.

—Tres hasta la 34 —dijo Valenti, y le mostró el DNI falso con el pulgar tapando la mitad.

El chofer escupió al costado.

—No llevo omegas sin papeles del vínculo.

Valenti se sacó el brazalete rojo y lo dejó ver entero. No era amenaza. Era prueba. El tipo lo miró dos segundos más de lo necesario y después asintió.

—Atrás. No toquen las cajas. Si nos paran, yo no los conozco.

Nos trepamos a la caja. Olía a naranjas podridas y a gasoil viejo. Había cajones de fruta vacíos, una lona rota y una heladera desenchufada que hacía de asiento. Elián se sentó en la heladera. Yo contra la chapa. Valenti quedó parado cerca de la puerta, con la barra de hierro envuelta en la campera.

El camión arrancó con un quejido. Cada pozo de la ruta 34 se sentía en los dientes. Por la rendija entraba luz y polvo. Afuera pasaba campo y cada tanto un cartel despintado: “El Trébol 42 km”. Cada kilómetro que se sumaba era uno que me alejaba del Centro y del cajón de las medias.

—Mi viejo va a decir que me secuestraron —dijo Elián de golpe, sin mirar a nadie—. Va a salir en los diarios. “Omega dominante sustraído por alfa de la Pretoriana. Se ofrece recompensa.”

—Que digan —contestó Valenti.

—Y van a decir que el beta los ayudó —agregué. No era pregunta.

Elián me miró. Sin supresores se le notaban más las ojeras, pero los ojos estaban claros.

—En el folleto no hay foto de beta traidor —dijo—. Vas a ser el primero.

No supe si era chiste.

Valenti sacó el pendrive y lo metió en un puerto que el camión tenía al lado del estéreo, escondido bajo una tapa. La luz roja parpadeó. Estaba haciendo otra copia, automática. No me había dicho que tenía dónde.

—¿Por qué guardás todo? —pregunté.

—Porque lo que no se guarda se olvida —dijo—. Y porque si nos agarran, que encuentren algo más que tres cuerpos.

El camión frenó de golpe en el control del km 178. Escuchamos al chofer bajar la ventanilla.

—Documentación.

—Beta —dijo el guardia—. ¿Llevás gente?

—Dos atrás. Familiares del patrón. Van a Santa Fe. Tienen papeles.

Pasos rodeando la caja. El corazón me latió en la garganta. Beta. No nos tiembla nada. Mentira.

Golpearon la chapa.

—Abrí.

El chofer suspiró y abrió la puerta trasera. La luz nos cegó medio segundo. El guardia —alfa, joven, brazalete rojo nuevo— subió medio cuerpo. Miró. Vio a Valenti con el rojo. Vio a Elián con el blanco. Me vio a mí con el gris.

—Documentos.

Valenti le dio los tres DNI falsos. El guardia los miró, después nos miró a nosotros, después se detuvo en mí.

—¿Vos qué sos de ellos?

La respuesta estaba en el folleto: “Beta asignado al servicio doméstico del vínculo alfa-omega. Autorización patrón adjunta.” No teníamos adjunto.

Abrí la boca. No salió el folleto.

—Archivo —dije—. Soy el que guarda las copias.

El guardia frunció el ceño. Valenti no se movió. Elián sí: se inclinó apenas hacia adelante, no sumiso, no desafiante. Justo en el medio. Y por primera vez lo olí claro, sin hilo, sin error: limón amargo y algo metálico, como lluvia sobre chapa. Omega dominante. Y el cuerpo del guardia lo registró antes que la cabeza: dio un paso atrás sin darse cuenta.

—Está bien —dijo, y nos devolvió los DNI como si quemaran—. Cierren.

La puerta se cerró de un golpe. El camión arrancó otra vez.

Nadie habló hasta que dejamos atrás el control. Entonces Elián me miró y sonrió apenas, con la boca, no con los ojos.

—Eso no estaba en el folleto, Damián.

—No —dije—. Estaba en el cajón de las medias.

Valenti sacó el pendrive y me lo devolvió. No dijo nada. Pero esta vez no lo guardé. Lo dejé en la mano, caliente por la luz roja.

El chofer golpeó la chapa desde la cabina. —Santa Fe en cuarenta. Ahí se bajan. Yo no los vi.

—Gracias —dijo Valenti.

—De nada —contestó el tipo—. Mi hermana también era beta. También archivaba.

No pregunté qué le pasó. No hacía falta.

Cuando el camión tomó la bajada a la circunvalación, Elián apoyó la cabeza contra la chapa y cerró los ojos. Valenti seguía parado. Yo miraba el pendrive. 0427-B. Mi número. Mi error de medición. Mi ruido.

Por primera vez desde que salí de El Trébol, no me sentí fondo. Me sentí parte de algo que todavía no tenía nombre.

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luma
🥰🥰😈
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