historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 21 — Retiro
El bus cruzó el puente de madrugada. Buenos Aires olía a gasoil, a humedad y a pan de los puestos de Constitución. Ninguno de los tres había vuelto desde el Centro. Elián se puso tenso en cuanto las luces de la autopista entraron por la ventanilla. Valenti le pasó la mano por la espalda, una vez, sin decir nada. Yo me quedé con la frente apoyada en el vidrio.
Retiro a las siete era gente corriendo con bolsos, bocinas y olor a café de termo. Nadie miraba muñecas. Eso no cambió.
Salimos por la puerta lateral. Mariela nos había escrito en un papelito: San Telmo – Bar El Federal – mesa del fondo – pregunten por Ramiro.
Tomamos subte línea C hasta Independencia y caminamos. Elián iba en el medio, con la capucha puesta aunque hacía calor. Cada vez que pasaba un policía se le cerraba la mandíbula, pero ya no bajaba la cabeza. Valenti iba un paso atrás, mirando todo. Yo adelante, porque beta sabe dónde están las calles aunque no haya mapa.
El Federal estaba abierto desde las ocho. Mesas de madera, piso ajedrezado, olor a medialunas viejas. Al fondo, un tipo de unos treinta y pico, pelo castaño revuelto, remera gris y libreta abierta. Sin brazalete. La piel del antebrazo tenía la marca más clara donde había estado años.
—Ramiro —dijo cuando nos paramos.
—Damián —contesté.
Se paró y nos dio la mano a los tres. A Elián lo miró un segundo más.
—Sentate —dijo—. ¿Café?
—No —contestó Valenti.
Ramiro se sentó. No sacó grabador. Sacó birome.
—No quiero la lista —dijo—. La tengo. Quiero cómo se vive cuando el folleto dice que no existís.
Empecé yo. Beta archiva. Hablé de los legajos, de los siete años sellando, del día que llegó 0427-E y la tinta marcó 2.9 y yo taché y puse 2.7. Hablé de los ojos de Elián en la sala B, de la voz de Valenti en el pasillo diciendo “protocolo”.
Elián habló después. Bajito, sin mirar a Ramiro al principio. Habló del supresor que le quemaba la garganta, de las Ceremonias donde lo miraban como si fuera número, de la vez que intentó abrirse las venas con el borde de la chapa de la litera. No dramatizó. Lo dijo como se dice la lluvia: pasó.
Valenti fue último. No habló mucho. Dijo: “Me enseñaron a custodiar. No a cuidar. Aprendí la diferencia en un camión.” Y después, mirándome: “Y aprendí que alfa no es orden. Es elegir no usar la fuerza cuando podrías.”
Ramiro anotó todo. No interrumpió. Cuando terminamos cerró la libreta.
—Sale mañana en el portal —dijo—. Con nombres cambiados si quieren.
—No —dije—. Con nombres.
Elián levantó la vista.
—Con los tres —dijo.
Valenti asintió.
Ramiro nos miró uno por uno.
—Los van a buscar.
—Ya nos buscan —contestó Valenti.
Salimos a las diez. En la vereda, Ramiro me dio un papel doblado.
—Si se pone feo, este abogado es beta. Saca omegas del Centro desde el 2041. No cobra.
Lo guardé.
Caminamos hasta Plaza Dorrego. No teníamos a dónde ir todavía. Nos sentamos en un banco. Elián en el medio, yo de un lado, Valenti del otro.
—¿Y ahora? —preguntó Elián.
—Ahora esperamos a ver si alguien lee —dije.
Valenti se estiró y me pasó el brazo por detrás del respaldo, sin tocarme del todo, pero lo bastante cerca para que sintiera el calor.
—Leen —dijo—. En Paulista leían.
Me giré hacia él. Tenía sol en la cara y la cicatriz se le notaba menos.
—Tinta —murmuró, para que solo yo escuchara.
—Hierro —contesté.
Elián se dio cuenta y se rió bajito, sin burla.
—Ustedes dos son insoportables —dijo.
—No te quejaste anoche —le contestó Valenti.
—No me quejo —dijo Elián, y me apoyó la cabeza en el hombro.
Nos quedamos así. Tres sin brazalete en San Telmo, con el sol de la mañana y el miedo todavía en el cuerpo pero más chico que ayer.
No sabíamos si íbamos a pasar la noche en un depto o en una celda. Pero por primera vez desde el Centro, sabíamos que si pasaba algo, lo íbamos a pasar los tres.
Y eso, en el folleto, tampoco estaba escrito.