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La Sustituta Del Don Viudo

La Sustituta Del Don Viudo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Tú no me amas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Edna Garcia

Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.

Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.

Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.

Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.

NovelToon tiene autorización de Edna Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

A la mañana siguiente, Álvaro se despertó temprano.

Ayslan lo percibió aún acostada, por el sonido distante de la puerta cerrándose. Por algunos segundos, pensó en levantarse, llamarlo, preguntar si estaba todo bien. No lo hizo. Había algo en esa salida que no era prisa ni obligación.

Era elección.

El día transcurrió extraño, demasiado silencioso. Ayslan circulaba por la mansión como si no estuviera allí de verdad. Ninguna corrección, ninguna exigencia, ninguna mirada dura. Nada.

Y aquel vacío dolía más que las palabras frías de antes.

En el escritorio, Álvaro intentaba trabajar.

Papeles se acumulaban, mensajes llegaban, decisiones aguardaban firma. Pero su mente insistía en volver al mismo recuerdo.

La noche anterior.

El instante en que Ayslan se había quedado inmóvil.

El momento en que él la había tocado diferente.

El calor inesperado.

La entrega.

La sensación que lo había desarmado.

Álvaro cerró los ojos con fuerza.

—No… —murmuró.

Aquello no tenía sentido.

Él había amado a Bruna de forma absoluta. Se había prometido a sí mismo, delante de su tumba, que nunca permitiría que otra mujer ocupara aquel espacio. Jamás.

Ayslan no debería ocupar espacio alguno.

Era una sustituta.

Un acuerdo.

Una solución.

Pero algo se había escapado del control.

Durante todo el matrimonio con Bruna, nunca había sentido aquello. Hubo cariño, complicidad, deseo —pero no aquella intensidad silenciosa que lo había dejado vulnerable.

Y eso lo aterrorizaba.

Se levantó y fue hasta la ventana. La ciudad seguía indiferente, mientras dentro de él algo se derrumbaba.

—Lo prometí… —dijo en voz baja—. Lo prometí.

Pero la imagen de Bruna ya no venía nítida.

La sonrisa parecía distante.

La voz, apagada.

El toque… casi olvidado.

En su lugar, surgía Ayslan.

Sentada a la mesa, en silencio.

La mirada herida tras la comparación cruel.

La forma en que había reaccionado al cariño inesperado.

Álvaro pasó la mano por su rostro, irritado consigo mismo.

—Esto no es real… —repitió—. No puede ser.

Por eso decidió evitarla.

No la llamó aquella noche.

No cenó con ella.

No pasó por el corredor donde sabía que ella estaría.

Ayslan lo sintió.

Lo sintió en el silencio prolongado.

En la ausencia repentina.

En la frialdad diferente —más distante, más calculada.

Intentó convencerse de que era mejor así.

Él alejándose duele menos que acercándose, pensó.

Pero, sola en la habitación, el recuerdo de aquella noche insistía en volver. No como dolor —sino como algo cálido, casi dulce. Y eso la confundía.

En el escritorio, Álvaro abrió un cajón antiguo y retiró la fotografía de Bruna. Se quedó mirando por largos minutos.

—Perdóname… —murmuró.

Pero, por primera vez, no sintió consuelo.

Sintió culpa.

Porque, incluso delante de la imagen de ella, era Ayslan quien surgía en sus pensamientos. Era Ayslan cuando cerraba los ojos. Era el cuerpo de ella el que su memoria insistía en reconocer.

Y eso lo aterrorizaba.

Álvaro Mendes siempre controló todo:

hombres, territorios, vidas.

Pero ahora, algo escapaba a su dominio.

No era la mafia.

No era un enemigo.

Era una mujer que debía ser solo una sustituta…

…y que comenzaba a entrar en su corazón de un modo que él jamás creyó ser posible.

Por eso, al tercer día, decidió.

No fue impulso.

Fue control.

Acercarse a Ayslan se estaba volviendo peligroso —no para sus negocios, sino para el único lugar que él había jurado mantener intacto.

Entonces eligió el camino más fácil.

Ignorar.

A la mañana siguiente, se sentó a la mesa del café. Ayslan ya estaba allí, moviendo distraídamente la taza. Cuando él entró, ella alzó la mirada por reflejo.

Álvaro no retribuyó.

Se sentó, abrió el periódico, tomó el café en silencio.

—Buenos días… —ella arriesgó.

—Buenos días —respondió, sin quitar los ojos de la página.

Nada más.

—Tengo reuniones —dijo al levantarse—. No me esperes para el almuerzo.

Y salió.

En los días siguientes, el patrón se consolidó.

Él hablaba solo lo necesario.

Nunca la tocaba.

Nunca la llamaba.

Nunca la corregía.

Para cualquier otro, aquello parecería respeto.

Para Ayslan, era rechazo puro.

Ella comenzó a dudar de sí misma.

¿Hice algo mal?

¿Aquella noche significó algo solo para mí?

Dormía mal.

Comía poco.

Pensaba demasiado.

—No la involucren en nada más de lo necesario —ordenó Álvaro a los empleados.

Rubens percibió el cambio.

—El señor se está alejando de ella.

—Estoy poniendo las cosas en su lugar —respondió Álvaro—. Donde siempre estuvieron.

Rubens no insistió.

Pero Álvaro sabía que mentía para sí mismo.

Porque, incluso ignorando a Ayslan durante el día, era ella quien surgía por la noche. El olor aún parecía preso en las sábanas. El recuerdo del toque venía sin ser llamado.

Intentaba pensar en Bruna.

No conseguía.

Y eso lo enfurecía.

Aquella noche, cuando Ayslan se levantó de la mesa y murmuró:

—Con permiso…

Álvaro no respondió.

Ella vaciló, esperando cualquier reacción. Una mirada. Una palabra.

Nada.

Ayslan salió con el pecho oprimido, sintiéndose más pequeña que nunca.

En la habitación, se sentó en el borde de la cama y pensó.

—Tal vez sea mejor así… —murmuró, sin creerlo.

Al otro lado de la casa, Álvaro se sirvió un whisky y se quedó parado delante de la ventana.

—No mires —se dijo a sí mismo—. No pienses. Ignora.

Ese era el Plan.

No sentir.

No ceder.

No permitir que Ayslan se volviera más de lo que debía ser.

Pero, en el fondo, él sabía:

La indiferencia era solo otra forma de control.

Y también… otra forma de crueldad.

Y Ayslan, sin saberlo, comenzaba a pagar el precio más alto de todos:

el de amar sola, pues ella estaba completamente enamorada de Álvaro.

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