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Las Tierras Vívas

Las Tierras Vívas

Status: En proceso
Genre:Terror / Aventura / Apocalipsis / Completas
Popularitas:531
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Medina

El Refugio de las Ciudades Muertas,

El apocalipsis zombi no fue el fin del mundo, sino su reorganización.

Décadas después del brote, la civilización humana ha resurgido, no en la superficie infestada, sino bajo tierra.

Los sobrevivientes han adaptado las redes de metro, túneles de servicio y viejas minas para crear vastas ciudades subterráneas, a salvo de los zombis que merodean en la superficie.

La superficie, conocida como "Las Tierras Vivas", está repleta de los no-muertos, mientras que el subsuelo es un laberinto de civilización.

NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: La Victoria Pírrica

El estruendo de las compuertas del Sector Gamma al cerrarse no fue un sonido de triunfo; fue el portazo de una cripta. Alexia estaba de pie en medio del caos, con los pulmones ardiendo por el ozono y el sudor frío pegándole la ropa al cuerpo. A través del humo, vio cómo el acero bajaba con un siseo definitivo, dejando atrás las raciones, el futuro del refugio y el eco de los que no lograron salir.

— ¡Al panel!

—gritó Alexia, y su voz, aunque quebrada, cortó el aire como un látigo

— ¡Aseguren el sellado ahora! Kael puede esperar, la brecha no.

Elías, con los ojos desorbitados y las manos manchadas de aceite, se lanzó sobre la consola. Era un hombre que siempre había preferido los diagramas a las personas, un técnico de segunda que nunca pidió estar en la línea de fuego, pero en ese momento, el destino de todos dependía de sus dedos temblorosos. A su alrededor, los guardias mantenían un fuego desesperado contra los zombis mutados, esas masas de hongo y rabia que se estrellaban contra el policarbonato. Justo cuando las hojas de metal se encontraron, Alexia vio una sombra deslizarse por el conducto de ventilación superior. Fue un parpadeo: la silueta de Kael, ágil y burlona, desapareciendo en las tripas del refugio.

Habían ganado, pero mientras Alexia observaba los indicadores de presión estabilizarse, sintió que el sabor de la victoria era idéntico al de la ceniza.

De vuelta en el centro de mando, la atmósfera era eléctrica. El Gran Consejero, un hombre que parecía haber envejecido diez años en una sola noche, golpeó la mesa de piedra con un puño tembloroso mientras evitaba mirar a los ojos de los familiares que esperaban noticias fuera. Su autoridad se desmoronaba junto con las reservas de comida.

— Has salvado nuestras vidas hoy para que muramos de hambre mañana, Alexia

—dijo el Consejero, y su voz era un susurro cargado de veneno

— El ochenta por ciento de las reservas está del otro lado de esa puerta. ¿Qué pretendes que coma la gente? ¿Hormigón?

Alexia no bajó la mirada. Se mantuvo firme, aunque sentía el peso de diez mil almas sobre sus hombros.

— Prefiero una población hambrienta que una población convertida en abono para el hongo, Consejero. Kael no buscaba comida; buscaba una vía de entrada. Si no hubiéramos sellado el sector, ahora mismo no habría nadie vivo para discutir el racionamiento.

Pero la furia del Consejo no era el único problema. Elías, que se había quedado rezagado revisando los diagramas técnicos, entró en la sala con el rostro pálido y la respiración entrecortada.

— Kael no solo escapó

—soltó Elías, y el silencio que siguió fue sepulcral

— Se movió por los conductos de servicio de alta prioridad. Conoce el cableado, conoce los puntos ciegos de las cámaras y, lo peor de todo, sabe cómo anular el sellado desde los nodos secundarios. Está libre en nuestras venas, señores. Y tiene las llaves de la casa.

La Lucha Contra la Hambruna

Las semanas siguientes fueron un descenso lento hacia el agotamiento. Alexia dejó de ser una científica para convertirse en una contadora de raciones, una tarea que le ganaba odios en cada esquina. Bajo su dirección, el refugio se transformó en una colmena de trabajo forzado. Las granjas de musgo restantes, que antes eran solo un suplemento, pasaron a ser el único sustento de la civilización.

La vida diaria se volvió una rutina de huesos marcados y ojos hundidos. En los niveles inferiores, los operarios como Javi, un joven que antes se encargaba de la iluminación y ahora apenas tenía fuerzas para sostener una llave inglesa, pasaban dieciséis horas al día rascando moho de los tanques para estirar las raciones. La gente trabajaba bajo la luz esmeralda y enfermiza del musgo, cultivando la misma sustancia que apenas lograba acallar el rugido de sus estómagos.

— No podemos estirar más las raciones, Alexia

—le dijo Serena una noche en el laboratorio, mientras dividía una galleta de proteínas en tres trozos exactos

— La gente está empezando a lamer la condensación de las paredes. Si un operario se desmaya en las turbinas por debilidad, el sistema entero colapsará.

— Tienen que aguantar, Serena. Si demostramos debilidad ahora, Kael saldrá de su agujero.

— ¿Y si ya lo ha hecho?

—preguntó Serena, mirando hacia las rejillas del techo con un terror genuino

— La gente no habla de él en voz alta, pero lo sienten. Creen que es un fantasma que vive en el aire reciclado, un castigo por haber dejado que Marco se sacrificara mientras nosotros seguimos aquí, pudriéndonos de hambre.

Marco ya no estaba para aliviar la tensión con su humor seco o su presencia protectora. Su ausencia era un frío que los trajes térmicos no podían calmar. Serena a veces se olvidaba y se giraba para pedirle una herramienta, solo para encontrarse con el vacío de un laboratorio que se sentía demasiado grande.

Durante un mes, el silencio de Kael fue absoluto. Su escape se convirtió en un mito de pasillo, una preocupación secundaria frente al dolor físico del hambre que retorcía las tripas. La paranoia inicial se transformó en un estoicismo gris; los habitantes del refugio ya no se miraban con sospecha, sino con la apatía de los que esperan el final sin fuerzas para protestar.

Hasta que la calma se rompió.

Fue Elías quien lo encontró mientras inspeccionaba uno de los túneles de mantenimiento cercanos a la esclusa exterior del Sector Norte. No hubo explosiones ni disparos, solo el rastro de alguien que no tenía miedo a ser visto.

Pintado con un pigmento fosforescente que brillaba con una intensidad antinatural, un mensaje cruzaba el acero frío de una puerta sellada:

"La superficie espera."

Alexia llegó al lugar y se quedó mirando las letras. La pintura todavía goteaba, brillando como una herida abierta en la oscuridad del túnel. No era solo un mensaje; era un recordatorio de que Kael, con su inmunidad inexplicable y su paciencia de depredador, seguía allí... moviéndose entre ellos como si el refugio fuera su propio tablero de juego.

— No es una advertencia

—murmuró Elías, ajustando su rifle con manos que no paraban de temblar

— Es una invitación.

Alexia tocó la pintura y sintió un calor residual que no debería estar ahí. No era calor de vida, sino algo químico, algo que pertenecía al mundo de arriba.

— La tregua ha terminado

—sentenció ella, sintiendo cómo el frío del túnel se le metía en los huesos

— Kael no quiere que muramos de hambre. Quiere que miremos hacia arriba y creamos que él es el único que tiene las llaves del paraíso.

1
T.gaitán
me encanta me parece súper, la trama el suspenso
T.gaitán
me encanta la historia ya quiero saber cómo termina
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