Después de caminar durante días moribunda, atormentada y al borde de la muerte, Christine es rescatada por un extraño hombre que la acoge en su tétrica y solitaria casa, ofreciéndole su ayuda desinteresadamente.
Pero pronto se dará cuenta de que todo lo que acontece en ese lugar es de lo más tenebroso y sobrenatural, y de que ese hombre no es quién aparenta ser.
¿Qué insólitos huéspedes habitan aquella morada?
¿Quién se esconde tras ese oscuro hombre?
Y la pregunta más importante:
¿Lograra ella sobrevivir a tantos hechos ocultos?
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El sol no es m mejor amigo...
Más allá de la Eternidad...
Cap. 11
Una sonrisita irónica se dibujó en el rostro de William.
- No es algo fácil de explicar.
- Me da igual, creo que debo saberlo. Por lo menos por todas las cosas extrañas que he vivido desde que estoy aquí y no he podido responder de ninguna manera lógica.
- Es que no tiene nada de lógico. Pero es cierto, tienes todo el derecho de saberlo.
Christine se sorprendió por la comprensión que William estaba mostrando en aquel momento.
- Pero no ahora. -Le dijo obsequiándole con una mirada demasiado dulcificada tratándose de él.
Salió de la habitación tan deprisa que apenas le dejó tiempo para que ella emitiera ninguna queja al respecto.
Y de nuevo se quedó allí colmada de frustración.
Y este sentimiento fue el que se adueñó de ella y le hizo tomar una drástica y definitiva decisión.
Tenía que irse de allí de una vez por todas. Estaba agotada, desolada con tantos secretos y tantos hechos extraños, sentía que corría un peligro insólito y debía irse de allí.
Pero en su interior sabía que si se marchaba y definitivamente abandonaba a ese hombre para siempre algo dentro de ella moriría para siempre.
Su cabeza de nuevo iba a estallar, pero esta ve por el choque entre lo que su corazón y su cabeza le ordenaban.
Fue hasta la puerta apoyando tan solo la punta de los dedos de los pies y agarró el pomo de la puerta haciéndolo girar tan sigilosamente como le era posible.
La puerta se abrió y poco a poco fue saliendo.
Observó a ambos lados del pasillo comprobando que no había nadie y comenzó a caminar con prudencia.
Pero cuando giró la esquina que daba a las escaleras le vio. Apoyado tranquilamente contra la pared y los brazos cruzados sobre el pecho.
Tenía un abrigo rodeando uno de sus brazos, Christine los distinguió rápidamente, era el mismo con el que había salido hace unas horas a montar a caballo.
Y ni siquiera la miró, se lo ofreció.
-¿Qué haces? -Le preguntó extrañada.
Siguió sin mirarla.
- ¿Vas a marcharte no?
Ella le observó cautelosa pero firme, había tomado una decisión.
- Debo irme.
El abrigo cayó justo encima de sus pies y Christine se quedó mirándolo como si de repente se hubiera convertido en una rata gigante y repulsiva.
Y de repente una carcajada resonó en el pasillo. William no podía para de reírse.
Le observó con el corazón en un puño y atenazada por el miedo. Y dio un paso atrás instintivamente.
él la observó y de pronto dejo de reír.
Una lágrima rodó por la mejilla de Christine y él se acercó a ella pausadamente.
Ella no hizo amago de apartarse pero apretó los puños con fuerza cuando vio como extendía los brazos hacía ella.
- ¡William! pronunció en un hilo de voz.
Y el húmedo reguero que había dejado su lágrima fue recorrido por la mano de William.
- Si te digo quien soy ya no podré retenerte más, porque ya no querrás estar ni a cien metros cerca de mí y yo no podré impedírtelo.
Christine le miró y fue sintiendo al mismo tiempo como su corazón se hincaba de fortaleza y valor.
- Cuéntamelo, y te prometo que no me iré. Al menos no huiré en ese momento.
En los ojos de William apareció una chispa de esperanza.
- Ven conmigo.
Le dijo a ella ofreciéndole su mano para que le acompañara.
Christine miraba atentamente a William desde el gran sofá del salón. La noche estaba a punto de emerger, y el fuego cobraba cada vez más luz y fuerza. La silueta de William frente a la ventana cada vez estaba más desenfocada y oscura, parecía desaparecer con la llegada del anochecer.
Su rostro extrañamente palidecía aún más con el color enérgico del fuego, y sus ojos vestían un color negro combinado con el del vino.
Christine pegó un respingo al observarlo, nunca lo había visto de ese modo, y parecía un ser humano diferente.
Pero extrañamente no sintió miedo, sino más bien curiosidad.
Dio de nuevo el paso que antes había desandado y añadió otro más, acercándose a él.
Y tras sopesarlo apenas dos segundos, acercó una mano con la intención de tocar su rostro.
-¿Me has traído aquí descalza para que no pueda huir por si se tuercen demasiado las cosas?
En la mirada de William aparecieron primero el desconcierto, después la incomodidad, quizá un poco de enfado, y finalmente una sonrisa con un toque irónico.
- Ni siquiera recordaba que estuvieras descalza. Lo que me recuerda, ¿por qué no estás calzada?
Christine le sonrió inconscientemente y al hacerlo los ojos de William se iluminaron con un brillo especial.
- ¿Quieres sentarte? - Le ofreció este de repente volviendo a la realidad.
Ella se sentó uno de los enormes sillones que había en aquella estancia.
Era otro salón, tan inmenso como el que había en el piso inferior. Y eso hizo que se preguntara cuantos salones más podría haber en aquella gigantesca mansión, todavía no había conocido ni la mitad de los lugares que había allí.
De repente un débil rayo de sol atravesó una pequeña abertura que había entre las cortinas y fue a parar directamente sobre el pálido rostro de William y en cuestión de medio segundo y con un brusco movimiento nada propio de él este se apartó hacía un lado más oscuro.
- ¿Qué ocurre? - Preguntó Christine mirándole atenta.
- Siento como si fuera a convertirme en polvo o algo así. - Dijo él tras componer una incómoda mueca.
- Pensaba que eras inmune o algo así.
William la miró ligeramente asombrado. Y después de pensarse una respuesta añadió.
- Al sol no... No sangro, ni siento el dolor, ni hambre, ni la mayoría de las necesidades básicas, pero el sol no es mi mejor amigo.
Christine asintió incrédula y agitó la cabeza a ambos lados como si tratara de entender aquella bizarra situación.
- Desde el principio me agradó que pudieras verme.
Y al espetar aquello Christine terminó de caer en la chaladura total.
- ¿Qué pudiera verte? ¿A qué te refieres exactamente?
- ¡Am! Hasta el momento únicamente Lenard y tú habéis podido verme. Todo el mundo con el que me he cruzado hasta ahora ni siquiera ha notado mi presencia.
- Pues, yo siempre te he visto. -Respondió Christine convencida
- No... No siempre.
hayyy súper mega grandiosa historia.