En un mundo de poder y violencia, Luca vive sin sentir… hasta que Elena irrumpe en su vida. Entre traiciones y enemigos, el amor se vuelve su mayor debilidad… y su única salvación.
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capitulo 23
Había pasado casi un mes.
Y cuando la puerta se abrió…
Elena supo.
No necesitó verlo completo.
No necesitó escucharlo hablar.
No necesitó siquiera que diera un paso más.
Era él.
Siempre lo reconocía así.
No por el sonido de las botas contra el piso.
No por el peso de su presencia entrando en la habitación.
Sino por cómo cambiaba el aire.
Como si el oxígeno se volviera más pesado.
Más denso.
Más difícil de respirar.
Elena no se levantó.
Seguía sentada en la cama.
Las manos apoyadas sobre sus piernas.
El cuerpo más delgado que antes.
Los ojos más apagados.
No porque estuviera rota del todo…
sino porque estaba cansada de resistir sin saber cuándo terminaría todo.
Pero aun así…
seguía siendo ella.
Luca entró.
Cerró la puerta detrás de sí.
El sonido del cerrojo fue seco.
Definitivo.
Como si cortara algo más que el acceso físico.
El silencio entre ellos no era nuevo.
Pero sí distinto.
Antes era tensión.
Ahora era algo más frío.
Más calculado.
Más peligroso.
Luca la miró.
Y por un segundo… no dijo nada.
Solo observó.
Como si estuviera registrando cambios.
Elena levantó la vista hacia él sin moverse.
—Volviste —dijo ella.
No había emoción en su voz.
No había sorpresa.
Solo una constatación.
Luca no respondió inmediatamente.
Sus ojos recorrieron la habitación un instante antes de volver a ella.
—Seguís viva —dijo al fin.
Elena soltó una pequeña exhalación.
Casi una risa sin humor.
—Te decepciona.
—No.
Pausa.
El silencio se estiró.
—Me sirve.
Esa frase cayó entre ellos como algo más pesado de lo normal.
No era amenaza abierta.
Era peor.
Era utilidad.
Elena lo sostuvo con la mirada.
—¿Para qué? —preguntó.
Luca no respondió de inmediato.
Y ese pequeño retraso ya era una respuesta incompleta.
Finalmente dio un paso hacia adelante.
—Mirá esto.
Sacó algo del bolsillo.
Una foto.
La dejó caer sobre la cama.
Justo frente a ella.
El objeto no hizo ruido al caer.
Pero el impacto emocional fue inmediato.
Elena no la tocó.
No al principio.
Solo la miró.
Y el mundo se detuvo por un segundo.
Su respiración se cortó apenas.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Su hermana.
Estaba ahí.
Viva.
De pie.
Pero no sola.
Con él.
Elena sintió cómo algo en su pecho se tensaba.
No era solo sorpresa.
Era un golpe directo a algo que intentaba proteger dentro de sí.
—No… —susurró.
Fue involuntario.
El primer error.
El primer quiebre visible.
Luca lo vio.
Lo registró inmediatamente.
—Así que sí —dijo él.
Pausa.
Su voz bajó un tono.
—Te importa.
Elena levantó la mirada rápido.
Intentando recomponerse.
Intentando borrar lo que acababa de mostrar.
—No la toques —dijo.
Pero su voz ya no era tan firme como antes.
Luca dio un paso más cerca.
Lento.
Controlado.
—¿Por qué no? —preguntó.
Elena apretó los dedos contra la tela del pantalón.
—Te dije que no.
—Mentís.
—No.
Pero su voz ya tenía una fisura.
Pequeña.
Pero suficiente.
Luca lo notó.
Siempre lo notaba.
—Es joven —dijo él, mirando la foto otra vez—. Frágil.
—Cerrá la boca —respondió Elena de inmediato.
Más rápido esta vez.
Más fuerte.
Pero también más desesperado.
—Sola.
Eso fue lo que la hizo tensarse aún más.
Elena se levantó de la cama.
No rápido.
No impulsiva.
Sino con control.
Como si cada movimiento fuera una decisión consciente.
—Te dije que te calles —repitió.
Luca la miró con una leve inclinación de cabeza.
Una sonrisa casi invisible apareció en su rostro.
No era alegría.
Era algo más peligroso.
—Podría traerla acá —dijo.
Elena sintió cómo el aire se le cortaba por dentro.
No lo mostró completamente.
Pero el impacto fue real.
Por un segundo…
la idea la atravesó.
La posibilidad.
La pérdida de control.
El miedo.
Elena cerró los ojos apenas.
Un segundo.
Solo uno.
Respiró.
No.
No iba a darle eso.
No a él.
Abrió los ojos otra vez.
Lo miró fijo.
—No te sirve —dijo.
Luca frunció el ceño levemente.
—¿Qué?
—Hacerle daño.
Pausa.
—No te va a devolver nada.
Silencio.
El aire entre ellos se tensó aún más.
Elena continuó.
—Nada de esto lo va a hacer.
Luca la miró más oscuro ahora.
—Te equivocás.
—No.
Su voz fue más firme esta vez.
—Solo estás buscando a quién destruir.
Pausa.
—Y no soy yo.
Esa frase cambió algo.
Luca dejó de sonreír.
Su expresión se endureció.
—Sos vos.
La palabra cayó pesada.
Elena no retrocedió.
No bajó la mirada.
—No la menciones —dijo él de repente.
—Entonces no la uses —respondió Elena.
Silencio.
Un silencio largo.
Denso.
Casi insoportable.
Ambos se miraban como si midieran algo invisible.
Como si la conversación hubiera dejado de ser conversación.
Y se hubiera convertido en otra cosa.
En una línea peligrosa que ninguno quería cruzar… pero ambos ya estaban pisando.
Luca respiró lento.
—No entendés lo que estás haciendo —dijo.
Elena lo miró fijo.
—Entonces explicámelo.
Luca no respondió.
Y ese silencio fue más revelador que cualquier palabra.
Elena bajó la mirada un segundo hacia la foto.
Su hermana seguía ahí.
Ajena a todo esto.
Inconsciente del peligro real.
Eso era lo que la destruía más.
No el miedo por ella…
sino la impotencia.
Luca la observó.
Y por primera vez en toda la conversación…
su expresión cambió apenas.
No fue empatía.
No fue duda completa.
Pero sí algo más humano.
Más inestable.
—No es solo venganza —dijo al fin.
Elena volvió a mirarlo.
—Entonces qué es —preguntó.
Luca no respondió de inmediato.
Y esa pausa fue más larga que las anteriores.
Más pesada.
Como si incluso él no tuviera claro cómo nombrarlo.
—Es necesario —dijo finalmente.
Elena soltó una risa corta.
—Eso no significa nada.
Luca dio un paso atrás.
Solo uno.
Pero suficiente para cambiar el equilibrio de la habitación.
—Para vos no —dijo—. Para mí sí.
Elena lo miró en silencio.
Y algo dentro de ella entendió lo que no quería entender.
Esto no era simple.
No era solo odio.
No era solo castigo.
Era algo que ya había cruzado otra línea.
Algo más personal.
Más profundo.
Más difícil de detener.
Elena volvió a mirar la foto.
Su hermana.
Y por primera vez…
sintió miedo real.
No por ella sola.
Sino por todo lo que esto podía arrastrar.
Luca la observó en silencio.
Y supo que la había alcanzado.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Lo suficiente para que ya nada volviera a ser igual.
Porque ahora…
había un punto débil.
Y ambos lo habían visto.