Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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Una mala pasada.
Pov Ian:
Decir que fui inmensamente feliz era poca cosa, Carla era una mujer extraordinaria, amable, comprensiva… y entendía perfectamente que su desconfianza tenía fundamentos más que válidos.
Yo sabía que no era un hombre honrado como ahora intento ser frente a ella, pero con la misma firmeza podía jurar que nunca antes había sentido interés por ninguna mujer. Nunca como lo siento por ella.
Mi corazón sabía que no existía ninguna “esposa” esperándome, ni mucho menos hijos. A lo sumo, solo la dulce muerte estaba ansiosa por envolverme con su letalidad fría. Pero ahora que Carla me había dado el sí, no estaba dispuesto a dejar que nada me atrapara tan fácilmente. Mi pecho dio un vuelco anoche cuando escuché sus dudas, sus excusas tan transparentes… Yo también tenía mis temores, pero lo entendí de inmediato, ella es lo único que quiero en mi vida.
El desayuno fue el más bullicioso en meses. Patricia no se medía en sus palabras, y no dudó ni un segundo en avergonzar a su hermana, quien se mantenía en un rincón, roja como una cereza madura. Y yo no esperaría a que esa mocosa se fuera para estar a solas con ahora mi mujer.
– Bueno, ¡ya me voy! Tengo que ajustar los últimos detalles de mis proyectos antes del lunes. Gracias, cuñado –dice con una sonrisa traviesa– Y estoy feliz de verte con vida, hermanita mía.
– Mocosa del demonio… No dudes en volver si necesitas algo –responde Carla, abrazándola sin más preámbulos.
– ¡Ja, ja! Claro que volveré, ¡antes de que se den cuenta! No renunciaré a mi profesor particular así de fácil –la niña me guiña un ojo antes de agarrar su mochila y cerrar la puerta con un portazo seco.
No pierdo ni un segundo, antes de que Carla pueda escapar, la abrazo con fuerza, sintiendo su cuerpo contra el mío.
– Por fin solos… Estaba a punto de echarla yo mismo –digo con firmeza, y ella solo sonríe, bajando la mirada.
– Ella siempre es así. Mi madre dice que yo soy la reservada y ella la alborotadora… el día y la noche, la fiesta y la resaca –susurra, acurrucándose más en mi abrazo.
– Tú eres mi mujer, Carla. Con eso me basta… y me sobra –le dejo un beso suave en la mejilla, sintiendo cómo su piel se calienta bajo mis labios.
Puedo sentir cómo su cuerpo se tensa ante mis palabras, ante mi acercamiento tan descarado. Quizás estoy yendo demasiado rápido… se nota que es una mujer decente, que tiene principios. No espero que se entregue a mí de la noche a la mañana, ni en este primer día juntos. Solo busco acercarme más a ella, sentirla mía aunque sea solo en un abrazo.
– ¿Qué te parece si vemos una película? Aprovechemos este día nevado de afuera –propongo entre pequeños besos en su cuello.
– Me parece una idea genial –susurra, cerrando los ojos por un instante.
Luego de ordenar todo en la sala, nos acurrucamos en su cama, envueltos en frazadas gruesas que nos protegen del frío. Su cabello cae suavemente sobre mi pecho, y nuestras manos quedan entrelazadas como si siempre hubieran estado así.
– Ian… puedo preguntarte algo –dice con su voz baja, casi un susurro que se pierde en el silencio de la habitación.
– Pregunta lo que quieras. Te responderé con todo lo que sé –prometo, apretando su mano con cariño.
– ¿Cuánto tiempo llevabas en las calles? ¿Recuerdas cómo fue que llegaste ahí?
Hago una pausa larga, cerrando los ojos mientras mi mente vuelve al primer día en los callejones oscuros…
– No recuerdo exactamente cómo llegué. Solo sé que un día desperté dentro de un contenedor de basura. Puede que estuviera ahí un día… o una semana. Mi cuerpo dolía hasta no poder más, mis heridas todavía sangraban a borbotones –susurro, sintiendo cómo Carla se estremece contra mí.
– ¡IAN, POR TODOS LOS CIELOS! – siento sus lágrimas sobre mi pecho, mientras sus manos buscan mi rostro con desesperación– ¿Por qué no pediste ayuda?
– Apenas podía moverme… estaba totalmente desorientado. Una mujer muy mayor me encontró en el depósito de su complejo un día. Me dio analgésicos, vendas, agua y comida. Pero una semana después ya no la volví a ver… así que me fui, porque no tenía nada que hacer ahí –explico con voz rota.
– No me imagino lo que debiste vivir… ¡Ian, por todos los cielos! ¿Quién te pudo hacer tanto daño y por qué? –su voz se rompe por la emoción.
– Esa mujer amable me ayudó mucho. Después de eso, divagué por las calles, recibiendo aventones de camioneros que se apiadaban de mí. Así fue como llegué hasta aquí… terminé en ese callejón donde me encontraste, esperando a que la muerte viniera a buscarme –confieso, sintiendo cómo el peso del pasado vuelve a agobiarme.
– ¿Originalmente no eras de esta ciudad? –pregunta, levantándose un poco de la cama para mirarme a los ojos.
– No. Hice un viaje largo para llegar aquí… supongo que fueron alrededor de dos o tres meses. Recuerdo que cuando salí del complejo todavía hacía algo de calor durante el día, y semanas después vi letreros de ofertas para la temporada otoñal –digo, contando los días que pasé en la carretera.
– Yo te conocí cuando el invierno estaba a punto de llegar… así que sí, fueron tres meses –sus dedos acarician mi mejilla con ternura.
– Esa noche estaba demasiado cansado… ya listo para rendirme. Fuiste la luz que iluminó mi vida, Carla. Eso eres para mí, la luz que corta la oscuridad de mi pasado –tomo sus mejillas entre mis manos y le beso los labios despacio, con toda la ternura que siento en mi pecho.
– Ya no digas más de eso, por favor… solo bésame, Ian –susurra, cerrando los ojos.
Ahora es ella la que toma la iniciativa, besándome con ternura y una determinación que me hace temblar. Sus caricias recorren mi pecho, calentándome el cuerpo de una manera que ya no puedo controlar.
– Ian… Ian, no quiero detenerme… pero a la vez sé que esto no está bien –susurra sobre mis labios, mientras su respiración se hace entrecortada.
– Tranquila, mi amor. Te esperaré… te respetaré hasta que estés completamente convencida de entregarte a mí por tu propia voluntad –le digo, aunque cada palabra cueste un esfuerzo enorme.
Esperar se convirtió en mi pasatiempo más doloroso. Cada día me costaba más ver a Carla, ahora más dispuesta y cariñosa, pero a la vez tan firme al hacer respetar cada uno de sus límites. Eso es lo que me gusta de ella, siento que antes todo me resultaba fácil, y dicen que lo fácil aburre… Carla es un desafío que me lleva a alcanzar cotas inimaginables, poniendo a prueba mi cordura cada hora del día.
Mi cuerpo reacciona solo con su presencia, y el de ella igual. Pero hay una línea firme que respeta como toda una mujer que se valora a sí misma.
– ¡Compañero! Esta semana has estado incontrolable: 3 muebles grandes armados solo y sin problemas –comenta mi jefe, golpeándome el hombro mientras cerramos la carga del camión.
– Ya ves… necesito gastar energía antes de volver a casa –sonrío, pensando en ella.
– No me digas que tu mujer te tiene en ascuas… ¿la hiciste enojar? –bromea, mientras guarda las herramientas.
– ¡Ja, ja, ja! Al contrario, ella me hace inmensamente feliz. No me atrevo a defraudarla –respondo con seriedad.
– Pues déjame decirte un secreto para conquistar bien a la mujer de la casa –mi jefe se acerca, bajando la voz como si fuera a contarme el mayor de los misterios.
Aunque no necesitaba consejos, sin pensarlo me acerco a escuchar atentamente. Quiero aprender a ser una buena pareja para mi mujer… una que solo le dé alegrías, nunca tristezas.
Esa noche, cuando la fui a buscar, ya tenía todo listo para sorprenderla, el jefe me había prestado la camioneta de nuevo, y tenía una noticia más que excelente para compartirle. Pero cuando llegué a la empresa, nada estaba como esperaba, la vi salir corriendo, llorando a moco tendido, con la ropa rasgada y temblando como una niña asustada.
– ¡CARLA! ¿QUÉ TE SUCEDIÓ? –mis manos se posan con cuidado sobre sus hombros, tratando de calmarla mientras mi mente se llena de miedo y rabia.
– Ian… Ian, ¡vámonos de aquí ahora mismo! –me suplica entre hipos ahogados, agarrándose a mi camisa como si yo fuera su única salvación.
Y entonces lo vi. Ese desgraciado salía detrás de ella, con la cara distorsionada por la ira, como un loco poseído.
Mis instintos se activaron de golpe. Mi visión se nubló de rojo, y mi cuerpo se movió por voluntad propia, sin que yo pudiera detenerlo.
– ¡IAN, NO! POR FAVOR –gritó Carla, pero era demasiado tarde para cualquier suplica. Antes de darme cuenta, ya lo tenía debajo de mí, golpeándolo con una brutalidad que ni yo mismo reconocía.
Podía escuchar los gritos de Carla, las voces de otras personas que corrían para detenernos… pero mis puños tenían una voluntad propia, y no me detendría. No después de que ese desgraciado intentara tocar a mi mujer.
Ian: