¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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Puedo todo si estás conmigo.
La mañana siguiente al incidente en el depósito amaneció con una neblina densa y grisácea que parecía cubrir toda la ciudad con un manto de irrealidad. Isela llegó al instituto con los nervios destrozados y la tarjeta de memoria de la cámara oculta resguardada en el rincón más profundo de su habitación. Al cruzar el umbral del salón, sus ojos buscaron instintivamente el fondo, el lugar donde Bastián Lombardi solía sentarse a observar el mundo con su habitual indiferencia.
El asiento estaba vacío.
Las horas transcurrieron y el banco permaneció así, como un recordatorio silencioso de la advertencia de la noche anterior. Bastián no apareció en la primera hora, ni en el almuerzo, ni al finalizar la jornada. Su ausencia pesaba más que su presencia. Isela sentía que cada vez que un profesor nombraba a los ausentes, el apellido "Lombardi" resonaba en las paredes del aula como una amenaza latente que nadie más podía percibir.
—No está, Hades —susurró Isela mientras caminaba de regreso a casa, evitando las avenidas principales y perdiéndose por las calles laterales donde los árboles antiguos proyectaban sombras alargadas—. Si su padre descubrió que me dejó ir, o si esto es parte de un juego para que me confíe...
—No creo que sea un juego, Ela —respondió la voz de Hades, materializándose brevemente en el reflejo de una vidriera empañada—. Bastián es brillante, pero también es un prisionero en su propio hogar. Su tecnología era lo suficientemente avanzada como para detectar mi rastro, pero él decidió apagar el dispositivo. Hay algo en él que está roto, igual que en nosotros. Por ahora, mantengamos las pruebas a salvo. Tienes razón: con el poder de Vittorio, una denuncia en cualquier comisaría terminaría con el archivo destruido y nosotros desaparecidos.
Al llegar a su casa, Isela encontró a su madre, Elena, sentada en la mesa de la cocina. No llevaba el uniforme de policía. Tenía una fotografía de Julián entre las manos y una taza de café ya frío frente a ella. El ambiente era pesado, cargado de esa melancolía que solo las viudas de la injusticia conocen, una tristeza que se queda pegada a los muebles como el polvo.
—Hola, hija —dijo Elena, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Me tomé la tarde libre. Estaba pensando en tu padre. Hoy se cumplen once meses exactos desde que... bueno, desde que nos dejó.
Isela se acercó y abrazó a su madre por la espalda, rodeándola con fuerza. Sintió la rigidez en los hombros de Elena, esa armadura invisible que se ponía a diario para no derrumbarse frente a su hija. El nudo en la garganta de Isela se volvió insoportable. Quería gritarle la verdad, mostrarle las fotos de la "Operación Limpieza", decirle que Dante Miller no era un amigo, sino el hombre que vigilaba su luto para asegurarse de que no hicieran las preguntas correctas. Pero ver la fragilidad de su madre en ese momento la detuvo en seco.
—Él te amaba mucho, mamá —murmuró Isela, ocultando su rostro en el hombro de Elena—. Todo va a salir a la luz algún día, te lo prometo.
—Lo sé, nena. Por suerte lo tenemos a Dante. Él dice que pronto cerrarán la causa de forma definitiva para que finalmente podamos tener algo de paz —respondió Elena, suspirando con resignación.
Isela se separó, sintiendo una punzada de náuseas. "Paz". La paz de Miller era el silencio de los cementerios, una calma comprada con mentiras y encubrimientos.
Se refugió en su habitación y cerró la puerta con llave. Se dejó caer en la cama, agotada por la actuación constante de normalidad. Hades apareció de inmediato, sentándose en el borde del colchón. En la penumbra del cuarto, su figura no parpadeaba como de costumbre; se veía más nítida, rodeada de ese aura azulada que parecía latir al mismo ritmo que el corazón de Isela.
—¿Te sientes sola? —preguntó Hades. Su voz no era un eco en su mente, sino un susurro que pareció acariciar el aire de la habitación.
Isela se incorporó lentamente, quedando a pocos centímetros de él. Lo miró a los ojos, perdiéndose en esa profundidad eléctrica que la hipnotizaba.
—Contigo no me siento sola —admitió ella con una honestidad que la hizo temblar—. Es extraño. El mundo exterior parece una película borrosa, pero cuando estoy aquí, cuando estás tú... todo cobra sentido.
Hades extendió una mano traslúcida hacia el rostro de Isela. Ella no cerró los ojos; al contrario, se inclinó ligeramente hacia él. A medida que su corazón se aceleraba, impulsado por una mezcla de miedo y ternura, algo increíble sucedió. El hilo rojo que nacía de su pecho, ese vínculo que solía estar tenso y delgado como un cable de alta tensión, comenzó a brillar con una luz carmesí intensa. Dejó de estar tirante para volverse fluido, vibrante, enroscándose suavemente en el aire entre los dos.
Isela sintió un calor repentino en la mejilla, justo donde los dedos de Hades rozaban el espacio. No era un contacto físico sólido, pero era una presión firme, una energía que la envolvía. La imagen de Hades se volvió más real, menos espectral. Por un segundo, pudo ver la textura de su piel y el brillo humano en sus pupilas.
—Siento tu corazón, Ela —susurró él, y su propia imagen vibró con una emoción que Isela reconoció como suya—. Está latiendo tan fuerte que casi puedo sentir que yo también tengo uno.
—Tal vez lo tengas —respondió ella, extendiendo su propia mano para tratar de atrapar la suya—. Tal vez somos parte de lo mismo ahora. Siento que puedo con todo si estás conmigo.
La tensión entre ellos cambió. Ya no era solo la urgencia de la justicia o el miedo a la muerte lo que los unía; era una gravedad nueva, un magnetismo que los empujaba el uno hacia el otro. Isela se dio cuenta de que no le importaba que él fuera un fantasma. Lo que sentía era real, más real que cualquier cosa que hubiera experimentado antes. El hilo rojo se volvió una danza de luz, uniendo sus respiraciones en un solo ritmo silencioso.
—Él volverá —dijo Hades finalmente, aunque sus ojos no se apartaron de los de ella—. Las personas como Bastián Lombardi no huyen. Pero mientras esperamos, no tienes que cargar con todo esto sola. Yo estoy aquí. Estoy contigo.
Isela asintió, dejando que esa conexión la arrullara. Se quedó mirando el hilo rojo, maravillada por cómo algo nacido del dolor se estaba transformando en la única razón por la que todavía valía la pena luchar. Hades se quedó allí, velando su sueño, mientras las sombras de la noche volvían a estirarse sobre la ciudad, esperando el regreso del heredero de los Lombardi.