Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 12: Una verdad inesperada
Oriana.
Después de un largo vuelo, Jonás y yo finalmente llegamos a su país. Estaba emocionada por conocer el lugar donde había crecido y, sobre todo, por conocer a sus padres. Aunque también sentía nervios. No sabía si les agradaría ni cómo reaccionarían al descubrir que nos habíamos casado sin conocerlos primero.
—¿Estás cansada? —preguntó Jonás mientras esperábamos nuestras maletas.
—Un poco, pero estoy bien. ¿No vendrá nadie a buscarnos?
—No, pelirroja. Tomaremos un taxi.
Me pareció extraño. Después de tantas horas de viaje, pensé que quizás alguno de sus padres vendría pero no quise insistir.
Tomamos un taxi y el conductor se dirigía a la dirección que Jonás le indicó.
Durante el trayecto observé la ciudad con curiosidad. Jonás mantenía mi mano entre las suyas y, de vez en cuando, me daba pequeños besos.
—¿Estás nerviosa por conocer a mis padres? —preguntó.
—Un poquito. Quiero causarles una buena impresión.
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Unos minutos después, el taxi se detuvo frente a una enorme residencia. Miré por la ventanilla, sorprendida por el tamaño de aquella propiedad.
—¿Aquí es donde viven tus padres?
—Sí, pelirroja.
Bajé del vehículo y contemplé nuevamente la residencia. Era realmente impresionante.
—Es muy bonita. ¿Tus padres trabajan aquí?
Jonás me miró durante unos segundos antes de responder.
—Algo así.
No le di demasiada importancia. Supuse que quizás su padre tenía algún negocio o trabajaba administrando aquella propiedad.
Jonás pagó el taxi, tomó nuestras maletas y me ofreció su mano. Caminamos hacia la entrada y, después de tocar el timbre, una mujer abrió la puerta.
—¡Jonás! —exclamó emocionada antes de abrazarlo.
—Hola, mamá.
Observé el encuentro con una sonrisa. La mujer lo abrazaba con evidente cariño y después apareció un hombre de aspecto serio que también se acercó a saludarlo.
—Bienvenido a casa, hijo —dijo.
Jonás sonrió y lo abrazó.
Entramos a la residencia y, cuando llegamos a la sala, me quedé prácticamente paralizada.
Había varias personas reunidas. Todos parecían vestir elegantemente y, apenas vieron a Jonás, comenzaron a saludarlo con entusiasmo. Algunos se acercaron a estrecharle la mano, otros le dieron palmadas en el hombro y todos parecían estar muy contentos de verlo.
Lo que más me sorprendió fue la manera en que se dirigían a él.
No lo trataban simplemente como a un hijo que regresaba a casa. Había una atención especial, una especie de respeto que no conseguía comprender.
Miré a mi alrededor, observando los muebles, los detalles de la residencia y a las personas que esperaban su llegada.
Entonces comencé a entender que Jonás me había ocultado algo.
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Jonás.
Sabía que aquella situación no sería sencilla, pero no imaginé que Oriana descubriría mi posición económica de aquella manera.
Mi madre había organizado una pequeña recepción para celebrar mi regreso.
Yo no había autorizado aquella reunión, pero tampoco me sorprendía. Conocía perfectamente las intenciones de mis padres.
Lo que sí me preocupaba era la expresión de Oriana.
La observaba en silencio, mirando todo a su alrededor. Había comenzado a unir las piezas y sabía que pronto tendría preguntas.
—Jonás —escuché la voz de mi madre—, ven, quiero presentarte a nuestros invitados.
Me acerqué sin soltar la mano de Oriana.
Mi madre sonrió y comenzó a presentar al señor Walton y a su hija. Bárbara era una mujer elegante, de cabello castaño y aspecto sofisticado. Me dedicó una sonrisa que no correspondí demasiado.
—Qué bueno tenerte de regreso —comentó el señor Walton—. Tu padre nos ha hablado mucho de tu incorporación a la empresa.
—Gracias. Me alegra estar de vuelta.
Mi madre parecía satisfecha con la conversación, pero entonces Bárbara dirigió su atención hacia Oriana.
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Oriana.
Sentí que el estómago se me encogía cuando escuché mencionar una empresa y la incorporación de Jonás.
¿De qué estaban hablando?
Miré a mi esposo, esperando que me explicara algo, pero él parecía demasiado ocupado respondiendo a los invitados.
Entonces la mujer me observó de arriba abajo.
—¿Y quién es esta mujer?
Su pregunta me hizo sentir incómoda.
Antes de que Jonás pudiera responder, hablé yo.
—Solo soy una amiga de Jonás.
No sabía por qué había dicho aquello. Quizás porque todavía estaba intentando comprender qué hacía allí, quiénes eran aquellas personas y por qué todos parecían conocer una parte de su vida que yo desconocía.
Jonás giró inmediatamente hacia mí.
—Oriana...
Pero no tuvo oportunidad de continuar porque su madre intervino.
—Hijo, quiero presentarte formalmente a Bárbara Walton. Es tu futura esposa.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Miré a Jonás, esperando que se riera, que negara aquellas palabras o que dijera que su madre estaba equivocada.
Pero lo que realmente me destrozó fue comprender que aquella mujer hablaba de un matrimonio que, al parecer, ya estaba planeado.
Retrocedí un paso.
Quería salir de allí. Necesitaba respirar y alejarme de todas aquellas personas.
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Jonás.
Sentí cómo Oriana intentaba retirar su mano de la mía.
La miré y encontré sus ojos llenos de decepción. Aquello me dolió más de lo que podía expresar.
—Pelirroja...
Ella negó con la cabeza y volvió a intentar apartarse.
No podía permitirlo.
Tomé su mano con firmeza y me coloqué a su lado, frente a todos. Miré a mi madre, después al señor Walton y finalmente a Bárbara.
—Oriana no es mi amiga. Es mi esposa.
El silencio que siguió fue absoluto.
Mi madre abrió los ojos sorprendida y mi padre endureció la expresión.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Leandro.
Levanté nuestras manos entrelazadas para que todos pudieran ver los anillos.
—Es mi esposa y seguirá siéndolo hasta el día en que muera.
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Oriana.
Lo miré sin poder pronunciar una palabra.
Había escuchado su declaración, pero eso no borraba el dolor que sentía.
—Jonás... —murmuré.
Él se volvió hacia mí y acarició mi mano con el pulgar.
—No voy a permitir que nadie te haga sentir que no perteneces a mi vida.
Mis ojos amenazaban con soltar las lágrimas.
—¿Por qué no me dijiste quién eras?
Su expresión cambió.
Aquella pregunta era inevitable y sabía que no podía seguir escondiéndose detrás de explicaciones.
—Te lo explicaré todo, pelirroja. Te lo prometo.