Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 10
—Yo no fui, te lo juro por mi vida.
El eco de los gritos de Serena rebotó contra los muros de piedra húmeda, convirtiéndose en un lamento solitario que se disipó rápidamente en la oscuridad del calabozo. Ningún guardia acudió a su llamado; para ellos, ella no era más que una paria condenada, la asesina del Alfa menor.
Aferrada a sus rodillas, con el vestido de seda marfil convertido en un sudario rígido y manchado de sangre seca, Serena se quedó sola con sus fantasmas. El silencio que siguió fue aún más cruel que los gritos de James. Ya no quedaba nadie a quien suplicarle, ningún familiar que la defendiera, ningún mate que la rescatara de esa pesadilla. El mundo entero se había cerrado a su alrededor como una tumba de piedra.
Mientras tanto, en la superficie, la mansión Smith continuaba envuelta en un luto opresivo.
En su dormitorio privado, con las pesadas cortinas cerradas para bloquear la luz del día, Selma se encontraba frente al espejo del tocador. Se había quitado el velo negro del funeral, pero el reflejo que le devolvía el cristal parecía el de un cadáver viviente. Tenía los ojos hinchados, ojeras profundas y los labios pálidos.
Cada segundo que pasaba, la imagen de Jacob herido en la oscuridad, vistiendo la chaqueta de terciopelo borgoña que ella misma había señalado, la golpeaba como un martillo invisible. No era poder lo que buscaba; era él. Y ahora, por su propia mano torpe, lo había destruido. Se llevó las manos temblorosas a la boca para ahogar un sollozo desesperado, sintiendo que la culpa la devoraba viva por dentro.
Pero en medio de su crisis, un sonido en la puerta la hizo enderezarse de golpe y secarse las lágrimas con fiereza.
Dos golpes secos y firmes resonaron en la madera.
—Selma —la voz ronca y profunda de James al otro lado de la puerta la hizo congelarse.
Selma respiró hondo, tragándose el pánico y el temblor de sus manos. Se obligó a recomponer la postura, a adoptar esa expresión de esposa afligida pero firme, y abrió la puerta con lentitud.
James estaba allí, con la camisa negra de luto arrugada y la sombra de una barba incipiente en el rostro. Su mirada dorada era un bloque de hielo, pero al ver a su esposa, su actitud se suavizó ligeramente, buscando en ella el único refugio que le quedaba en esa casa maldita.
—James... —murmuró Selma con voz trémula, adoptando su papel a la perfección y extendiendo los brazos para tocar su pecho—. ¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo con el consejo?
James suspiró pesadamente, cerrando los ojos un instante antes de cruzar el umbral y sentarse en el borde de la cama, frotándose las sienes con cansancio.
—El consejo se reunirá dentro de dos horas para ratificar la ejecución —respondió James, con la voz cargada de un desgaste absoluto—. Todo el mundo exige justicia. La matriarca está inconsolable, y la manada no aceptará otra cosa que la cabeza de la forastera.
Selma se sentó a su lado, colocando una mano con delicadeza sobre su hombro, sintiendo la tensión extrema en los músculos de su esposo. Por dentro, un suspiro de alivio helado recorrió su espina dorsal: la sentencia estaba a un paso de cumplirse, y con la muerte de Serena, el secreto de su error quedaría enterrado para siempre.
—Haces lo correcto, mi amor —susurró Selma con una dulzura venenosa, pegando su mejilla al hombro de James—. Esa mujer destruyó a nuestra familia. No puede haber clemencia para alguien capaz de tanta maldad.
James asintió lentamente, aunque en lo más profundo de su mente, el grito desesperado de Serena —¡Yo no fui, te lo juro por mi vida!— volvió a resonar con una molesta y persistente claridad. Apartó el pensamiento de inmediato, recordándose a sí mismo las pruebas irrefutables, las manos ensangrentadas y la soledad del lugar del crimen.
—Iré a los calabozos una última vez antes del atardecer —dijo James poniéndose de pie con rigidez—. Quiero ver si antes de enfrentar a la parca tiene algo más que decir... o si al menos tiene la decencia de confesar la verdad.
El atardecer teñía el cielo de las montañas con un tono rojo sangriento que atravesaba las altas ventanas de la mansión. Abajo, en las profundidades de la piedra, el tiempo parecía haberse detenido.
James descendió los escalones hacia las celdas por última vez antes de la asamblea del consejo. La antorcha que llevaba en la mano proyectaba sombras alargadas sobre los muros húmedos, haciendo que el pasillo subterráneo pareciera el estómago de un monstruo de piedra. Sus pasos resonaban con un ritmo lento y pesado, marcando los minutos que le quedaban a la prisionera antes del veredicto final.
Al llegar frente a la celda de hierro, se detuvo.
Serena no se había movido. Estaba encogida en el suelo, apoyada contra la pared helada. El vestido de seda marfil, manchado de sangre seca y barro, era un amargo recordatorio de la noche anterior. Tenía los ojos fijos en la nada, desgastados de tanto llorar, pero al percibir la luz de la antorcha y el olor a pino y lluvia que traía James, levantó lentamente la cabeza.
Su rostro pálido estaba marcado por el dolor y la desolación más absoluta. Ya no había súplicas descontroladas en su mirada; solo quedaba el vacío de quien ha perdido a su *mate*, su honor y su familia de un solo golpe.
James se agarró de nuevo a los barrotes, observándola desde las sombras. La ira seguía ardiendo en su pecho, pero ver la devastación en los ojos de la chica volvía a clavarle esa molesta espina de duda.
—El consejo se reúne en menos de una hora —dijo James con voz baja y profunda, cortando el silencio del calabozo—. Tu sentencia ya está escrita, Serena. Antes de que te lleven ante los ancianos... dímelo una vez más. Mirándome a los ojos. ¿Vas a seguir sosteniendo esa mentira hasta el último aliento?
Serena respiró hondo, un jadeo tembloroso que le hizo doler las costillas. Con esfuerzo, apoyó las manos en la piedra fría y se incorporó lentamente hasta quedar de pie frente a él, separada únicamente por las barras de hierro.
—No es una mentira —respondió Serena. Su voz era apenas un hilo, pero tenía una firmeza tan pura y limpia que resonó en el pasillo—. Yo no maté a Jacob. Él era mi *mate*, mi única luz en este lugar... ¿Cómo podría arrancarle la vida al hombre que me dio un hogar?
James apretó el agarre en los barrotes, apretando la mandíbula con fuerza.
—¿Y de quién era la sangre que cubría tus manos? —confrontó él con dureza—. Estabas sola en el sendero. Nadie más fue visto en los límites de la propiedad.
—No lo sé... —dijo ella, con lágrimas volviendo a brotar de sus ojos cansados—. Alguien lo atacó en la oscuridad y huyó antes de que yo llegara. Cuando escuché sus quejidos, corrí a buscarlo. Presioné su herida para evitar que se desangrara... Por eso estaba cubierta de su sangre. Intentaba salvarlo, James. Intentaba mantenerlo con vida.
Las palabras de Serena quedaron flotando en el aire. James la miró fijamente, buscando en la expresión de la chica algún rasgo de falsedad, alguna mueca de engaño o cálculo. Pero no encontró nada. Solo vio a una mujer rota, destruida por la pérdida del hombre que amaba y abandonada por su propia sangre.
Por primera vez desde la fatídica noche, a James le recorrió un escalofrío por la espalda. Un pensamiento siniestro y helado germinó en su mente: *Si ella no fue... ¿quién mató a mi hermano dentro de nuestro propio territorio?*
Antes de que pudiera formular otra pregunta, el sonido de botas militares resonó en la escalera. Dos guardias de la élite de la manada aparecieron en el pasillo, luciendo sus uniformes de gala y sosteniendo pesadas cadenas de hierro.
—Alfa James —anunció el capitán de la guardia, inclinando la cabeza con respeto—. El consejo y la matriarca Karen lo aguardan en la gran sala. Es hora de trasladar a la acusada.
James guardó silencio durante unos segundos, mirando a Serena a través del metal. La chica bajó la cabeza y extendió los puños sin oponer resistencia, permitiendo que el frío hierro de las esposas se cerrara alrededor de sus muñecas.
—Tráiganla —ordenó James en tono severo, dando media vuelta para encabezar la marcha.
Mientras subían los peldaños hacia la luz de la mansión, James caminaba con el corazón dividido. Por fuera, debía mostrar la postura implacable del nuevo Alfa que exige justicia por la muerte de su hermano. Por dentro, la semilla de la sospecha ya había echado raíces: la mirada de Serena no era la de una asesina... y la verdadera sombra que había manchado de sangre a los Smith seguía libre, caminando entre ellos.