Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 8
Los calabozos subterráneos de la mansión Smith eran un recordatorio silencioso de que bajo el lujo y la opulencia de la élite de los lobos yacía un mundo de castigo y piedra fría. La humedad se adhería a las paredes como un sudor helado, y el único destello de luz provenía de antorchas distantes que parpadeaban en los pasillos de servicio, proyectando sombras alargadas sobre los barrotes de hierro oxidado.
A Serena la habían arrojado sin miramientos en la celda más profunda y aislada.
El impacto contra el suelo de piedra reverberó en sus huesos, pero el dolor físico era lo que menos le importaba. Estaba acurrucada en una esquina, con las rodillas contra el pecho y los brazos aferrados a su propia cintura, temblando de frío y de un terror visceral. El vestido de seda marfil, que horas antes había simbolizado la ilusión de un nuevo comienzo al lado de Jacob, ahora estaba rígido y oscuro, completamente arruinado por manchas secas de sangre carmesí que impregnaban su piel y sus manos.
—No fui yo... Yo no lo maté... —murmuraba una y otra vez con los labios agrietados, mientras las lágrimas, ya sin fuerza para brotar en abundancia, dejaban surcos limpios en sus mejillas sucias de tierra.
Lo que más le desgarraba el alma no era el calabozo, ni la amenaza de ejecución que pendía sobre su cabeza como una espada de Damocles. Era el vacío ensordecedor que sentía en el pecho. El lazo de la luna, ese hilo invisible, cálido y vibrante que la conectaba con Jacob, se había roto de golpe, dejando en su lugar un eco hueco, un dolor fantasma que la quemaba por dentro como si le hubieran arrancado un pedazo de su propia existencia. Él se había ido. Y la manada entera la culpaba de haberlo asesinado.
Mientras tanto, en la superficie, la mansión Smith se había envuelto en un luto tan denso y pesado como el plomo.
En el despacho principal, las cortinas de terciopelo pesado estaban cerradas, bloqueando la luz de la madrugada. El fuego de la chimenea crepitaba débilmente, proyectando destellos danzantes sobre los estantes llenos de libros antiguos de leyes de la manada.
James estaba de pie frente al ventanal, con la espalda recta y los hombros tensos. Ya no llevaba la elegante ropa de gala; se había cambiado una camisa negra de lino y un pantalón oscuro, como si el luto se hubiera fundido directamente con su piel. Su reflejo en el cristal mostraba a un hombre transformado. La muerte de Jacob le había arrancado la juventud y la paciencia de un solo tajo, heredándole un trono ensangrentado y el peso absoluto de un liderazgo para el que la tragedia lo había precipitado sin previo aviso.
La puerta del despacho se abrió con un crujido suave. Selma entró con pasos sigilosos, sosteniendo una bandeja de plata con una taza de té humeante. Su rostro era el retrato perfecto de la compasión conyugal: los ojos ligeramente hinchados, los labios pálidos y una expresión de infinita tristeza que rozaba la perfección artística.
Pero por dentro, Selma era un mar de cenizas.
La muerte de Jacob no había traído la victoria romántica que su mente obsesiva había soñado; solo le había dejado un vacío agónico y la culpa punzante de haber sido ella misma, a través de sus propias instrucciones a Diego, quien había firmado la sentencia del hombre al que amaba con locura. Cada vez que cerraba los ojos, veía la chaqueta borgoña manchada de sangre. Sin embargo, el instinto de supervivencia y el miedo a ser descubierta la obligaban a enfundarse en su papel de esposa fiel y consoladora.
—James... —murmuró Selma con voz trémula, acercándose con lentitud y dejando la bandeja sobre la mesa deoba—. No has probado bocado desde anoche. Tienes que descansar, por el bien de la manada... y por el mío.
James no se giró de inmediato. Sus ojos dorados seguían fijos en la oscuridad exterior, donde el jardín de invierno guardaba el rastro de la tragedia.
—¿Cómo quieres que descanse, Selma? —respondió James con una voz ronca, profunda y gélida que hizo que ella contuviera la respiración—. Mi hermano menor está muerto. Asesinado a traición en su propia casa, en la noche en que intentaba ser feliz.
Selma dio un paso más, apoyando una mano con aparente delicadeza sobre el brazo de su esposo, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela.
—Lo sé, mi amor. Es una pesadilla de la que todos desearíamos despertar —dijo ella, ocultando con maestría el temblor real de sus dedos—. Pero la justicia del clan debe cumplirse. Las pruebas son irrefutables: las manos de esa mujer estaban cubiertas con su sangre. No hay vuelta de hoja. El consejo se reunirá al atardecer para dictar su sentencia.
James giró lentamente la cabeza para mirarla. Sus ojos, antes cálidos, ahora eran dos abismos de hielo e ira contenida.
—No habrá un juicio largo, Selma —sentenció James con una calma aterradora, apartándose sutilmente de su tacto para caminar hacia su escritorio—. El consejo escuchará mi decisión. Una traición de esta magnitud dentro de los límites sagrados de los Smith se paga con la vida.
Selma bajó la mirada, fingiendo un suspiro de apesadumbrada conformidad, mientras un escalofrío de triunfo oscuro recorría su columna. El peligro principal estaba encerrado bajo llave y condenado de antemano. Serena iba a pagar por un crimen que no cometió, arrastrando a la tumba el secreto de que el verdadero autor intelectual caminaba libremente por los pasillos de la mansión.
—Harás lo que tengas que hacer como Alfa —susurró Selma con docilidad, dándose la media vuelta para retirarse de la estancia.
Pero cuando la puerta del despacho se cerró a sus espaldas, dejando a James solo con sus demonios, el nuevo patriarca de los Smith apretó los puños sobre la madera del escritorio con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La rabia le quemaba en el pecho, pero en el fondo de su mente, una pequeña y molesta espina de duda —una inquietud irracional que ni su propio dolor lograba sofocar— comenzó a latir con fuerza.
¿Por qué? —se preguntó en silencio, mirando la mancha invisible en sus propias manos—. Si se supone que eran mates... ¿Por qué destruiría su propia felicidad de esa manera?