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VALLA DON PANCRACIO

VALLA DON PANCRACIO

Status: Terminada
Genre:Comedia / Completas
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

Divierte

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La visita al mercado el conejo que se vino a cenar

Don Pancracio no era de los que se quedaban en casa sin hacer nada. Al contrario, él decía que "el mundo es un pañuelo y hay que recorrerlo de punta a punta", aunque la mayoría de las veces su recorrido no pasaba de la tienda de la esquina o el mercado municipal de San Pancracio del Valle. Aquel sábado por la mañana, se puso su camisa a cuadros limpia, se ajustó el sombrero con mucho cuidado —para que no se le ladeara demasiado, decía él— y agarró su bolsa de tela de rayas, esa que Doña candelaria le había hecho con retazos de ropa vieja y que él juraba era "la bolsa más elegante del pueblo".

—¡Candelaria , me voy al mercado! —gritó desde la puerta—. ¡Voy a comprar las verduras para el almuerzo y quizás algún regalo para la dueña de la casa!

Doña candelaria salió a la puerta con una escoba en la mano y cara de preocupación.

—Pancracio, por favor, no te metas en líos. Solo compra lo que te pedí: tomates, cebollas, frijoles y un poco de queso. Nada de cosas raras, ¿entiendes?

—¡Entendido, mi vida! —respondió él con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. ¡Solo lo necesario! ¡Palabra de honor!

Y con un saludo militar que le salió un poco torpe, Don Pancracio se marchó camino al mercado.

El mercado de San Pancracio del Valle era un lugar bullicioso y colorido. Había puestos de frutas frescas, verduras de todos los colores, carnes, quesos, ropa, zapatos y hasta un puesto de "adivino" que leía las cartas por cincuenta colones. Don Pancracio caminaba entre los puestos saludando a todo el mundo, deteniéndose a platicar con doña Mara, la vendedora de frutas, y con don Chalo, que vendía herramientas.

—¿Cómo está, don Pancracio? —preguntó doña Mara con una sonrisa—. ¿Viene por piñas? ¿Ya aprendió a plantarlas al derecho?

Don Pancracio se sonrojó un poco y se rio nerviosamente.

—Eso fue un experimento, doña Mara. Ahora vengo por cosas serias. Verduras, nada más.

Siguió caminando hasta el puesto de verduras de don Eliseo, donde compró los tomates, las cebollas y los frijoles. Mientras don Eliseo le pesaba las cosas, Don Pancracio vio algo que le llamó la atención: sobre el mostrador había una bolsa de tela idéntica a la suya, con las mismas rayas azules y rojas, el mismo tamaño y el mismo deshilachado en la esquina inferior derecha.

—¡Vaya! —exclamó Don Pancracio—. ¡Esa bolsa es igualita a la mía! ¡Qué casualidad!

La tomó en sus manos para compararla con la suya. Era idéntica. Mientras tanto, detrás de él, un hombre con un sombrero negro y una capa larga estaba ocupado en el puesto de al lado, comprando hierbas aromáticas. Don Pancracio, sin pensarlo dos veces, tomó la bolsa que tenía en la mano —que creía era la suya—, la llenó con sus verduras, pagó a don Eliseo y se marchó contento a su casa, silbando una canción antigua.

—¡Llegué, mi vida! —gritó al entrar en la cocina—. ¡Compré todo lo que pediste! ¡Y sin ningún lío!

Doña candelaria estaba pelando papas y se volvió a mirarlo.

—¿Seguro? —dijo ella con escepticismo—. Con tus "líos invisibles", nunca se sabe.

—¡Seguro, seguro! —respondió Don Pancracio dejando la bolsa sobre la mesa—. ¡Mira, todo está aquí!

Abrió la bolsa con orgullo... y se quedó petrificado.

De la bolsa no salieron tomates, cebollas ni frijoles. Lo que salió fue... ¡un conejo blanco! Un conejo blanco de orejas largas y ojos rojos que lo miró con una expresión que parecía decir: "¿Dónde diablos estoy?"

Doña candelaria soltó el pelapapas y se quedó mirando el conejo, luego miró a Don Pancracio, luego volvió a mirar el conejo.

—Pancracio... —dijo ella con voz temblorosa—. ¿Me puedes explicar qué hace un conejo blanco en la bolsa de las verduras?

Don Pancracio estaba pálido como un papel.

—Yo... yo... no sé, candelaria . Yo compré tomates, cebollas y frijoles. ¡Te lo juro! ¡Don Eliseo me los pesó!

—¿Y entonces? —dijo ella señalando al conejo, que ahora estaba oliendo una cebolla que había quedado en la mesa—. ¿Este animalito vino solo? ¿Se escapó de algún circo?

En ese momento, a Don Pancracio le vino a la mente la imagen del hombre del sombrero negro y la capa en el mercado. ¡Ese hombre! ¡Ese hombre debía ser un mago! ¡Y esa bolsa era suya! ¡Don Pancracio había confundido su bolsa con la del mago y se había llevado al conejo!

—¡Ay, Dios mío! —exclamó Don Pancracio sentándose en una silla—. ¡Lo hice otra vez! ¡Confundí las bolsas! ¡Ese hombre era un mago y me llevé su conejo!

Doña candelaria no pudo contenerse más y soltó una carcajada.

—¡Un mago, Pancracio! ¡Ahora resulta que te asocias con magos! ¡Y traes a casa su conejo de la suerte!

—¡No es de la suerte,candelaria ! —dijo él desesperado—. ¡Es un conejo de verdad! ¡Y su dueño debe estar buscándolo! ¡Seguro que está furioso conmigo!

En ese momento, escucharon un ruido en la puerta. Alguien estaba llamando con insistencia.

—¿Será el mago? —susurró Don Pancracio, escondiéndose detrás de la silla.

Doña candelaria fue a abrir la puerta. Allí estaba el hombre del sombrero negro y la capa, con cara de preocupación.

—Buenas tardes, señora —dijo el hombre con voz suave—. Soy el Mago Misterioso, del circo que está en la ciudad. Estaba en el mercado hace un rato y creo que confundí mi bolsa con la de alguien. Mi conejo blanco, Copito, estaba dentro. ¿Por casualidad no lo ha visto?

Doña candelaria se echó a reír y señaló hacia la cocina.

—Pues entre, mago. Creo que su conejo está aquí. Y también está el señor que se lo llevó por error.

El Mago Misterioso entró en la cocina y vio a Copito saltando sobre la mesa, comiéndose una hoja de lechuga. Y luego vio a Don Pancracio asomándose por detrás de la silla, con cara de culpable.

—¿Usted se llevó mi bolsa? —preguntó el mago, pero no con enojo, sino con diversión.

—¡Fue sin querer! —exclamó Don Pancracio saliendo de su escondite—. ¡Eran idénticas! ¡Yo solo quería comprar verduras para mi esposa! ¡Te lo juro, mago, no fue mi intención!

El mago soltó una carcajada y acarició a Copito, que se dejó hacer con gusto.

—Tranquilo, amigo. No me enojo. Cosas peores me han pasado en mis viajes. Además, Copito parece haber pasado un buen rato aquí. Nunca lo había visto tan animado.

Doña candelaria intervino:

—Mago, ¿le gustaría quedarse a almorzar? Tenemos frijoles, arroz, tortillas... y ahora también tenemos un conejo, aunque no es precisamente para comer.

El mago sonrió.

—Me encantaría, señora. Pero tengo que volver al circo. Solo vine por Copito. Pero le agradezco la invitación.

Tomó a Copito en sus brazos y se despidió.

—Fue un placer conocerlos. Y a usted, señor... —dijo mirando a Don Pancracio—. Le recomiendo que revise bien sus bolsas antes de salir del mercado. Nunca se sabe qué se puede encontrar dentro.

Y con un movimiento de capa, el Mago Misterioso se marchó con Copito en brazos.

Don Pancracio se quedó mirando la puerta cerrada, luego miró a Doña Loli, que no dejaba de reír.

—¿Ves, Pancracio? —dijo ella abrazándolo—. ¡Te dije que no te metieras en líos en el mercado! ¡Y terminaste trayendo a casa un conejo de mago!

—¡Fue sin querer! —repitió él, aunque ahora también se reía—. ¡Pero al menos el conejo estaba sano y salvo! ¡Y el mago no se enojó!

—Eso sí —dijo Doña candelaria —. Pero la próxima vez, revisa bien lo que compras. ¡Que la próxima vez te puede salir un elefante en lugar de tomates!

Don Pancracio se rio y le dio un beso en la frente.

—¡Vaya, Don Pancracio! —se dijo a sí mismo—. ¡Hasta en el mercado consigue líos! ¡Y con magos y todo!

Aquella tarde, almorzaron las verduras que Don Pancracio había comprado —que el mago había dejado en su bolsa, por supuesto— y Pablito, que llegó después de la escuela, escuchó la historia del conejo blanco y no paró de reírse durante horas.

—Abuelo, ¡tú sí que eres único! —dijo el niño—. ¡Nadie más traería un conejo de mago del mercado!

—Eso me dicen todos los días, mijo —respondió Don Pancracio con una sonrisa—. Eso me dicen todos los días.

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