Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23: La oferta de Santiago
El jueves Kael llegó al colegio con cara rara, no cara de enojado, cara de preocupado. En el recreo no comió y en clases no levantó la mano aunque sabía la respuesta. A las cuatro subimos a la azotea y me dijo que tenía que contarme algo y que no sabía cómo decirlo.
Me dijo que don Héctor le había dicho que lo habían llamado de un gimnasio grande de Santiago, que querían que fuera a entrenar allá dos semanas en agosto, con todo pagado, y que si le iba bien podía quedarse tres meses más para pelear en un campeonato más grande. Me dijo que era una oportunidad bacán, porque allá entrenaban los mejores y podía ganar más plata para su mamá y para su hermano.
Le dije que era bacán, que era lo que siempre había querido. Me dijo que sí, pero que era en Santiago y que quedaba lejos y que no iba a poder ir a la azotea y que no nos íbamos a ver por harto tiempo. Le pregunté cuánto tiempo. Me dijo que dos semanas primero, pero que si se quedaba eran tres meses más.
Me quedé callada y miré Conce con sol y sentí que se me apretaba el pecho, no de dolor, de pena. Le dije que se fuera, que tenía que ir, que era su sueño y que yo lo iba a esperar. Me dijo que no sabía si ir, porque su mamá no quería que se fuera solo y porque no quería dejar el colegio y porque no me quería dejar a mí.
Le dije que su mamá tenía razón en preocuparse, pero que era grande y que podía cuidarse solo. Le dije que yo también me preocupaba, pero que lo iba a extrañar harto. Me dijo que él también me iba a extrañar harto y que no sabía si iba a poder pelear bien si estaba pensando en volver.
Nos quedamos abrazados un rato largo, con su chaqueta grande y con el viento pegando en la azotea. Kael me dijo que don Héctor le había dicho que tenía que decidir antes del lunes. Le dije que pensara bien y que hablara con su mamá y que yo lo apoyaba en lo que decidiera.
Bajamos y don Luis nos vio con cara rara y nos preguntó qué pasaba. Le contamos lo de Santiago y don Luis se puso contento y triste a la vez y nos dijo que Kael tenía que ir, que era una oportunidad que no se daba dos veces y que la azotea iba a estar ahí cuando volviera.
En la parada nos despedimos y me dijo mañana a la misma hora y lo hablamos más. Le dije mañana a la misma hora.
Llegué a mi casa y mi mamá me notó callada y me preguntó qué pasaba. Le conté lo de Santiago y me dijo que era difícil, que entendía que me diera pena, pero que Kael tenía que pensar en su futuro y que yo también tenía que pensar en el mío. Le dije que sí, que sabía, pero que igual me daba pena.
Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno de cálculo. No taché nada, pero escribí: 1 de agosto, a Kael le ofrecieron ir a Santiago dos semanas y capaz tres meses. Y abajo escribí: quiero que vaya, pero lo voy a extrañar.
Guardé el cuaderno y me acosté pensando en Santiago, que quedaba lejos y que no conocía, y en la azotea que iba a estar vacía sin Kael.
Al otro día Kael me dijo que había hablado con su mamá toda la noche y que su mamá le había dicho que fuera, que ella se la arreglaba con su hermano y con la máquina y que él tenía que ir porque era su sueño. Me dijo que había decidido ir las dos semanas y ver cómo le iba y que después veía si se quedaba o no.
Le dije que me parecía bien y que lo iba a esperar y que le iba a guardar la azotea. Me dijo que me iba a mandar mensajes todos los días y que me iba a traer un llavero de Santiago, aunque fuera feo.
Nos abrazamos fuerte y nos quedamos mirando Conce y yo pensé que aunque se fuera dos semanas, la azotea seguía siendo nuestra y que eso no se iba a borrar por estar lejos.