Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 2
La niña no quiso esperar. El miedo a quedarse sola en esa casa vacía, rodeada por el fantasma del abandono de su tía, era mucho más grande que el miedo a lo desconocido. Se secó las últimas lágrimas con la manga de su uniforme, tragó grueso para tragarse el nudo de la garganta y agarró la pesada maleta de cuero con ambas manos. No miró atrás. Guiándose por las señas borrosas de la carta, comenzó a caminar. Las calles de la ciudad le parecían gigantescas y ruidosas, llenas de extraños que pasaban de largo sin notar su presencia. Caminó durante horas, arrastrando sus pequeños pasos, hasta que finalmente llegó a la dirección indicada.
Era un edificio viejo, con paredes gastadas por el tiempo y una fachada que reflejaba la dureza del barrio. Con las piernas cansadísimas por la larga caminata y los brazos entumecidos por una maleta que parecía pesarle más con cada metro recorrido, la pequeña cruzó el umbral y comenzó a subir las escaleras de piedra. El aire allí adentro se sentía pesado. Respiraba con dificultad, el pecho le subía y bajaba por el esfuerzo, pero la esperanza de encontrar un refugio y los brazos de su padre la empujaba hacia arriba, escalón por escalón.
Al llegar a uno de los descansos del segundo piso, el sonido de una puerta abriéndose rompió el silencio. Un hombre alto comenzó a bajar las escaleras de prisa, con la mente en otra parte. Iba saliendo de su apartamento. En ese estrecho pasillo, ambos se encontraron cara a cara.
La pequeña, con el corazón dándole un vuelco y los ojos iluminados por una emoción contenida que ya no podía ocultar, se detuvo en seco. Soltó la maleta por un momento, dejando que golpeara el suelo con un sonido sordo, y le preguntó con la voz más dulce del mundo:
—¿Tú eres Borans?
El hombre se detuvo a mitad del escalón, mirándola con profunda confusión. Tenía una expresión cansada, el rostro tenso y la mirada de quien vive siempre a la defensiva.
—No, pequeña... Yo me llamo Ogur —respondió él, frunciendo el ceño mientras la examinaba de arriba abajo—. ¿Qué haces aquí sola con ese equipaje?
La sonrisa de la niña se desvaneció un poco, sintiendo un leve pinchazo de decepción, pero no perdió la fe.
—¿Pero Borans Goctur vive aquí? —insistió, dando un paso al frente y apretando la carta arrugada contra su pecho como si fuera su tesoro más valioso.
—Sí, él vive aquí —dijo Ogur, cruzándose de brazos y apoyándose contra el pasamanos de metal—. Pero dime, ¿quién eres tú y para qué lo estás buscando con tanta urgencia?
La niña tomó aire, llenando sus pequeños pulmones de valor. Miró el suelo gris por un segundo, ordenando sus pensamientos, y luego lo miró fijamente a los ojos con toda la seriedad y madurez que pudo reunir:
—Él es mi papá.
Ogur se quedó en completo shock. La palabra "papá" resonó en las escaleras vacías como un eco ensordecedor que congeló el ambiente. Abrió la boca para hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta; se quedó completamente helado, mirando alternadamente la mirada limpia de la pequeña y la vieja maleta que traía consigo. Un sudor frío le recorrió la frente y las manos le empezaron a temblar ligeramente. No sabía qué hacer, ni qué decir, ni cómo reaccionar ante semejante confesión. ¿Cómo le explicaba a esa niña de mirada dulce e inocente que acababan de detener a Borans por robo? ¿Cómo tenía el valor de decirle que la policía se lo había llevado esposado en una patrulla hacía apenas unas horas porque, lamentablemente, el crimen era a lo que ambos se dedicaban para sobrevivir?