Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 14. La Puerta Sin Marco
El viaje a Salmor comenzó con una discusión.
Lo sorprendente era que no trataba sobre capas.
Ni sobre conspiraciones.
Ni siquiera sobre magia ancestral.
Trataba sobre quién debía ir montado delante de Fulgor.
—Yo debería ir delante.
—No.
—Conozco mejor al dragón.
—Precisamente por eso no.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene muchísimo sentido.
Damián cruzó los brazos mientras Celeste ajustaba las correas de viaje sobre el lomo del dragón.
Fulgor observaba la discusión con evidente satisfacción.
Le encantaba cuando los humanos discutían sobre cosas relacionadas con él.
—¿Por qué sonríe?
—Porque cree que está ganando algo —respondió Basilio.
—¿Está ganando algo?
—Probablemente no.
—Entonces ¿por qué parece tan feliz?
—Porque es un dragón.
Aquella explicación resultó inquietantemente razonable.
Finalmente partieron al amanecer.
Esta vez el vuelo fue ligeramente menos traumático.
Solo ligeramente.
Damián seguía convencido de que la gravedad le guardaba rencor personal.
Cuando aterrizaron cerca de Salmor, necesitó varios minutos antes de volver a confiar en sus piernas.
—Lo hice.
—Sí —dijo Celeste.
—He sobrevivido.
—Técnicamente.
—Aceptaré el técnicamente.
Ante ellos se alzaba la antigua fortaleza.
Salmor era diferente a cualquier otro lugar que hubieran visitado.
No tenía espejos.
Ni estanques.
Ni superficies brillantes.
Incluso las ventanas estaban construidas con un cristal opaco.
Como si alguien hubiera intentado eliminar cualquier posibilidad de reflejo.
—Eso es inquietante.
—Mucho —admitió Elena.
—Empiezo a pensar que los antiguos constructores tenían problemas de confianza.
—Considerando que luchaban contra la Corte del Espejo, parece razonable —dijo Basilio.
Nadie pudo discutirlo.
Las enormes puertas de la fortaleza se abrieron cuando se acercaron.
No había guardias.
No había soldados.
No había nadie.
Solo silencio.
Y eso preocupaba a Damián más que cualquier ejército.
La primera sala estaba vacía.
La segunda también.
La tercera contenía exactamente una silla.
—No me gusta esa silla.
—Es una silla —dijo Celeste.
—Las sillas aisladas siempre son sospechosas.
—Has desarrollado teorías muy extrañas.
—Y casi siempre tengo razón.
Continuaron avanzando.
Las paredes estaban cubiertas por símbolos antiguos.
Algunas runas brillaban débilmente.
Otras parecían haberse apagado siglos atrás.
Finalmente llegaron a una puerta circular de piedra negra.
No tenía cerradura.
No tenía manija.
No tenía marco.
Simplemente estaba allí.
Como una herida abierta en la realidad.
Elena fue la primera en verla.
—Es esa.
Todos quedaron inmóviles.
La Puerta Sin Marco.
Durante unos segundos nadie se acercó.
Era difícil explicar por qué.
El lugar producía una sensación extraña.
Como si estuviera observándolos.
Esperándolos.
—Odio cuando las profecías resultan ser reales.
—Tú nunca crees en ellas —dijo Celeste.
—Porque normalmente empeoran mi vida.
—Eso es justo.
La puerta reaccionó.
Una luz blanca recorrió su superficie.
Luego aparecieron tres símbolos.
Una sombra.
Una estrella.
Y una flor.
Los mismos que habían visto en el mapa.
—Excelente —murmuró Damián.
—¿Qué ocurre?
—Creo que acaba de reconocernos.
—Eso tampoco me gusta.
La piedra comenzó a abrirse lentamente.
Sin ruido.
Sin mecanismos.
Sin esfuerzo.
Simplemente se apartó.
Como si siempre hubiera sabido que llegarían.
Más allá esperaba una enorme sala circular.
Y en el centro había un cristal.
Un cristal gigantesco.
Suspendido en el aire.
(todas las imágenes son creadas por IA)
Dentro de él estaba Isolde Umbra.
El mundo pareció detenerse.
Elena dejó escapar un pequeño sonido.
Damián se quedó inmóvil.
Su madre parecía dormida.
Intacta.
Sin heridas.
Sin cambios.
Como si el tiempo hubiera decidido olvidarla.
—Madre...
La voz de Elena apenas fue un susurro.
Por primera vez desde que había sido liberada parecía completamente vulnerable.
Damián dio un paso adelante.
Después otro.
Y otro más.
Hasta quedar frente al cristal.
—Está viva.
—Sí —respondió Celeste suavemente.
—Puedo sentirlo.
Las manos de Damián tocaron la superficie.
El cristal estaba cálido.
Y entonces algo ocurrió.
La sala tembló.
La luz cambió.
Y una voz antigua llenó el lugar.
—Una llave debe permanecer.
Silencio.
Todos se pusieron tensos.
La voz continuó.
—La puerta exige equilibrio.
—Por supuesto que sí —murmuró Damián.
—La vida por la vida.
La luz alrededor del cristal se volvió más intensa.
Detrás de él apareció una enorme abertura blanca.
La verdadera Puerta Sin Marco.
No era una puerta.
Era un espacio imposible.
Un vacío brillante.
Algo que no pertenecía al mundo.
Y al otro lado se movían sombras.
Miles de ellas.
Observando.
Esperando.
—No me gusta absolutamente nada esto —dijo Basilio.
—Tu capacidad de observación es admirable.
La voz volvió a resonar.
—Una llave debe quedar.
Elena comprendió antes que nadie.
—Quiere un sacrificio.
Celeste apretó la mandíbula.
—No.
—Sí.
—No.
—La magia antigua suele funcionar así.
—Pues hoy va a decepcionarse.
Damián avanzó.
Las sombras comenzaron a reunirse alrededor de él.
—No voy a dejar aquí a nadie.
La voz no respondió.
Simplemente esperó.
Como si escuchara aquello todos los siglos.
Entonces Elena observó algo.
Una marca.
Oculta bajo la luz.
Tallada en la base del cristal.
Una flor negra.
La misma flor de Isolde.
—Espera.
Todos se volvieron.
—¿Qué ocurre?
—Miren esto.
La inscripción comenzó a brillar.
Y por primera vez la voz titubeó.
Solo un instante.
Pero bastó.
Damián comprendió.
—No necesita una víctima.
Celeste levantó la vista.
—¿Qué?
—La puerta ya tiene una llave.
Los ojos de Elena se abrieron.
—Madre.
La flor negra brilló con intensidad.
El cristal respondió.
Y algo cambió.
Durante siglos la magia había interpretado a Isolde como un precio.
Como una cerradura.
Como un componente del mecanismo.
Pero la marca revelaba otra verdad.
Ella también era una voluntad.
Una de las llaves originales.
La puerta no necesitaba quedarse con alguien más.
Necesitaba que Isolde eligiera.
El silencio llenó la sala.
Entonces, muy lentamente, los ojos de Isolde se abrieron.
Elena dejó de respirar.
Damián tampoco se movió.
La mujer observó a sus hijos.
Después observó la puerta.
Y finalmente sonrió.
—Elijo volver.
La luz explotó.
El cristal comenzó a agrietarse.
Primero una línea.
Luego diez.
Luego cien.
Y finalmente se rompió.
Miles de fragmentos luminosos llenaron el aire.
Damián y Elena alcanzaron a sostener a Isolde antes de que cayera.
Por un instante nadie habló.
No hacía falta.
Aquello era real.
Imposiblemente real.
Su madre había vuelto.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Elena.
Damián simplemente sujetó a Isolde con fuerza.
Como si temiera que desapareciera otra vez.
Y durante unos segundos el mundo pareció perfecto.
Duró exactamente tres segundos.
Porque la Puerta Sin Marco todavía seguía abierta.
Y algo los observaba desde el otro lado.
Damián levantó la vista.
Entre la luz distinguió una figura.
Su reflejo blanco.
Completo.
Esperándolo.
La figura no habló.
No atacó.
No sonrió.
Simplemente observó.
Y por primera vez Damián sintió algo extraño.
No odio.
No miedo.
Pena.
La visión desapareció cuando la puerta comenzó a cerrarse.
Poco a poco.
Hasta desaparecer por completo.
El silencio regresó a la sala.
Todos respiraron aliviados.
Todos excepto Basilio.
—No quiero arruinar el momento.
—Entonces no lo hagas —dijo Damián.
—Pero tenemos un problema.
—Claro que sí.
—¿Por qué siempre dices eso?
—Porque siempre tienes razón.
Una nueva voz resonó detrás de ellos.
Más profunda.
Más antigua.
Mucho más preocupante.
—La deuda sigue pendiente.
El grupo se giró lentamente.
Y en el extremo opuesto de la sala apareció una figura cubierta por grietas doradas.
La misma presencia que había emergido del tesoro real.
La Primera Promesa.
Había venido a cobrar.
Y esta vez, sospechó Damián, no se conformaría con una confesión.