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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

NovelToon tiene autorización de marig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Las reglas

Esa última semana de febrero pasó volando, diluyéndose entre los dedos como la arena seca de la barda, pero la tensión subterránea que Milena había sembrado con tanta malicia en la vereda del barrio se quedó flotando entre los tres como una nube pesada, gris y asfixiante. Bruno había estado notablemente más silencioso, hosco y distante que de costumbre, esquivando los encuentros casuales en la plaza; y Camila, aunque intentaba con todas sus fuerzas mantener su alegría radiante y esa energía desbordante de siempre, sentía en el fondo de su pecho que algo sagrado e invisible se había trizado en la confianza ciega que se habían tenido desde la infancia. El aire ya no era el mismo; las palabras ahora se medían y las miradas se contenían.

El lunes del debut escolar llegó finalmente, y lo hizo acompañado por un frío de golpe, un viento patagónico madrugador que se coló por las rendijas de las casas y obligó a todos los estudiantes de la ciudad a estrenar apuradamente las camperas nuevas de la escuela secundaria. Camila se paró frente al espejo de su habitación, acomodándose las tiras de la mochila sobre los hombros mientras contenía la respiración. La campera azul oscuro, rígida y con el logo bordado del Colegio Comercial en el pecho, le daba un aire maduro, más de chica grande, que la hacía sentir extraña ante su propio reflejo. El corazón le iba a mil por hora, golpeándole las costillas con una mezcla indomable de entusiasmo puro y un pánico lógico ante lo desconocido.

Cuando Camila salió a la vereda y llegó a la esquina de siempre, Bruno ya estaba ahí esperándola, puntual como un reloj. Llevaba las dos manos metidas bien en el fondo de los bolsillos de su campera azul de gimnasia, con la capucha puesta sobre la cabeza para protegerse del viento y la mirada fija, perdida en el suelo de cemento, pateando distraídamente una tapita oxidada de gaseosa contra el cordón. Se lo veía imponente, alto y robusto para sus catorce años, portando con total naturalidad esa postura hermética de chico rudo y distante que utilizaba como un escudo perfecto para que nadie se le acercara demasiado. Pero cuando el eco de los pasos apurados de Camila resonó en el asfalto, Bruno levantó los ojos oscuros de inmediato y la recorrió entera con la mirada. En sus pupilas se alcanzó a notar un brillo rápido, un alivio sutil, casi desesperado, de verla llegar sana y salva a su lado, como si ella fuera el único puerto seguro en medio de la tormenta que se les venía encima.

—Qué facha, Brunito —le dijo Camila con una sonrisa compradora y fresca, estirando los labios en un intento honesto por romper el hielo espeso que se había acumulado durante los últimos días—. ¿Nos queda pintado el azul del Comercial, viste?

—A vos todo te queda bien, Cami —murmuró Bruno casi para sí mismo, con una voz ronca y automática, dejándose llevar por la absoluta honestidad de lo que sentía antes de poder procesarlo. Apenas las palabras salieron de su boca, el chico se mordió el labio inferior con fuerza y desvió la mirada hacia las copas de los árboles, horrorizado al notar que se le había escapado un fragmento de su secreto mejor guardado. El color rojo se le subió a las mejillas enseguida, quemándole la piel bajo el frío de la mañana.

Camila se quedó helada en su lugar, con el corazón dándole un vuelco violento en el pecho. No estaba para nada acostumbrada a que Bruno fuera tan directo, tan desarmadamente tierno y explícito con ella; siempre se habían manejado en el código de las chicanas y los juegos rústicos del barrio. Iba a decirle algo, a dar un paso hacia él para acortar la distancia, pero el sonido rítmico y seco del taconeo de unas botas con plataforma sobre la vereda rota las interrumpió abruptamente, rompiendo la magia del instante.

—¡Hola, chicos! Buen día —apareció Milena desde la esquina, luciendo impecable como de costumbre. Llevaba la campera azul del colegio entallada a la perfección a su cintura, el pelo peinado sin un solo mechón fuera de lugar y una sonrisa radiante que, sin embargo, parecía rígidamente ensayada frente al espejo—. Qué puntuales que están hoy. Vamos yendo rápido que no quiero que nos toque formados allá atrás en el patio, que no se ve nada.

Caminaron las largas cuadras en dirección al colegio con Milena adueñándose por completo de la situación, hablando sin parar un solo segundo de las referencias de los profesores, de las materias nuevas como Contabilidad y de qué chicos del otro barrio, de la zona del bajo, se habían anotado en el mismo turno y curso que ellas. Con una habilidad social quirúrgica, Milena se posicionó justo en el medio de los dos, agarrando firmemente a Camila del brazo con familiaridad y dejando a Bruno un paso más atrás, relegado a caminar sobre el borde de la vereda, convertido en la sombra silenciosa del grupo. Bruno se percató perfectamente de la movida estratégica de Milena; sintió cómo la mandíbula se le tensaba por la bronca y cómo los puños se le apretaban dentro de la tela de la campera, pero se tragó el orgullo y prefirió guardarse el reproche para no generar otra escena frente a Camila.

Al llegar a las puertas del Colegio Comercial, el patio principal era un verdadero hervidero, un mar caótico de caras desconocidas, camperas azules idénticas y un griterío adolescente que aturdía los oídos. De repente, sonó el timbre general: un sonido sordo, metálico y estridente que vibró en las paredes del edificio, marcando el inicio oficial de una nueva etapa en sus vidas.

—¡Primer año división A, formen por acá! —gritó un preceptor con voz potente desde las escaleras, levantando una planilla.

Milena, sin perder un instante, tiró con fuerza del brazo de Camila hacia adelante, apurándola entre la multitud y arrastrándola con ella.

—¡Vamos, Cami, movete! ¡Que allá adelante están formados los chicos del club de tenis y quiero que nos vean!

Camila se dejó llevar involuntariamente por la marea humana de alumnos que empujaban por ganar un lugar, pero antes de avanzar hacia las primeras filas, giró la cabeza con desesperación hacia atrás, buscando con la mirada el refugio de su amigo. Bruno se había quedado completamente estancado, inmóvil al fondo de la fila de los varones. Se lo veía alto, notablemente reservado, parado como una torre de desconfianza con la mirada clavada fijamente en ella. Sus ojos oscuros y pardos reflejaban en ese instante una mezcla dolorosa de soledad, abandono y una advertencia silenciosa que Camila no alcanzó a descifrar. Bruno sentía, con una certeza desgarradora en las entrañas, que el control del barrio se le estaba escapando de las manos entre la multitud y que el universo de Camila se estaba volviendo, en cuestión de segundos, demasiado grande, ruidoso y peligroso para alguien tan cerrado como él.

Las pesadas puertas de madera del aula de primer año se abrieron de par en par ante ellos, y con ese simple movimiento, comenzó formalmente el principio del drama que cambiaría sus vidas, sus afectos y sus lealtades para siempre.

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