Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...
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Cuando el fuego despertó.
Cuando el fuego despertó.
El primer destello de luz grisácea se colaba entre las rendijas de unas persianas que Valentina no reconocía, y con él llegó una sensación extraña, como si el aire mismo tuviera otro peso, otra textura. Parpadeó varias veces, tratando de orientarse, pero su mente aún flotaba en esa bruma pesada del sueño interrumpido. Instintivamente, su mano derecha buscó a tientas el interruptor de la lámpara de su mesilla, pero solo encontró una superficie lisa y fría, nada parecido a la madera desconocida de su velador.
El pánico comenzó a brotarle en el pecho cuando una mano cálida y pesada se posó sobre su cadera, apretándola con una familiaridad que la heló y la encendió a la vez. Entonces llegó la voz, grave, ronca, como si hubiera dormido con piedras en la garganta, y dijo en ese idioma que solo él usaba con ella: Malyshka… ¿qué deseas?. Valentina sintió que el corazón se le desbocaba, no por miedo, sino por esa mezcla de vergüenza y deseo que odiaba admitir. No puedo encender la luz, no estoy en mi casa, murmuró con la voz quebrada, y añadió con un tono de reproche infantil: Odio despertar en casa ajena…. Él soltó una risa grave, como un retumbo que venía de lo más profundo, y al mismo tiempo dio dos palmadas secas. La habitación se inundó de una luz cálida y dorada que reveló techos altos, paredes de vidrio y un mobiliario minimalista que parecía sacado de una revista de arquitectura. Valentina parpadeó, aturdida, mientras su mirada recorría el penthouse que se extendía ante ella: una cama enorme, una chimenea apagada, y más allá, la ciudad despertando a sus pies como un hormiguero de luces tenues.
Te dormiste en el coche dijo él, incorporándose apenas sobre un codo y mirándola con esos ojos oscuros que siempre la desarmaban. Mi penthouse está a cinco minutos del antro, tu apartamento a cuarenta con tráfico. Fui práctico, cariño, no malintencionado. Ella apretó las sábanas contra su pecho, aún sin comprender cómo había pasado de la pista de baile a aquella cama de sábanas de hilo, pero antes de que pudiera formular una réplica, él se inclinó y la besó. No fue un beso tímido ni de buenos días; fue una embestida suave pero firme, con sabor a whisky y a menta, como si hubiera planeado ese momento desde que la vio bailar. Valentina sintió que el calor le subía por el cuello y, con un esfuerzo que le costó más de lo que quería admitir, apartó el rostro. Tranquilo… necesito asearme. No me gusta amanecer con un hombre encima queriendo sexo cuando ni siquiera me he cepillado los dientes, dijo con un tono que pretendía ser severo pero que terminó en un susurro tembloroso.
Él sonrió con esa media luna de satisfacción que tanto la irritaba y, en un movimiento rápido y felino, la enlazó por la cintura y la hizo rodar sobre él, quedando ella a horcajadas y él con las manos firmes en sus caderas. Los dientes pueden esperar, murmuró antes de volver a atrapar sus labios con una hambre que ya no era un pedido, sino una toma de posesión. Fue un beso que desdibujó las fronteras, que borró el pudor y la razón; sus cuerpos se encontraron en un lenguaje anterior a las palabras, y el roce de su piel contra la de él encendió una chispa que pronto se hizo incendio. Ya no había mundo fuera de esa habitación, ni relojes, ni compromisos; solo el ritmo acelerado de dos corazones que latían al unísono, la humedad de los labios entreabiertos y la certeza de que aquello, aunque prohibido, era inevitable.
Eran exactamente las nueve de la mañana cuando el teléfono de Alexander irrumpió en la burbuja de cristal con un timbre metálico y cortante, como un latigazo en medio del silencio cómplice. Él soltó un gruñido de frustración, pero su mano buscó el dispositivo sobre la mesita de noche mientras Valentina, aún agitada y con la piel encendida, se apartaba apenas para recuperar el aliento. La pantalla mostraba el nombre de Pkhan, y Alexander supo de inmediato que aquella llamada no era para desearle buenos días. Deslizó el dedo con una rapidez que delataba años de reflejos entrenados.
Dime, ordenó sin preámbulos, su voz recuperando de golpe ese tono de acero que Valentina rara vez escuchaba. Del otro lado, la voz grave y pausada de Pkhan sonó con la calma de quien anuncia una tormenta: Lamento interrumpir tu… descanso, pero hay novedades sobre nuestro nuevo enemigo. El cargamento que perdimos en el puerto no fue un robo común; fue una declaración. Y he recibido noticias de que mañana harán otro movimiento, más audaz. Si no respondemos ya, nos comerán vivos. Alexander pasó una mano por su rostro, y por un instante sus ojos se encontraron con los de Valentina, que observaba confundida desde la cama, con las sábanas aún arrugadas alrededor de sus piernas. ¿Qué tienes en mente?, preguntó él y Pkhan respondió con una frase que heló el aire de la habitación: Pagar con la misma moneda. Les daremos su propia medicina, pero esta vez con una dosis que no olviden. Reúne a los nuestros, tenemos una reunión en dos horas. La llamada terminó sin despedidas. Alexander dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó unos segundos en silencio, mirando el horizonte de la ciudad que ya bullía de actividad. Luego giró hacia Valentina y, con una mezcla de ternura y determinación, le rozó la mejilla. Vístete, dijo en voz baja, pero firme. Esto no ha terminado, pero tengo que irme. Volveré por ti, aunque no sé cuándo. Valentina sintió un nudo en la garganta, porque en sus ojos ya no estaba el hombre que la besaba con hambre minutos atrás, sino el estratega, el que nunca dejaba nada al azar. Y supo, con esa intuición que a veces duele más que una certeza, que aquel amor prohibido acababa de cruzarse con un peligro aún más oscuro.