In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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Mensajes en la distancia y miradas del ayer
El silencio que se apoderó del claro del bosque era tan espeso que podía escuchar el crujido de las agujas de pino bajo mis zapatos. La cámara fotográfica, que un segundo antes parecía pesar una tonelada en mis manos, quedó completamente olvidada, colgando de mi cuello. Toda mi existencia se había reducido a un solo punto: el hombre que estaba de pie a menos de dos metros de mí.
—Min-Woo... —mi voz brotó como un susurro ahogado, casi devorada por el rumor del viento marino.
Él dio un paso más, rompiendo la distancia de seguridad. Al verlo de cerca, el impacto fue abrumador. El niño de trece años del campamento se había convertido en un hombre de veintitrés, de presencia imponente y hombros anchos bajo una chaqueta de mezclilla. Su piel morena conservaba ese brillo saludable de la gente de la costa, pero lo que me paralizó por completo fueron sus ojos cafés. Seguían siendo los mismos, profundos y fijos en mí. Mi corazón comenzó a latir a mil por hora, en una carrera desbocada que me costaba respirar. Sin embargo, no era solo por la emoción del reencuentro. Había algo más. Algo oscuro y punzante que se retorcía en mi pecho: la desconfianza.
—No puedo creerlo. Realmente eres tú, In-Oh —dijo Min-Woo, y una sonrisa lenta iluminó su rostro. Se llevó una mano a la nuca, un gesto que delataba una pizca de timidez—. Cuando te vi caminar por el sendero, pensé que estaba alucinando. Has cambiado... estás muy hermosa.
En lugar de sonreír o sonrojarme como lo habría hecho cualquier chica, sentí que una extraña lejanía congelaba mis facciones. Mi personalidad siempre había sido así desde aquel verano: reservada, analítica y con una tendencia casi automática a levantar muros invisibles en mi mente cuando me sentía vulnerable. Miré a Min-Woo con timidez, pero también con una distancia evidente, incapaz de entregarle una calidez que ya no sentía segura.
Porque detrás de esa sonrisa perfecta del hombre de veintitrés años, yo todavía podía ver la sombra del niño que me había roto el corazón a los doce.
Poco después de aquel campamento que tanto me había marcado, Min-Woo simplemente se fue. Un día desapareció del mapa sin decir una sola palabra. No hubo una despedida, no hubo una explicación. Durante un año entero, una In-Oh de apenas doce años pasó noches llorando frente a la pantalla de su teléfono, intentando contactarlo por redes sociales, llamando a un número que siempre daba tono de apagado, enviando mensajes que jamás obtuvieron respuesta. Su silencio absoluto derrumbó mi pequeño mundo infantil. Pasé meses preguntándome qué había hecho mal, por qué mi primer amor me había desechado de esa manera tan cruel. Esa experiencia fue la que moldeó mis defensas; me enseñó a no confiar en las promesas bonitas y a mirar a las personas con cautela.
—Tú también has cambiado mucho, Min-Woo —logré decir. Mi voz sonó extrañamente distante, formal, como si estuviéramos hablando de negocios y no de nuestras vidas.
Él pareció notar mi rigidez, y la alegría de sus ojos disminuyó un poco, reemplazada por un destello de culpa.
—Bueno, el tiempo pasa para todos. Escuché lo de tu tío Min-Ho hace unos años... lo lamento mucho, In-Oh. Sé lo unidos que eran.
—Gracias —respondí escuetamente. No sabía si hablar con él era lo correcto. Una parte de mí quería gritarle y exigirle las respuestas que me debía desde hacía una década; otra parte, la más racional y protectora de mi personalidad, me ordenaba dar la vuelta y huir antes de volver a salir herida. Él ya había desaparecido una vez de mi vida con total facilidad. ¿Quién me aseguraba que no lo haría de nuevo?
Justo cuando el ambiente se volvía asfixiante, el grupo de jóvenes con el que Min-Woo estaba compartiendo comenzó a llamarlo desde los troncos, bromeando y rompiendo la tensión. Min-Woo giró la cabeza y les hizo una seña para que se callaran, notablemente incómodo.
—Parece que tus amigos te esperan —comenté, dando un sutil paso hacia atrás, marcando mi territorio.
—Son solo unos conocidos de la zona. Escúchame, In-Oh... —él se volvió hacia mí, y la intensidad de su mirada regresó, casi suplicante—. No quiero que nos volvamos a perder la pista. ¿Vas a estar muchos días en el pueblo?
—Sí, vine a pasar las vacaciones con mis abuelitos. Estaré aquí un par de semanas.
—Perfecto. Entonces... —Min-Woo sacó su teléfono del bolsillo y me lo extendió—. Dame tu número. Esta vez no dejaré que las cosas terminen así. Déjame explicarte lo que pasó.
Miré el aparato en su mano. Mi mente me gritaba que dijera que no, que protegiera mi paz mental. Pero ver la urgencia en sus ojos cafés tocó una fibra sensible. Anoté mi número con dedos rápidos y fríos, sin mirarlo a los ojos.
—Te escribiré esta noche —prometió él, guardando el aparato con un alivio evidente—. Cuídate en el camino, In-Oh.
Asentí rígidamente y retomé el sendero. No iba pisando nubes; iba pisando cristales rotos. El regreso de Min-Woo era una amenaza para la estabilidad que tanto me había costado construir.
Al entrar en mi habitación en la casa de mis abuelos, la culpa me golpeó con la fuerza de un camión en cuanto vi la pantalla de mi teléfono. Había una notificación de Seo-Jun.
Seo-Jun: ¡Qué fotos tan increíbles, In-Oh! Ese bosque se ve hermoso, pero ten cuidado de no perderte por andar distraída. Aquí en la ciudad el clima está horrible y la oficina es un caos. Ya te extraño. Avísame cuando estés cenando.
Apreté el teléfono contra mi pecho. Seo-Jun. Él era todo lo contrario a Min-Woo. Seo-Jun era la constancia, la seguridad absoluta, el chico que durante siete años jamás se había ido, el que ponía mis necesidades antes que las suyas a pesar de sus propios problemas amorosos. La calidez de sus ojos verdes era un refugio real, no un fantasma del pasado. Y ahora, él estaba esperando al otro lado de la línea, a punto de hacerme una confesión que cambiaría nuestra amistad para siempre al regresar.
Mi personalidad cautelosa me empujaba hacia Seo-Jun, hacia lo seguro, hacia el hombre que conocía de memoria. Pero mi corazón herido seguía latiendo desbocado por el fantasma que acababa de reaparecer en el bosque.
Con un suspiro pesado, le respondí a mi mejor amigo tratando de ocultar el temblor de mis manos a través de la pantalla:
In-Oh: No me voy a perder, Seo-Jun. Siento mucho lo de la oficina, ¡ya casi te tocan tus vacaciones! Yo también te extraño. Voy a bajar a cenar con mi abuela ahora, te escribo más tarde.
Dejé el teléfono y bajé a cenar. El guiso casero de mi abuela y el calor familiar me ayudaron a volver a la tierra, pero me mantuve silenciosa, perdida en mis propios muros protectores. Al subir de nuevo a mi habitación, me deslicé bajo las sábanas buscando la seguridad de la oscuridad.
Justo cuando pensaba que la noche terminaría en paz, el teléfono vibró, sobresaltándome. Era un número desconocido.
Número Desconocido: Hola, In-Oh. Soy Min-Woo. Sé que tienes motivos para estar enojada conmigo y desconfiar, y lo entiendo perfectamente. Pero el destino nos dio una oportunidad hoy. ¿Me dejarías llevarte a caminar por la playa mañana? Solo quiero hablar contigo.
Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad. El pasado exigía una oportunidad para remendar los errores, desafiando la desconfianza que gobernaba mi vida. Y en la barra superior, el mensaje de Seo-Jun seguía brillando, recordándome que el presente también estaba esperando una respuesta. Estaba atrapada en medio de dos tormentas, y por primera vez en diez años, mis muros no parecían ser lo suficientemente altos.