Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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Verdades junto al fuego
La noche había caído sobre Kilop.
Las calles de la ciudad seguían tan miserables como siempre. Desde las ventanas del refugio podían verse las luces de los enormes edificios donde vivían los ricos, brillando como estrellas artificiales sobre un mar de oscuridad y pobreza.
Cuando el grupo cruzó la puerta principal, el cansancio de la batalla comenzó a hacerse sentir.
Kael estiró los hombros.
—Creo que voy a descansar un poco.
Adrián asintió.
—Yo también.
Ambos intercambiaron una mirada rápida. Era evidente que sabían que Arlen y Ailén necesitaban hablar.
Sin decir más, se alejaron por el pasillo.
Luna observó a Ailén unos segundos.
Luego a Arlen.
Y volvió a mirar a Ailén.
—Bueno... yo también debería...
Pero no parecía tener ninguna intención de moverse.
Dorian soltó una carcajada.
—Vamos, Luna.
—¿Por qué?
—Porque hay conversaciones que necesitan privacidad.
—Pero...
—Nada de peros.
Luna cruzó los brazos y puso una expresión de evidente disgusto.
—No quería dormir todavía.
—Claro que no.
Dorian sonrió.
—Por eso mismo te llevo.
Ella le lanzó una mirada asesina.
—Te odio.
—No es cierto.
—Un poco sí.
Dorian soltó otra carcajada mientras prácticamente la arrastraba por el pasillo.
—Buenas noches.
—¡Dorian!
La puerta se cerró.
Por primera vez en mucho tiempo, Arlen y Ailén quedaron solos.
El silencio duró unos segundos.
Arlen se acercó a una pequeña cocina improvisada.
—¿Quieres café?
Ailén pareció sorprendida.
—Sí.
Minutos después ambos estaban sentados frente a frente.
El aroma del café llenaba la habitación.
Arlen observó la taza unos instantes.
Luego levantó la vista.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Ailén suspiró.
Sabía que esa pregunta llegaría.
—Después de que todo se arruinó en Milter me hicieron una especie de juicio.
Arlen frunció el ceño.
—¿Juicio?
—No creían en mi lealtad hacia Azrakel.
La joven tomó un pequeño sorbo de café.
—Decían que había fallado demasiadas veces.
—¿Y qué pasó?
—Héctor intervino.
El nombre llamó inmediatamente la atención de Arlen.
—¿Qué hizo?
—Dijo que podía recuperar la confianza de todos... que debía renovar mi fe.
Ailén bajó la mirada.
—Me envió a Kilop.
Arlen apoyó la espalda en la silla.
—Bueno... eso parece un castigo bastante obvio.
Ella asintió.
—Kilop es conocida como una ciudad olvidada por Dios. Aquí envían a quienes consideran inútiles o problemáticos.
—Eso es bastante evidente.
Arlen señaló una de las ventanas.
—Aquí sólo hay hambre y desolación.
Su voz se endureció.
—La gente sobrevive como puede mientras unos pocos juegan a ser dueños de la ciudad.
Recordó los enormes vehículos que había visto aquella tarde.
—Viven rodeados de lujos mientras la mayoría apenas puede comer.
Ailén sonrió levemente.
—¿Me dejarías terminar?
Arlen levantó las manos.
—Continúa.
—Héctor me ofreció un trato.
La sonrisa desapareció.
—Si volvía a demostrar mi lealtad me daría libertad.
Arlen repitió la palabra inmediatamente.
—¿Libertad?
—Sí.
Ailén lo miró fijamente.
—Si no quieres morir en una ciudad como Milter tienes que convertirte en seguidor.
—¿Tan simple?
—Tan simple.
Guardó silencio unos segundos.
—Como nací con el don de la velocidad podía serles útil.
Su mirada se volvió amarga.
—O podía serlo.
—¿Qué significa eso?
—Que ahora vendrán por mí.
Luego observó a todos los rincones del refugio.
—Y por todos nosotros.
El ambiente se volvió más pesado.
Arlen permaneció pensativo.
—Yo creía que Azrakel era bueno.
Ailén negó lentamente.
—No lo conozco.
—¿Entonces?
—Pero conozco a sus seguidores.
Su voz se volvió fría.
—Y son sanguinarios.
Arlen permaneció en silencio.
—Muchos están ahí sólo porque quieren ganar su libertad.
—¿Y cómo descubriste tu don?
La pregunta pareció tomarla por sorpresa.
—Simplemente apareció.
—¿Así sin más?
—Un día corría y era más rápida que todos.
Sonrió.
—Después seguí mejorando.
Arlen bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Yo no sé cuál es mi don.
Ailén lo observó extrañada.
—¿Cómo que no?
—No lo sé.
Ella apoyó la taza.
—Normalmente quienes poseen un don sienten que hay algo que pueden hacer mejor que nadie.
Comenzó a enumerar.
—Velocidad. Vuelo. Curación. Fuerza. Convencimiento. Liderazgo. Combate.
—¿Y si uno siente que puede hacer cualquier cosa?
Ailén parpadeó.
—¿Qué?
—Siento que si pienso lo suficiente en algo puedo lograrlo.
El silencio fue inmediato.
La expresión de Ailén cambió.
—Eso...
—¿Qué?
—Héctor dijo algo parecido una vez.
Arlen se inclinó hacia adelante.
—¿Qué dijo?
—Que Azrakel pensaba de esa manera.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, Arlen sintió un escalofrío.
—Explícate.
—Decía que Azrakel no tenía un talento específico.
—¿Entonces?
—Creía que podía dominar cualquier cosa que se propusiera.
Arlen la observó sin decir una palabra.
Las preguntas comenzaron a acumularse en su mente.
Finalmente habló.
—¿Quién es realmente Héctor?
Ailén respiró profundamente.
—Es un general.
—Eso ya lo sé.
—No.
Ella negó con la cabeza.
—Es mucho más que eso.
Su mirada se volvió seria.
—Fue apartado de sus funciones por intentar ocupar el trono.
—¿Intentó convertirse en rey?
—Sí.
—¿Y sigue vivo?
—Porque Azrakel lo conoce demasiado bien.
Ailén cruzó los brazos.
—Ganó guerras imposibles gracias a él.
—¿Tan bueno es?
—Es un señor de la guerra.
Justo entonces una voz apareció desde la oscuridad.
—Eso es quedarse corto.
Todos giraron la cabeza.
Kael salió de detrás de una columna.
Y detrás de él apareció Adrián.
Ailén sonrió.
—Sabía que estaban escuchando.
Kael se encogió de hombros.
—Bueno... me atrapaste.
Adrián soltó una pequeña risa.
—La curiosidad nos ganó.
Ambos se acercaron y tomaron asiento.
Arlen negó con la cabeza.
—Ustedes son imposibles.
—Lo sabemos.
Respondió Kael.
Luego su expresión se volvió seria.
—Pero tiene razón.
Miró directamente a Arlen.
—Es complicado enfrentarse a un señor de la guerra.
—¿Por qué?
—Porque no sólo dirigen ejércitos.
Kael apoyó ambos brazos sobre la mesa.
—Conocen tácticas, estrategias, política y combate de precisión.
Adrián asintió.
—Saben exactamente cómo ganar una batalla incluso antes de que comience.
Arlen recordó su enfrentamiento.
—Pelear con Héctor no fue sencillo.
Ailén soltó una pequeña risa.
—Lo hiciste parecer muy fácil.
—Tuve suerte.
—Claro.
—Lo digo en serio.
Arlen sonrió.
—Tuve que llevar mi cuerpo y mi mente al límite.
Su sonrisa desapareció.
—Y aun así...
Todos lo observaron.
—Creo que él se dejó vencer.
El silencio fue inmediato.
Kael y Adrián abrieron los ojos.
—¿Qué?
Preguntó Adrián.
—Sentí que estaba probándome.
Ailén asintió lentamente.
—Yo también tuve esa impresión.
—¿Tú también?
—Sí.
La joven observó la taza de café.
—Parecía más interesado en descubrir cuánto habías crecido que en derrotarte.
Kael permaneció pensativo.
—Eso no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque significa que tiene planes.
Arlen sonrió.
—Bueno, ya veremos.
Kael negó con la cabeza.
—No le ganarás siendo un simple humano.
Su mirada fue completamente seria.
—Para derrotar a alguien como Héctor tendrás que acercarte a algo parecido a un dios.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Entonces Ailén habló.
—Puedo ayudarte a descubrir tu don.
Arlen la observó.
Su expresión se endureció.
—No confío en ti.
La sonrisa de Ailén desapareció.
—Arlen...
—Si estoy teniendo esta conversación contigo es por ellos.
Señaló a Kael, Adrián, Luna y Dorian, aunque estos últimos no estuvieran presentes.
—Me atacaron mientras estaba con ellos.
Luego su mirada se volvió fría.
—Pero no sé si mañana no vas a desaparecer y avisarles dónde estamos.
Ailén bajó la cabeza.
—Lo entiendo.
—¿Sabes qué le pasó a mi padre por confiar en ti?
La joven cerró los ojos.
El dolor apareció inmediatamente en su rostro.
—Lo sé.
Su voz apenas fue un susurro.
—Y me duele todos los días.
Las lágrimas comenzaron a acumularse.
—Porque conocerlo cambió mi vida.
Arlen no dijo nada.
—Estar en Milter dejó de sentirse como una prisión.
Levantó la mirada.
—Por primera vez sentí que era libre.
La habitación quedó en silencio.
—Sólo te pido tiempo.
Dijo finalmente.
—Tiempo para ganar tu perdón.
Arlen permaneció inmóvil.
Pensó en su padre.
Pensó en todo lo que había ocurrido.
Y finalmente respondió.
—No sé qué debo hacer.
Ailén lo observó atentamente.
—No sé si confiar en ti o no.
Miró el suelo unos instantes.
—Pero también sé que mi padre no habría querido que viviera lleno de rencor.
Ailén sintió una pequeña esperanza.
—Entonces...
—Me ayudarás.
Ella levantó la cabeza.
—¿A qué?
—A mí y al equipo.
—¿Con qué objetivo?
Arlen se puso de pie.
La luz de la lámpara iluminó su rostro.
Su mirada estaba llena de determinación.
Una determinación que hizo que incluso Kael guardara silencio.
—Derrocar al falso dios Azrakel.
El refugio quedó completamente inmóvil.
Nadie dijo una palabra.
Porque por primera vez, aquel objetivo dejó de parecer un sueño.
Y comenzó a sentirse como una declaración de guerra.