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La Falsa Prometida Del Heredero

La Falsa Prometida Del Heredero

Status: En proceso
Genre:Secretos de la alta sociedad / Escuela / Romance
Popularitas:556
Nilai: 5
nombre de autor: Tao P

Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.

Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.

Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.

Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.

NovelToon tiene autorización de Tao P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 — El nombre que no debía escuchar

Demian.

Marian sintió que los dedos se le tensaban alrededor del borde de la bandeja vacía.

Demian Valcárcel.

No necesitaba haberlo tratado para saber quién era. Nadie en Aureum lo necesitaba. Su apellido estaba en una de las placas doradas del edificio de investigación médica. En la biblioteca nueva. En el programa de becas. En la gala anual donde los Valcárcel aparecían como benefactores generosos y sonrientes.

Demian, sin embargo, no sonreía en las fotos.

Siempre aparecía de pie junto a su padre, alto, impecable, con trajes oscuros y una expresión que parecía hecha de hielo educado. Era joven, pero no tenía nada de juvenil. Ni siquiera cuando caminaba por el campus con otros herederos parecía parte de ellos.

Más bien parecía alguien observando una sala que ya había decidido cómo controlar.

—La alianza con los Santoro no está en discusión —continuó el hombre—. Tú tampoco.

Hubo un silencio breve.

Luego Demian habló:

—Entonces debiste comprar un sello, no tener un hijo.

Marian abrió un poco los ojos.

La respuesta no fue impulsiva. No sonó como un berrinche. Fue tranquila, afilada, dicha por alguien que sabía exactamente dónde cortar.

La voz del padre bajó aún más.

—Cuidado.

—¿Con qué? ¿Con recordarte que quieres venderme como parte del paquete?

—Quiero asegurar la estabilidad de esta familia.

—Quieres asegurar el control de la Fundación antes de que la junta empiece a preguntarse por qué los Santoro presionan tanto por entrar en el área médica.

Marian sintió un escalofrío.

Fundación.

Área médica.

Su mente, sin permiso, saltó a Lía.

A la habitación blanca. A las manos delgadas de su hermana entre las sábanas. A las ojeras que Lía intentaba esconder con bromas. A los recibos que Marian doblaba y guardaba como si doblarlos pudiera volverlos más pequeños.

—Los Santoro tienen lo que necesitamos —dijo el padre de Demian.

—Y tú estás dispuesto a entregarles mi vida por eso.

—No seas dramático. Isabell es una mujer adecuada.

—Isabell es una estrategia con vestido de gala.

Marian tragó saliva.

Tenía que irse.

Dio un paso hacia atrás.

El tacón de su zapato golpeó apenas la pata de la mesa auxiliar.

Fue un sonido mínimo.

Ridículo.

Pero en ese corredor demasiado perfecto, sonó como un vaso rompiéndose.

La conversación se cortó.

Marian dejó de respirar.

Durante un segundo no pasó nada.

Luego la puerta se abrió por completo.

Demian Valcárcel apareció en el umbral.

Y Marian entendió por qué la gente se apartaba cuando él caminaba por Aureum.

No era solo atractivo, aunque lo era de una manera casi incómoda: alto, vestido con un traje negro que parecía hecho para él, el cabello rubio claro peinado hacia atrás con un desorden apenas calculado, la mandíbula marcada y unos ojos azules de un frío difícil de sostener.

Era la forma en que miraba.

Como si en un segundo pudiera clasificar a una persona, medir su utilidad, detectar su mentira y decidir si valía la pena concederle espacio en su mundo.

Su mirada bajó a la bandeja vacía, luego al uniforme y finalmente al rostro de Marian.

No pareció sorprendido.

Eso fue peor.

—¿Quién eres? —preguntó.

Marian obligó a sus dedos a no apretar la bandeja.

—Personal de apoyo del evento.

—No pregunté qué uniforme llevas.

La voz era baja, controlada. No necesitaba subirla para imponerla.

Marian levantó la barbilla.

—Me pidieron traer copas al pasillo. Ya terminé. Me retiro.

Intentó moverse.

Demian no se apartó.

Detrás de él, Marian alcanzó a ver parte del salón reservado: una mesa larga, un ventanal oscuro, dos hombres de traje al fondo y otro hombre mayor de pie junto a una chimenea apagada.

No necesitaba que nadie se lo presentara para saber que era el padre de Demian.

Tenía la misma estructura de rostro, pero sin juventud.

La misma frialdad, pero con menos paciencia.

—¿Escuchaste? —preguntó Demian.

Marian sostuvo su mirada.

Podía mentir.

Debía mentir.

Pero no era buena fingiendo sumisión. Y la mentira, dicha con miedo, siempre sonaba como confesión.

—Escuché voces —respondió.

La boca de Demian apenas se movió.

No fue una sonrisa.

—Qué respuesta tan prudente.

—Es la única que tengo.

—No. Es la única que crees conveniente dar.

El padre de Demian apareció detrás de él.

La presencia del hombre cambió el aire. No por volumen, sino por peso. Tenía el tipo de autoridad de quien no estaba acostumbrado a repetir una orden. Su mirada recorrió a Marian sin detenerse demasiado, como si ya hubiera decidido que no valía más que el problema que representaba.

—¿Es estudiante? —preguntó.

Marian sintió que el estómago se le cerraba.

Demian no respondió de inmediato.

La observó con más atención.

Ese segundo fue suficiente para que Marian odiara la precisión de su mirada.

Porque Demian Valcárcel no miraba como los demás alumnos de Aureum. No la miraba con burla abierta ni con desprecio cómodo. La miraba como si estuviera reuniendo piezas: uniforme prestado, manos tensas, zapatos modestos, la insignia casi oculta de Aureum en la credencial que ella no había alcanzado a guardar bajo el chaleco.

Su mirada se detuvo ahí.

En la credencial.

Marian supo que ya era tarde.

—Sí —dijo Demian.

El padre entrecerró apenas los ojos.

—¿Cuál es tu nombre?

Marian sintió una presión fría en el pecho.

Podía negarse.

Podía exigir que llamaran a Clara.

Podía decir que había sido un error.

Pero en Aureum, incluso los errores tenían dueño. Y ella no tenía ninguno que pudiera defenderla.

—Marian —dijo—. Marian Soler.

El padre de Demian no reaccionó.

Pero uno de los hombres al fondo sacó el teléfono.

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tinkher
por qué me tengo que enganchar por los puntos 😭🤣
tinkher
valimos puntos
Tao: Muchas gracias por leer 🥹✨ Me alegra mucho que hayas llegado hasta este capítulo. Se vienen más problemas para Marian y Demian.
total 1 replies
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