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1 Soy Mitad Humana Y Demonio

1 Soy Mitad Humana Y Demonio

Status: Terminada
Genre:Venganza / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: cristy182021

Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.

NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 1

La voz de Gabriel llegó antes que el amanecer.

—Estrellita, levántate. Tenemos que practicar.

No abrí los ojos de inmediato.

Porque ya sabía lo que venía.

—Recuerda que todavía no controlas bien tu parte demoníaca.

Ahí sí suspiré.

Pesado.

Cansado.

Como si mi cuerpo ya estuviera harto… incluso antes de empezar el día.

Me incorporé lentamente en la cama, frotándome los ojos.

—Ya voy… —murmuré—. Solo dame un segundo.

No esperó respuesta.

Nunca lo hacía.

Y no porque no le importara…

sino porque esto—

esto nunca había sido opcional.

Me cambié rápido.

Demasiado rápido.

Como alguien que ya no discute con lo inevitable.

Cuando abrí la puerta, Gabriel ya estaba ahí.

Apoyado en la pared.

Observando.

—Vaya… hoy sí rompiste récord —dijo con una leve sonrisa.

Rodé los ojos.

—No empieces.

Él no insistió.

Solo se enderezó un poco.

—Primero vamos a ver a tu hermanito. Asegurarnos de que siga dormido.

Mi expresión cambió apenas.

—Ya sé.

No hacía falta explicar por qué.

Los dos lo sabíamos.

Si Gael despertaba en el momento equivocado…

las cosas podían salir mal.

Muy mal.

—Voy —dije, caminando hacia su cuarto.

—Y si está despierto, llévalo con tu mamá.

Asentí sin voltear.

Entré con cuidado.

El silencio ahí dentro era distinto.

Más suave.

Más… frágil.

Como si cualquier sonido pudiera romper algo invisible.

Gael estaba despierto.

Sus ojos pequeños se movieron hacia mí de inmediato.

No lloró.

No hizo ruido.

Solo me miró.

Y eso—

eso siempre me descolocaba más que cualquier grito.

Me acerqué despacio y lo cargué con cuidado.

Era tan pequeño…

que por un segundo siempre pensaba lo mismo:

que algo en mí podría romperlo.

Salí sin hacer ruido y caminé hacia el cuarto de mi mamá.

Mientras avanzaba, empecé a tararear.

Bajito.

Casi sin darme cuenta.

Siempre lo hacía.

Y siempre funcionaba.

Para él…

y para mí.

Abrí la puerta lentamente.

Mi mamá seguía dormida.

Todo en ese cuarto parecía tranquilo.

Normal.

Como si nuestro mundo no fuera lo que realmente era.

Me acerqué a la cama y acomodé a Gael entre los cojines.

—Listo… —susurré—. No te vayas a caer.

Me quedé un segundo más.

Solo mirándolo.

Asegurándome.

Luego salí.

Gabriel ya me estaba esperando.

—¿Lo dejaste con tu mamá?

—Sí.

Me crucé de brazos.

—Como siempre.

Él soltó una pequeña risa.

—No sé cómo le hace… siempre se sincroniza con ella.

—Ni yo.

Silencio breve.

Después, su expresión cambió.

Más seria.

—Vamos. Antes de que amanezca.

Asentí.

Sin discutir.

—¿Otra vez en tu espalda? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Él sonrió de lado.

—Te gusta.

—No tanto —mentí.

Me acerqué de todos modos.

—Además… así no te cansas —añadió.

—Claro, cómo no.

Me subí.

Automático.

Familiar.

Y en cuanto sentí el impulso del vuelo—

algo dentro de mí cambió.

El aire.

El movimiento.

La altura.

Todo me llevó al mismo pensamiento.

Papá.

Cerré los ojos un segundo.

Solo uno.

—Lo extraño…

La frase salió sola.

Baja.

Sin intención de decirla.

Gabriel no respondió.

Pero tampoco hizo falta.

Porque el silencio—

esta vez—

no estaba vacío.

El viento cambió antes de que tocáramos el suelo.

No era más fuerte.

No era más frío.

Era… distinto.

Gabriel aterrizó sin hacer ruido y me dejó en el centro del área de práctica.

El lugar siempre había sido el mismo.

Árboles.

Tierra abierta.

Silencio.

Pero esa mañana—

no se sentía igual.

—Hoy no quiero errores —dijo, sin mirarme—. Solo control.

Asentí.

Aunque mi cuerpo no estaba completamente de acuerdo.

Me coloqué en posición.

Respiré.

Una vez.

Dos.

Intentando ignorar todo lo demás.

Intentando enfocarme.

Pero algo—

algo no encajaba.

Cerré los ojos.

Y ahí estaba.

No el flujo.

No la energía.

Otra cosa.

Un cosquilleo leve recorrió mi piel.

Subió por mis brazos.

Se detuvo en mi pecho.

No dolía.

Pero tampoco era normal.

Abrí los ojos.

—Gabriel…

Él ya me estaba mirando.

—Lo sientes.

No fue pregunta.

Asentí.

—Sí.

El aire se volvió más denso.

No como cuando perdía el control.

Esto era diferente.

Más… externo.

Como si no viniera de mí.

Giré ligeramente la cabeza.

Nada.

Solo árboles.

Solo vacío.

Pero la sensación seguía ahí.

Observando.

Esperando.

—No te muevas —dijo Gabriel, más serio de lo normal.

Me quedé completamente quieta.

Mi respiración se volvió más lenta.

Más consciente.

El silencio alrededor ya no era tranquilidad.

Era tensión.

—No es como antes… —murmuré.

—No.

Respuesta inmediata.

Corta.

Precisa.

Eso fue lo que más me inquietó.

Porque Gabriel no estaba confundido.

Estaba seguro.

El cosquilleo aumentó apenas.

No como ataque.

Como… atención.

Sentí cómo algo se enfocaba en mí.

No en el lugar.

No en Gabriel.

En mí.

—¿Qué es? —pregunté en voz baja.

Gabriel no respondió de inmediato.

Dio un paso leve hacia adelante.

Pero se detuvo antes de acercarse del todo.

Como si no quisiera interferir.

O como si supiera—

que esto no era algo que pudiera detener.

El aire pareció comprimirse por un segundo.

Invisible.

Pero presente.

Y entonces lo entendí.

No lo vi.

No lo escuché.

Pero lo supe.

Alguien estaba ahí.

No dentro.

No completamente.

Pero lo suficiente cerca como para sentirlo.

—No está entrando —dijo Gabriel finalmente—. Solo está…

Se detuvo.

Como si elegir la palabra correcta fuera más importante de lo normal.

—Midiendo.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Midiendo qué?

Silencio.

Uno más pesado que todos los anteriores.

—A ti.

El cosquilleo se volvió más claro.

Más directo.

Mi cuerpo reaccionó sin permiso.

Mi energía—

se movió.

Leve.

Pero suficiente.

El aire a mi alrededor tembló apenas.

—¡Estrella, no! —la voz de Gabriel fue inmediata.

Pero ya había pasado.

No fue un ataque.

No fue un desborde.

Pero sí—

una respuesta.

Y eso fue suficiente.

El silencio se rompió.

No con sonido.

Con ausencia.

La presencia—

desapareció.

De golpe.

Como si nunca hubiera estado ahí.

Me quedé inmóvil.

Respirando más rápido de lo que quería.

—Se fue… —susurré.

Gabriel no respondió.

Seguía mirando el mismo punto.

Como si esperara que regresara.

—No —dijo al fin—. Solo dejó de mostrarse.

Eso—

eso fue peor.

El entrenamiento continuó.

O al menos—

eso intentamos.

Porque nada volvió a sentirse normal.

—Concéntrate —dijo Gabriel, más firme—. No dejes que tu energía se disperse.

Asentí.

Cerré los ojos otra vez.

Respiré.

Intenté volver al punto base.

Al control.

Pero mi mente ya no estaba limpia.

La sensación seguía ahí.

Más débil.

Más lejana.

Pero no ausente.

Como si algo hubiera retrocedido…

sin irse del todo.

Me forcé a ignorarlo.

A enfocarme.

Un segundo.

Dos.

Y entonces—

mi energía reaccionó.

No como antes.

No descontrolada.

Pero sí—

más rápida.

Más sensible.

Como si estuviera respondiendo a algo que yo no alcanzaba a entender.

El aire a mi alrededor vibró apenas.

Leve.

Pero suficiente para notarlo.

—Estrella —advirtió Gabriel—. Mantén el ritmo.

Lo intenté.

De verdad.

Pero el cosquilleo volvió.

Más directo.

Más enfocado.

Se detuvo en mi pecho.

Y esta vez—

no se sintió como observación.

Se sintió como conexión.

Abrí los ojos de golpe.

—No…

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

Gabriel ya se estaba moviendo hacia mí.

Pero no llegó.

Se detuvo a medio camino.

Como si supiera—

que esto ya no dependía de él.

El aire se tensó.

No por presión.

Por presencia.

Invisible.

Pero imposible de ignorar.

Y entonces—

lo escuché.

No fue una voz.

No como las normales.

No vino de afuera.

Vino directo—

a mi mente.

“Todavía no.”

Me quedé completamente inmóvil.

Mi respiración se cortó.

—Gabriel… —susurré.

Pero él ya lo sabía.

Lo vi en su expresión.

Tenso.

Enfocado.

Reconociendo algo que no quería confirmar.

—No respondas —dijo en voz baja, firme.

Tragué saliva.

Pero ya era tarde.

Porque la sensación—

no se había ido.

Seguía ahí.

Más cerca.

Más clara.

Como si ahora sí estuviera… mirándome de verdad.

Mi energía reaccionó otra vez.

Una onda leve salió de mí.

No violenta.

Pero sí visible.

El aire se distorsionó.

Las hojas cercanas se movieron sin viento.

—¡Estrella! —Gabriel avanzó un paso.

Pero se detuvo otra vez.

Porque no era un ataque.

Era una respuesta.

Y eso—

eso era lo peligroso.

“Interesante…”

La palabra no sonó.

Se sintió.

Directa.

Fría.

Consciente.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—No soy yo… —dije, más para mí que para él.

Gabriel no me corrigió.

Porque sabía que no lo era.

Apretó los puños.

—Ya basta —dijo, con una autoridad distinta.

El aire cambió.

Como si algo invisible hubiera sido empujado hacia atrás.

No con fuerza.

Con presencia.

Silencio.

Pesado.

Largo.

Y entonces—

se fue.

No como antes.

No de golpe.

Más… controlado.

Como si hubiera decidido retirarse.

Como si ya hubiera visto lo suficiente.

Mi cuerpo tardó en reaccionar.

Mi respiración seguía desajustada.

Mi energía—

inestable.

—No estás lista —dijo Gabriel finalmente, más bajo.

—¿Para qué? —pregunté, sin poder evitarlo.

Él no respondió de inmediato.

Solo miró hacia el mismo punto.

Ese lugar vacío—

que ya no se sentía vacío.

—Para lo que te está buscando.

El silencio volvió.

Pero esta vez—

no era duda.

Era certeza.

El regreso fue más corto.

O al menos—

eso sintió mi mente.

Porque mi cuerpo…

seguía en el mismo lugar.

Atrapado.

En esa sensación.

En esa voz.

En esa certeza que no podía explicar.

Gabriel no habló durante el vuelo.

Ni una palabra.

Y eso—

eso decía más que cualquier explicación.

Cuando aterrizamos cerca de la casa, el cielo ya había cambiado.

Ese tono entre gris y azul…

donde nada parece completamente definido.

Como si el mundo mismo estuviera dudando.

Caminamos en silencio.

No incómodo.

Pero sí—

cargado.

Como si ambos supiéramos que algo había cambiado…

y ninguno quisiera decirlo en voz alta.

Y entonces—

me detuve.

No por decisión.

Por instinto.

—¿Qué pasa? —preguntó Gabriel.

No respondí de inmediato.

Porque no lo entendía.

No del todo.

Era diferente.

No como en el entrenamiento.

No como esa presencia.

Esto era…

más cercano.

Más… tangible.

Leve.

Pero claro.

Giré la cabeza lentamente.

Y lo vi.

A lo lejos.

Cerca del camino que llevaba hacia la escuela.

Un chico.

Quieto.

Demasiado quieto.

Como si el mundo a su alrededor no existiera.

No lo conocía.

Pero algo en él—

no encajaba.

No en ese lugar.

No en ese momento.

Y entonces pasó.

Levantó la mirada.

Directo a mí.

No fue casualidad.

No fue curiosidad.

Fue…

reconocimiento.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

No de miedo.

No exactamente.

Era otra cosa.

Algo más… profundo.

Como si una parte de mí—

ya lo hubiera sentido antes.

—No lo mires demasiado —dijo Gabriel en voz baja.

Tardé un segundo en reaccionar.

—¿Quién es? —pregunté.

Él no respondió.

Y eso—

eso fue suficiente para entender que sí sabía.

El chico no se movió.

No se acercó.

No habló.

Solo—

me observó.

Como si estuviera esperando algo.

Como si ese momento—

fuera importante.

Como si yo—

lo fuera.

—Estrella —la voz de Gabriel cambió—. Entra.

No aparté la mirada.

—Pero…

—Ahora.

No discutí.

No porque quisiera obedecer.

Porque algo dentro de mí—

me dijo que lo hiciera.

Di un paso atrás.

Luego otro.

Pero incluso mientras me giraba—

seguía sintiéndolo.

Esa mirada.

Esa presencia.

Esa intención.

Entré a la casa.

Cerré la puerta.

Pero no me sentí más segura.

Al contrario.

La sensación no desapareció.

Solo…

se volvió más sutil.

Como si alguien hubiera bajado la intensidad…

sin dejar de mirar.

Me apoyé un segundo en la puerta.

Respirando.

Intentando ordenar todo.

El entrenamiento.

La voz.

La presencia.

Y ahora—

él.

Subí las escaleras sin hacer ruido.

Todo parecía normal.

Mi mamá.

Gael.

La casa.

La rutina.

Pero ya nada se sentía igual.

Entré a mi habitación.

Me senté en la cama.

Y por primera vez—

intenté entender.

Ese chico…

no había hecho nada.

No habló.

No se movió.

Pero me miró—

como si ya me conociera.

Como si supiera algo…

que yo no.

Me llevé una mano al pecho.

El cosquilleo seguía ahí.

Más leve.

Pero presente.

Y entonces—

lo sentí otra vez.

No afuera.

Dentro.

Como si algo en el aire hubiera cambiado de dirección.

Me quedé completamente quieta.

Mirando hacia la ventana.

El viento golpeó suave.

Nada más.

Pero suficiente.

Me levanté lentamente.

Caminé hacia ella.

Y me detuve.

Porque aunque no veía nada…

lo sabía.

No estaba sola.

No estaba sola.

No esta vez.

No en ese momento.

El aire frente a la ventana se volvió más denso.

No visible.

Pero sí—

presente.

Di un paso atrás sin darme cuenta.

—No… —susurré.

Mi reflejo en el vidrio tembló levemente.

No por miedo.

Por reacción.

Como si algo en mí—

estuviera respondiendo antes de entender.

El silencio se volvió incómodo.

Pesado.

Expectante.

Y entonces—

lo sentí.

Más cerca que antes.

Más claro.

No como en el entrenamiento.

No desde lejos.

Aquí.

Justo—

ahí.

Mi respiración se cortó.

—¿Quién está ahí? —pregunté, en voz baja.

Nadie respondió.

Pero no hacía falta.

Porque la respuesta—

no iba a venir en voz alta.

Llegó directo.

Sin sonido.

Sin forma.

“Te encontré.”

El mundo se detuvo.

No físicamente.

Pero sí dentro de mí.

Sentí un golpe seco en el pecho.

No dolor.

Impacto.

Reconocimiento.

Como si algo—

algo muy profundo—

hubiera reaccionado a esas palabras.

—No… —volví a decir, retrocediendo otro paso.

Pero no era negación.

Era incapacidad de procesarlo.

La sensación desapareció.

De golpe.

Como si nunca hubiera estado ahí.

Pero mi cuerpo no lo creyó.

Mi respiración seguía desordenada.

Mi energía—

inquieta.

Demasiado activa para ser normal.

Me quedé quieta frente a la ventana.

Sin moverme.

Sin pensar.

Solo sintiendo.

El aire volvió a ser ligero.

Tranquilo.

Vacío.

Pero ya no confiaba en eso.

Porque ahora sabía—

que podía cambiar en cualquier momento.

—Estrella.

La voz de Gabriel rompió el silencio desde abajo.

Pero no sonaba igual.

Subió las escaleras rápido.

Demasiado rápido.

No tardó nada en aparecer en la puerta.

Y en cuanto cruzó el umbral—

lo supe.

Él también lo había sentido.

—Tú también… —dije en voz baja.

Gabriel no respondió de inmediato.

Caminó hacia la ventana.

Miró hacia afuera.

Pero no estaba viendo el paisaje.

Estaba buscando.

Sintiendo.

Confirmando.

—No es solo uno —murmuró.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres decir?

Silencio.

Ese tipo de silencio—

que no evita la verdad.

La prepara.

Gabriel apretó la mandíbula.

Como si algo que llevaba tiempo ignorando…

ya no pudiera negarse.

—Esto ya lo sentí antes.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Antes de qué?

No me miró.

Siguió observando el exterior.

—Con tu madre.

El aire en la habitación cambió.

No por magia.

Por significado.

Di un paso atrás.

—¿Qué…?

Gabriel cerró los ojos un segundo.

Y cuando los abrió—

ya no estaba dudando.

—La misma presión.

Hizo una pausa.

—La misma forma de encontrarla.

La ventana vibró apenas.

Un movimiento mínimo.

Pero suficiente para que ambos lo sintiéramos.

Otra vez.

Más fuerte.

Más claro.

No solo yo.

Gabriel también.

Nos quedamos en silencio.

Sin movernos.

Sin hablar.

Porque ya no hacía falta.

La respuesta estaba ahí.

No era coincidencia.

No era casualidad.

No era algo pasajero.

Era intención.

Era búsqueda.

Era algo—

que ya había empezado.

Y no iba a detenerse.

No dijimos nada.

No porque no hubiera preguntas.

Sino porque, por primera vez…

las respuestas eran peores.

Gabriel seguía junto a la ventana.

Inmóvil.

Como si esperara que algo regresara.

Como si supiera que esto—

no había terminado.

Yo no podía dejar de sentirlo.

No la presencia exacta.

No la voz.

Pero sí…

la huella.

Algo había quedado.

En el aire.

En el espacio.

En mí.

—Esto cambia todo —dijo Gabriel al fin, en voz baja.

No lo miré.

—Ya cambió.

Mi respuesta salió más firme de lo que me sentía.

Silencio.

Pesado.

—A partir de ahora no vas a estar sola en ningún momento —añadió.

Ahí sí lo miré.

—Nunca lo he estado.

Gabriel negó apenas.

—No de esta forma.

Eso—

eso no me gustó.

—¿Qué significa eso?

No respondió de inmediato.

Como si estuviera midiendo cuánto debía decir.

O cuánto podía ocultar.

—Significa que ya no es solo entrenamiento —dijo al fin—. Ahora es preparación.

Un nudo se formó en mi estómago.

—¿Para qué?

Esta vez sí me miró.

Directo.

Sin rodeos.

—Para lo que venga.

El silencio volvió.

Pero ya no era incertidumbre.

Era anticipación.

Me acerqué un poco a la ventana.

No demasiado.

Lo suficiente para confirmar lo que ya sabía.

Afuera…

todo parecía normal.

Demasiado normal.

—No lo entiendo —murmuré.

Gabriel exhaló lentamente.

—No necesitas entenderlo todavía.

—Pues yo sí quiero —respondí, más rápido.

Él no se molestó.

Solo negó ligeramente.

—Y lo vas a hacer.

Hizo una pausa.

—Pero no hoy.

Frustración.

Miedo.

Molestia.

Todo se mezcló en mi pecho.

—¿Y si vuelve? —pregunté.

—Va a volver.

Respuesta inmediata.

Sin duda.

Sin consuelo.

Tragué saliva.

—¿Y tú puedes detenerlo?

Silencio.

Ese fue el problema.

Ese—

fue el verdadero problema.

Porque Gabriel nunca dudaba.

Nunca.

Y esta vez…

no respondió.

Bajé la mirada.

—Entonces no estamos listos.

—No —corrigió él—. Tú no lo estás.

Levanté la cabeza.

Eso dolió más de lo que esperaba.

—¿Y tú sí?

Gabriel sostuvo mi mirada.

—Tengo que estarlo.

No era arrogancia.

Era responsabilidad.

Y eso—

eso pesaba.

El aire volvió a moverse suavemente.

Normal.

Tranquilo.

Como si nada hubiera pasado.

Pero ambos sabíamos la verdad.

Nada era normal ya.

Nada iba a volver a serlo.

Me alejé de la ventana.

Despacio.

Con esa sensación todavía pegada a la piel.

—¿Qué era? —pregunté una última vez.

Gabriel tardó en responder.

Más de lo habitual.

—No lo sé del todo.

Hizo una pausa.

—Pero sí sé algo.

Lo miré.

Esperando.

Temiendo.

—Ya te encontró.

El silencio cayó como golpe.

Seco.

Final.

Miré hacia la ventana una vez más.

Oscura.

Vacía.

Tranquila.

Mentira.

Porque ahora lo sabía.

No era que alguien me estuviera buscando.

Era peor.

Mucho peor.

Ya no estaba perdida.

No estaba escondida.

No estaba a salvo.

Había sido localizada.

Y eso…

eso lo cambiaba todo.

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Maria De Jesus Tirado Rodriguez
quedó inconclusa tan interesante que estaba 😭
CristyGry: también te invito a leer el libro 0.5 que es como la historia de los papás de estrella y de cómo Federico se hizo malo
total 1 replies
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