1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Capítulo 1: El Vals de las Víboras
La seda de mi vestido pesaba como una armadura de oro líquido, pero el verdadero peso estaba en mi apellido. Ser una Sterling en Nueva York no era un privilegio; era una sentencia de perfección perpetua. Me miré en el espejo del tocador, ajustando los pendientes de diamantes que habían pertenecido a mi abuela, una mujer que, según decían, nunca había parpadeado ante una derrota. Yo tampoco lo haría. No esta noche.
—Elena, la prensa ya está en la entrada. Recuerda: una Sterling no camina, se desliza. Y por el amor de Dios, ni se te ocurra mirar a un Vane a los ojos —la voz de mi madre, fría y afilada como un cristal roto, llegó desde el umbral.
—Lo sé, madre. Los Vane son el cáncer de esta ciudad, y nosotros somos la cura —respondí mecánicamente, aunque por dentro sentía que la náusea me cerraba la garganta.
El Gran Salón de los Metropolitan estaba iluminado por lámparas de araña que proyectaban sombras largas y distorsionadas sobre el mármol. El aire olía a perfumes caros, flores exóticas y una hipocresía tan densa que se podía saborear. En cuanto puse un pie en el salón, el murmullo de la orquesta de cuerdas pareció atenuarse ante el sonido de los flashes. Pero no me buscaban solo a mí.
Al otro lado de la estancia, rodeado de un aura de arrogancia que hacía que la gente se apartara inconscientemente, estaba él. Alistair Vane.
Alistair no era simplemente el heredero de la mayor fortuna inmobiliaria del país; era el hombre que había hundido tres de las empresas subsidiarias de mi padre en menos de un año. Llevaba un esmoquin negro que parecía hecho de sombras, y su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con una precisión insultante. Sus ojos, de un azul tan pálido que resultaba gélido, barrieron el salón hasta detenerse en los míos.
No desvié la mirada. Si el odio fuera una frecuencia eléctrica, habríamos hecho saltar los plomos del edificio.
—Míralo —susurró mi padre, apareciendo a mi lado y apretando mi codo con una fuerza que dejaría marca—. Disfruta de su última noche de gloria. Mañana, el dossier sobre las cuentas de su padre saldrá a la luz, y los Vane serán historia.
—¿Y qué pasa si él tiene algo contra nosotros, papá? —pregunté, sintiendo un escalofrío.
—No tiene nada. Los Vane son animales, Elena. Solo saben destruir. Nosotros creamos.
La música cambió. Un vals lento y envolvente comenzó a sonar. Era la tradición de la Gala de los Fundadores: los herederos debían abrir el baile para simbolizar la continuidad de la élite. Sin embargo, este año, la tensión era tal que nadie se atrevía a dar el primer paso. Hasta que Alistair lo hizo.
Caminó hacia mí, ignorando los murmullos escandalizados de las tías Sterling. Se detuvo a dos pasos, con una sonrisa que no era más que una mueca de victoria anticipada.
—Señorita Sterling —dijo su voz, un barítono profundo que me irritó por lo suave que sonaba—. ¿Me concedería este baile o prefiere seguir mirándome como si quisiera clavarme un abrecartas en la yugular?
—La segunda opción es tentadora, Vane —respondí, sintiendo el calor subir por mi cuello—. Pero mi padre me enseñó a ser cortés con los que están a punto de caer.
Le tendí la mano con la palma hacia abajo, como si esperara que me la besara, pero él la atrapó con firmeza y me arrastró hacia la pista de baile antes de que mi padre pudiera intervenir. Su mano en mi cintura se sentía como una quemadura a través de la seda de mi vestido.
—Bailas como si estuvieras marchando a la guerra —murmuró él al oído, su aliento rozando mi piel—. Relájate, Elena. Si vas a ser mi enemiga, al menos intenta no pisarme los pies.
—¿Tu enemiga? Te das demasiada importancia, Alistair. Eres solo un obstáculo que estamos a punto de remover.
—¿Eso te ha dicho el viejo Julian? —soltó una risa corta, carente de cualquier rastro de humor—. Tu padre está tan desesperado por salvar su reputación que no se ha dado cuenta de que el suelo bajo sus pies ya ha desaparecido.
Me detuve en mitad de un giro, obligándolo a sostener mi peso.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que esta noche no es una gala de celebración. Es un funeral. Lo que pasa es que los Sterling aún no han visto el ataúd.
Antes de que pudiera exigirle una explicación, el baile fue interrumpido. No por la música, sino por el silencio repentino del salón. En la entrada, varios hombres con trajes oscuros y rostros de piedra —agentes federales— hablaban con el anfitrión. La noticia corrió como el fuego: un escándalo de malversación masiva que involucraba a ambas familias estaba a punto de estallar. Un "secreto sucio" que no distinguía entre apellidos.
Nuestros padres se acercaron, sus rostros antes altivos ahora estaban pálidos y tensos. Se miraron, y por primera vez en cincuenta años, no hubo odio, sino un entendimiento mutuo y cobarde.
—Elena, Alistair —dijo el padre de Alistair, Arthur Vane, con una voz que temblaba de pura rabia contenida—. Necesitamos hablar. Ahora.
Nos llevaron a una de las bibliotecas privadas de los Metropolitan. Allí, entre estanterías de madera de caoba y el olor a cuero viejo, la verdad cayó sobre nosotros. No podíamos destruirnos mutuamente porque estábamos atados por el mismo fraude. Un error de sus abuelos, una mentira de los nuestros. Si una familia caía, la otra se hundía con ella en una reacción en cadena que destruiría el legado de un siglo.
—¿Una tregua? —preguntó Alistair, cruzando los brazos sobre el pecho con un gesto de asco—. ¿Me estás pidiendo que me siente a la mesa con los que han intentado arruinarme durante años?
—No es una petición, Alistair —gruñó mi padre—. Es una orden. Se irán a la isla privada de los Vane. La prensa piensa que hay una guerra comercial. Si se os ve allí, trabajando juntos, la confianza del mercado volverá. Tenemos dos semanas para hacer que los registros desaparezcan.
Miré a Alistair. Él me miraba a mí. En sus ojos ya no había solo frialdad; había una chispa de algo nuevo, algo que me dio mucho más miedo que el escándalo.
—¿Fingir que nos llevamos bien en una isla desierta? —pregunté, mi voz apenas un susurro—. Eso es imposible.
—No tienes que llevarte bien con ella, Alistair —dijo su padre—. Solo tienes que convencer al mundo de que los Vane y los Sterling son ahora una sola fuerza.
Alistair se acercó a mí una vez más. Esta vez, no había música, solo el sonido de mi propia respiración agitada. Se inclinó y me tomó la mano herida —aquella que me había apretado mi padre— y la acarició con el pulgar.
—Un juego, Elena —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Fingiremos la tregua para ellos. Pero tú y yo sabemos la verdad. Vamos a ver quién de los dos sobrevive a la cercanía del otro.
Lo empujé, pero ya era tarde. El compromiso estaba hecho. Los abogados ya estaban redactando los comunicados de prensa. El mundo vería una alianza histórica, mientras que nosotros sabíamos que nos estábamos encerrando en una jaula de oro con nuestro peor enemigo.
Salimos de la biblioteca. Afuera, la orquesta había vuelto a tocar, pero la melodía ahora me sonaba a una marcha fúnebre. Miré el salón, las caras de las "víboras" que nos rodeaban, esperando un error para devorarnos.
Me ajusté el vestido y levanté la barbilla. No lloraría. No mostraría debilidad.
Alistair me ofreció el brazo para escoltarme hacia la salida, hacia el coche que nos llevaría al aeródromo. Sus dedos se cerraron sobre mi antebrazo con una posesividad que me hizo temblar. No era amor. Era el hambre de un depredador que finalmente tiene a su presa acorralada.
—¿Lista para el paraíso, Sterling? —preguntó con una sonrisa cruel.
—El paraíso solo es un infierno con mejores vistas, Vane —respondí.
Caminamos por la alfombra roja mientras los gritos de los periodistas se convertían en un ruido de fondo. No sabía qué pasaría en esa isla, pero sabía que las piezas ya no estaban en nuestras manos. El tablero estaba listo.