Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 6 — ÚTIL
El castillo apareció ante ellas cuando el sol ya empezaba a caer.
Elysia no había hablado en todo el camino de vuelta. Lian tampoco. Habían cabalgado con la urgencia de quien lleva malas noticias y lo sabe, pero también con el agotamiento de quien ha estado en tensión durante horas. Las patas de los caballos resonaron contra el empedrado del patio cuando por fin cruzaron las puertas. El cielo se teñía de naranja y violeta, y el aire olía a establo, a humo de cocina, a rutina.
Pero Elysia no sentía rutina. Sentía un nudo en el estómago.
Desmontó con torpeza, las piernas entumecidas. Un mozo de cuadras se llevó los caballos. Lian se quedó a su lado, las dagas aún enfundadas pero los ojos alerta, como si el castillo también pudiera estar en peligro.
—Voy a informar al señor Aster —dijo Elysia.
Lian asintió.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No. Esto es mío.
Lian no discutió. Se limitó a asentir otra vez, con esa expresión neutra que Elysia ya empezaba a reconocer como su forma de decir «estoy aquí si me necesitas». Luego se fue hacia los barracones.
Elysia subió las escaleras de la torre norte con las piernas pesadas. No por el cansancio físico. Por el peso de lo que tenía que decir. Encontrar un puesto abandonado no era una derrota, pero sí un síntoma. Una grieta. Y no sabía cómo iba a reaccionar Aster ante las grietas.
Llamó a la puerta del despacho.
—Adelante.
Esta vez no esperó. Entró y cerró tras de sí.
Aster estaba en el mismo lugar que la última vez, como si no se hubiera movido en horas. Pero el mapa que tenía delante era distinto. Más detallado. Marcado con pequeñas fichas de madera y anotaciones en tinta negra. La luz de las velas temblaba sobre su rostro, haciendo que sus ojos grises parecieran más oscuros de lo normal.
—Has vuelto antes de lo previsto —dijo, sin levantar la vista.
—El informe no puede esperar.
Entonces sí levantó la vista. Y Elysia sintió ese maldito escalofrío en la nuca. No era miedo. Era conciencia. La conciencia de estar bajo el foco de atención de un hombre que no se perdía nada.
—Habla.
Elysia lo hizo. Sin adornos. Sin especulaciones. Le contó del viaje, de la niebla, del puesto vacío, de la fogada aún caliente, del símbolo grabado en la pared. Del trazo rojo que lo tachaba. Del silencio.
Aster no la interrumpió. No hizo preguntas. Se quedó completamente quieto, con las manos apoyadas en la mesa, los nudillos blancos por la presión apenas perceptible que ejercía sobre la madera.
Cuando Elysia terminó, el silencio se instaló entre ellos como un tercer ocupante.
—¿Cuántos hombres había en ese puesto? —preguntó Aster al fin.
—Según los informes, seis.
—¿Seis? —repitió él, como si la palabra le ofendiera personalmente—. Seis soldados no desaparecen sin más. Seis soldados no abandonan un puesto sin que alguien lo sepa.
—Lo sé.
—Entonces no lo sabes. Porque has vuelto sin respuestas.
El tono era cortante. Elysia apretó los dientes.
—He vuelto con la información que había. Prefiero traerte la verdad incompleta que inventarme una mentira cómoda.
Aster entrecerró los ojos. Elysia sostuvo la mirada. No por orgullo. Porque apartarla habría sido admitir culpa, y no era culpable de nada.
—Está bien —dijo él, al cabo de un momento.
Elysia parpadeó.
—¿Bien?
—Has hecho lo que te ordené. Sin endulzarlo. —Se apartó del escritorio y caminó hacia la ventana, dándole la espalda—. Eso no significa que me guste lo que oigo. Pero no te castigaré por ser honesta.
Elysia no dijo nada. No sabía qué decir. Esperaba furia, no esto. No una validación envuelta en hielo.
—¿Quién tachó el símbolo? —preguntó Aster, de espaldas.
—No lo sé. Pero no fueron los soldados del puesto.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque dejaron sus pertenencias. Armas. Comida. Mantas. Si desertaron, lo hicieron sin llevarse nada. Y si los atacaron, no hubo lucha. No había sangre. No había señales de violencia.
Aster se giró. Su expresión seguía siendo ilegible, pero algo en su postura había cambiado. Ya no era la rigidez de quien va a castigar. Era la tensión de quien está calculando.
—Alguien quiere enviar un mensaje —dijo—. Alguien dentro de mi propio territorio.
Elysia asintió.
—Eso creo.
Silencio otra vez. Más largo. Aster volvió al escritorio y se sentó. Se pasó una mano por el cabello, un gesto que Elysia nunca le había visto. Tan humano. Tan inesperado. Apartó la mirada antes de que él pudiera sorprenderla observando.
—Mañana quiero que interrogues a los capitanes de los puestos vecinos —dijo Aster—. Alguien tiene que haber visto algo. Alguien tiene que saber por qué seis hombres desaparecieron sin dar aviso.
—Lo haré.
—Y quiero que Lian te acompañe.
Elysia frunció el ceño.
—Puedo hacerlo sola.
—No lo dudo. Pero si esto es una provocación, quien la ha hecho espera una respuesta. Y si te envían a ti, la respuesta será más rápida con dos espadas que con una.
Lógica. Maldita lógica. Elysia asintió, aunque le costaba admitir que él tenía razón. Aster pareció darse por satisfecho y volvió a sus mapas. La conversación había terminado.
Pero Elysia no se movió.
—¿Hay algo más? —preguntó él, sin mirarla.
Elysia dudó. Había algo más. No sobre la misión. Sobre ella. Sobre la Elysia original. Pero no sabía cómo formularlo sin delatarse.
—¿Confías en mí? —preguntó al fin, con la voz más baja de lo que pretendía.
Aster levantó la cabeza. La miró. Y Elysia se sintió desnuda bajo ese escrutinio.
—No confío en nadie —dijo él, despacio—. Pero eres útil. Y por ahora, eso me basta.
Útil. La palabra le cayó encima como un jarro de agua fría. No sabía por qué le molestaba. Debería ser un alivio. Útil significaba que no sospechaba nada. Útil significaba que no iba a ejecutarla por usurpar el cuerpo de su comandante. Pero también significaba que no era nada más que una herramienta.
Y eso, por alguna razón que no quería analizar, le molestó.
—Entendido —dijo, tragándose cualquier otra cosa—. Con tu permiso.
Aster asintió. Y Elysia salió del despacho con la sensación de haber ganado algo y perdido algo al mismo tiempo.
Esa noche, en su habitación, se sentó en la cama y se quedó mirando la espada apoyada contra la pared. Útil. Era una palabra tan fría como él. Pero también era una palabra segura. Si era útil, estaba a salvo. Si era útil, no la desecharían.
El problema era que no quería ser solo útil.
Quería ser... ¿qué? ¿Importante? ¿Valiosa? ¿Reconocida?
Se rió de sí misma en voz baja. ¿Desde cuándo necesitaba el reconocimiento de nadie? En su vida anterior se había bastado sola. Siempre. No necesitaba que un villano de mahwa con pinta de emperador y personalidad de nevera le dijera que valía la pena.
Pero allí estaba, pensando en él otra vez.
Se tumbó en la cama y cerró los ojos. El sueño tardó en llegar. Y cuando llegó, estaba lleno de símbolos tachados, de ojos grises y de una palabra repetida como un eco.
Útil.
Útil.
Útil.