De Rusia a México
NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
2
Mientras el Kremlin recortaba su silueta contra el cielo plomizo, en la mansión Petrov la infancia era un entrenamiento táctico disfrazado de juegos. Vanya, el primogénito, no caminaba, marchaba. Sus pulmones de general no solo reclamaban alimento, sino atención absoluta; Ivan padre lo llevaba al despacho, donde el bebé se quedaba hipnotizado por el brillo de las pantallas de la bolsa y el humo del habano. Parecía que el pequeño ya entendía que el mundo se dividía entre los que mandan y los que obedecen.
Mikhail (Misha), en cambio, era el fantasma de la casa. Podía pasar horas en un silencio sepulcral, con sus ojos gélidos fijos en los movimientos de los guardias. No lloraba; evaluaba. Mientras sus hermanos jugaban, él parecía estar contando cuántos pasos separaban la puerta de la ventana, como si planeara rutas de escape antes de saber siquiera hablar. Y Masha, la pequeña zarina, convirtió a los hombres más peligrosos de Rusia en sus súbditos. Igor, un hombre que no parpadeaba ante las balas, terminaba de rodillas en la alfombra persa solo porque ella movía un dedo hacia un juguete lejano. El poder de los Petrov estaba en buenas, aunque diminutas, manos.
Al otro lado del mundo, la infancia de Camila transcurría entre el polen de las jacarandas y el sonido de la radio que inundaba la cocina de los Mendoza. Ella era la paz personificada, pero una paz con chispa imponente. No necesitaba gritar como Vanya para hacerse notar. Le bastaba con una mirada firme, heredada de abuelas que sobrevivieron a revoluciones, para detener cualquier regaño.
Mientras los trillizos rusos aprendían a distinguir el sonido de un arma de fuego, Camila aprendía a distinguir el punto exacto de la masa para las tortillas y el color de las nubes que anunciaban lluvia sobre el Valle de México. Su carácter se forjaba con la suavidad del terciopelo pero la resistencia del obsidiana; era una niña que sabía esperar, que observaba los pájaros con la misma intensidad con la que Misha observaba los números, pero con una diferencia vital: ella buscaba belleza donde ellos buscaban control.
Dos mundos crecían en paralelo, alimentados por leches distintas pero unidos por un hilo invisible de curiosidad. Los niños Petrov aprendían que el amor era protección blindada; Camila aprendía que el amor era una mesa compartida. Ninguno sospechaba que, en algún punto del camino, el análisis silencioso de uno de los varones rusos o la fuerza volcánica del otro encontrarían su equilibrio perfecto en la serenidad inquebrantable de la niña morena.
Las raíces se hundían profundo: unas en el permafrost siberiano y otras en la tierra volcánica de México. El destino solo esperaba el primer brote para cruzarlos
El destino es caprichoso pueden pasar mil vidas, pero si un alma se entrega a otra estas se buscarán en cada una sin conocer tiempo, espacio, distancia o época.
Ellos aún no se conocían, pero ya se necesitaban, se sentían y se escuchaban eran almas desesperadas apartadas por kilómetros pero que sabían que aun así se pertenecían.