Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 16: El veredicto del viejo zorro
Los primeros rayos del sol invernal apenas lograban entibiar la capital cuando Christopher cruzó el umbral de la residencia veraniega de la Casa de Kalen. El príncipe no vestía el uniforme de gala de la noche anterior, sino una casaca negra más sencilla, pero su porte seguía siendo el de un hombre que cargaba con el peso de una batalla recién librada. Había pasado la madrugada entera coordinando a las *Black Shadows* para terminar de desmantelar los escondites de la facción corrupta; los traidores habían sido diezmados y el peligro inmediato para la corona estaba bajo control.
Sin embargo, a pesar del éxito militar, la mente del heredero seguía estancada en los muros de la vieja biblioteca imperial, específicamente en el recuerdo de unos ojos almendrados que lo miraban sin pizca de temor.
Encontró al viejo Conde Kalen en el salón principal, sentado cerca de la chimenea con una manta sobre las piernas y un plato de frutas que devoraba con evidente desgana, maldiciendo entre dientes la estricta dieta libre de tabaco que su hija Alissa le había impuesto.
—Vaya, pero si es el gran héroe de la noche —refunfuñó Kalen, alzando la mirada y golpeando el suelo con la punta de su bastón—. Escuché los rumores del palacio. Sangre, conspiradores ejecutados y las sombras limpiando el salón. Supongo que vienes a presumir que salvaste el pellejo de tu padre.
—La facción corrupta fue neutralizada, conde —respondió Christopher, dejándose caer en el sillón de enfrente con un suspiro pesado—. No queda ningún cabo suelto en la capital. El Emperador está a salvo.
Kalen no respondió de inmediato. Sus ojos pequeños y astutos se entrecerraron, abandonando el plato de frutas para fijarse detenidamente en el brazo izquierdo del príncipe. Christopher llevaba la manga de la casaca recogida, dejando al descubierto un vendaje impecable, firme y apretado con una destreza casi profesional. Pero lo que verdaderamente llamó la atención del anciano no fue la técnica del vendaje, sino el material: una tira de satén de un lujosísimo color azul medianoche, deshilachada en los bordes por un tirón violento. El viejo zorro del sur, que conocía al dedillo los colores y telas de la alta sociedad, no tardó ni un segundo en atar cabos.
Una sonrisa cargada de pura picardía se dibujó en los labios arrugados del conde.
—Qué curioso vendaje, muchacho —lo picó Kalen, apuntando el brazo con su bastón—. No sabía que los médicos reales ahora usaban seda fina y costosa de vestidos de gala para curar a los soldados. Ese color azul me resulta terriblemente familiar... ¿No era el de la prometida imperial?
Christopher se tensó de inmediato, bajando la manga a toda prisa para ocultar el satén, sintiendo cómo el rostro se le encendía de una frustración que ya no era rabia, sino un sentimiento mucho más profundo, confuso y devorador.
—No empieces, viejo —siseó el príncipe, desviando la mirada hacia el fuego de la chimenea—. Hubo un contratiempo en el pasillo tras el ataque. Estaba perdiendo sangre y ella... Sophia simplemente apareció.
—¿Y qué hizo la temible duquesa? ¿Te dejó morir en el suelo por irrespetuoso? —preguntó el conde, conteniendo la risa con dificultad.
—Hizo todo lo contrario —confesó Christopher, pasándose una mano por el cabello rubio platinado con genuina exasperación—. Se olvidó por completo de la etiqueta. Me ordenó sentarme como si fuera uno de sus sirvientes, rompió su propio vestido sin dudarlo y me vendó el brazo con una firmeza que casi me deja sin circulación. Y lo peor de todo, Kalen... lo verdaderamente desquiciante es que me regañó. Me llamó idiota, me llamó imprudente por haberla cubierto con mi cuerpo y me habló con una autoridad que ningún general de mi ejército se atrevería a usar conmigo.
El conde Kalen escuchó la queja con los ojos abiertos de par en par, asimilando cada palabra, cada tono de desesperación y cada gesto de desconcierto del joven heredero al trono. El silencio duró apenas tres segundos antes de que el anciano soltara una carcajada ronca, ruidosa y tan fuerte que tuvo que apoyarse con ambas manos en su bastón para no irse hacia adelante.
—¡Te lo dije! ¡Por los dioses, te lo dije en este mismo lugar! —exclamó Kalen entre risas, las lágrimas asomándose en las comisuras de sus ojos—. ¡Ya no eres el cazador, Christopher! Estás completa y absolutamente domesticado. El gran verdugo del Imperio, el líder de las sombras que hace temblar a los corruptos, humillado y mangoneado por una jovencita en una biblioteca vacía. ¡Esto es el mejor espectáculo que he visto en toda mi vida!
—¡No es gracioso! —replicó Christopher, poniéndose en pie con los puños apretados—. Ella vio mis manos manchadas de sangre, me vio matar a esos mercenarios sin piedad allá adentro. Se se supone que debía mirarme con horror, con el asco que todos sentirían cuando descubren lo que soy en realidad. Pero ella no pestañeó. Me curó como si mi vida le importara de verdad. No entiendo qué demonios busca de mí.
El viejo Kalen detuvo su risa, clavando su mirada sabia y experimentada en las pupilas encendidas del príncipe. La diversión se transformó en un veredicto implacable, dictado por la voz de la experiencia.
—Muchacho tonto. Ella vio al monstruo ensangrentado y, en lugar de huir, decidió vendarlo y protegerlo a su manera —dijo el conde, negando con la cabeza con una sonrisa llena de afecto—. Ya perdiste el juego, Christopher. Estás enamorado de ella hasta la médula y te aterra admitirlo porque no sabes cómo un asesino puede ser el dueño de un corazón así. Ahora, hazme el favor de largarte de mi salón. Deja de dar vueltas como un lobo asustado por su propia sombra y ve a hacer lo que un verdadero hombre del Imperio hace cuando encuentra a su par: protegerla ante el mundo. ¡Fuera de aquí, que tus dilemas de enamorado me van a dar más tos que el tabaco!
Christopher abrió la boca para protestar y negar rotundamente las palabras del anciano, pero Kalen simplemente le dio un empujón amistoso con la punta del bastón en la espinilla, obligándolo a dar la vuelta. El príncipe salió de la residencia a zancadas furiosas, con el corazón latiéndole a un ritmo frenético bajo la casaca negra, sabiendo perfectamente que el veredicto del viejo zorro acababa de dar en el blanco más doloroso de su alma.