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La Sangre Que Doblegó Al Rey

La Sangre Que Doblegó Al Rey

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Hombre lobo / Mujer poderosa
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Caami Puig

Sophia Clarkson, 17, heredera de Luna Plateada.
Kael Drevon, 24, rey de reyes de Colmillo Negro.

No se conocen. Pero el hilo los encontró.

A 600 kilómetros, ella se quema las manos para no correr hacia él.
Él apoya la frente en vidrio frío para no decir su nombre.

NovelToon tiene autorización de Caami Puig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

*Parte 1: Agua y Preguntas*

El vapor le quemaba los pulmones y le llenaba la boca con sabor a hierro.

Kael no salía. No podía. Hundido hasta el cuello en la bañera de piedra negra, el agua hirviendo le arrancaba capas de guerra de la piel. Primero se fue la sangre seca del alfa marrón. Después se fue el olor a miedo de Dren. Después se fue el aullido de Amarok que todavía le retumbaba en los dientes.

Pero no se iba la culpa.

Los tres colmillos tatuados sobre su pecho subían y bajaban con cada respiración. Ulf. Bran. El padre. Tres marcas que antes eran orgullo. Ahora eran deuda. Ulf le enseñó a ser rey. Bran le enseñó a ser hermano. Él... él padre le enseño que Colmillo Negro su rey podía volverse monstruo.

"Humano" se ordenó bajito. Como si el dios adentro no supiera hablar. "Respira. Humano. Respira".

Por primera vez en quince años de reinado se había quebrado entero. Huesos rotos. Músculo desgarrado. Pelo negro naciendo desde adentro. Sintió a Amarok abrir los ojos dorados detrás de los suyos y mirar el valle como si fuera suyo. Y volvió. Trajo a la bestia de vuelta a la jaula. Con correa corta. Con sangre en la boca.

"La próxima vez" le susurró al vapor, como si Amarok pudiera oírlo desde atrás de las costillas, "despiertas cuando yo lo ordene. No cuando sangre un cachorro. No cuando muera un hombre. Cuando yo lo decida".

El agua se iba enfriando. Se iba poniendo rosa. Después limpia otra vez. Como si la montaña quisiera borrar lo que pasó. Pero Kael sabía que la piedra no olvida. La piedra guarda.

Tres golpes en la puerta de roble. Dos rápidos. Uno lento.

Rafe. Código de hermanos desde que tenían doce años y robaban pan de la cocina de Ulf.

Kael se envolvió en la manta de piel de oso blanco. La manta de Bran. Le quedaba grande. Le quedaba como culpa. Abrió.

Rafe y Toren estaban afuera. Sin armadura. Sin hacha. Sin dagas a la vista. Solo dos hombres con la cara marcada de hollín, cortes superficiales, y ojos que habían contado muertos y se habían negado a creer el número.

"¿Herido?" preguntó Rafe. La voz se le quebró en la última sílaba. Ojos de general escaneándole el pecho, las costillas, el cuello. Y hay estaban las garras marcadas.

"Un poco, nada que no cure Amarok" dijo Kael. Voz ronca por el agua y por el aullido que partió montañas. "Humano. Por ahora".

Toren asintió una sola vez. No hizo preguntas. Los tres sabían que preguntar "¿estás bien?" después de que un dios viejo despierta es insultar al otro.

Bajaron al salón principal. Y ahí Kael entendió por qué la montaña no se quebró.

El salón de piedra estaba lleno. No de muertos. De vivos.

*Ochenta guerreros*. Hombro con hombro. Sentados en bancos, en el suelo, apoyados en las columnas. Algunos se vendaban entre ellos con tiras de lino hervido. Otros afilaban lanzas melladas contra piedras. Otros solo respiraban, mirando el fuego, como si no pudieran creer que seguían respirando.

Se reían bajito. Maldecían. Se empujaban. Para que los cachorros no oyeran el miedo en sus voces.

Rafe golpeó la mesa de roble con el puño. No fuerte. Lo justo para que los ochenta callaran. Voz de general. De hombre que cuenta muertos en la guerra y decide qué hacer con los vivos:

"Informe real, Kael. Sin adornos. *Ochenta guerreros defendieron la muralla norte*. Ochenta hermanos. De ochenta, *setenta y siete siguen en pie*. Tres caídos. Tres lápidas nuevas en la ladera. Dren de los establos. veintiséis años. Cayó defendiendo el círculo con una lanza que le quedaba grande. Hark y Vell. Hermanos de sangre y de lanza. Murieron cerrando el boquete norte con sus cuerpos cuando doce lobos marrones saltaron juntos. Se llevaron doce lobos con ellos antes de caer. Los mataron peleando, no gritando".

Hizo una pausa. Tragó saliva. Siguió:

"Los setenta y siete restantes: cincuenta con cortes, golpes, flechazos en el brazo. Cierran en una semana y vuelven a empuñar lanza. Veintisiete con heridas profundas. Costillas rotas. Muslos abiertos. Hombros dislocados. Pero sin hueso roto. Sin fiebre. Sin olor a muerte. Todos van a volver. Todos juraron volver".

Toren desenrolló el segundo pergamino. Su letra era exacta. Fría. La letra de un hombre que cuenta flechas antes de una emboscada y no se equivoca:

"*Ciento doce mujeres*. La mayoría esposas, hermanas, madres de los ochenta guerreros. Mira, esposa de Hark, mató a un lobo con la lanza de su marido cuando él cayó. Le atravesó el ojo y le gritó al oído: 'Eso es por mi hombre'. Después se quebró tres costillas sosteniendo la tapa del sótano con su espalda mientras los lobos chocaban desde afuera. Su hijo mayor, de ocho años, le sostuvo la mano y no lloró. Ninguna mujer fue tocada. Ninguna fue arrastrada. Ninguna fue violada. El círculo aguantó. Las madres aguantaron".

Guardó el pergamino. Sacó otro. Más chico. Más pesado.

"Y los cachorros" Rafe habló ahora. Y por primera vez su voz de roca se quebró: "*Ochenta y tres cachorros*. Desde bebés de meses, hasta pibes de Diesisiete años. Ninguno muerto. Ninguno tocó la nieve. Sus madres los metieron en los sótanos y se sentaron arriba como piedras. Como si su peso pudiera más que los colmillos".

Se acercó a Kael. Bajó la voz para que solo él oiga:

"Los hijos de Hark: tres. El mayor tiene ocho años y carga la lanza de su padre. Pesa más que él. Los hijos de Vell: dos. Una nena de cinco que no soltó la mano de su madre ni cuando el sótano tembló. Los hijos de Dren: Dren no llegó a tener hijos. Esos cinco... esos cinco. Yo los crío. Yo les enseño a empuñar lanza. Yo les cuento quiénes fueron sus padres para que no olviden".

Kael miró el salón. Ochenta guerreros vivos. Ciento doce mujeres. Ochenta y tres cachorros. *Doscientas setenta y cinco almas*. Solo tres lápidas nuevas en la montaña.

Las matemáticas de la guerra decían que debían morir cuarenta. Los lobos marrones eran ochenta y más. Cuatro a uno. En número, en tamaño, en rabia. Las matemáticas decían que Colmillo Negro debía ser ceniza.

Pero las matemáticas no contaban con un rey que se quiebra en la nieve y deja salir a Amarok. No contaban con madres que se sientan sobre tapas de sótano. No contaban con hermanos que mueren cerrando boquetes con el cuerpo.

"Tráelas" ordenó Kael. Voz ronca. De hombre, no de rey. "A las esposas de Hark, Vell y Dren primero. Después al resto. Una por una. Sin prisa. Quiero verles los ojos. Quiero que me digan si sus hijos están bien. Si tienen frío en las noches. Si me odian por no haber llegado un segundo antes".

Toren guardó el último pergamino. Miró a Kael directo a los ojos verdes, que por un segundo volvieron a ser dorados:

"Mira, la esposa de Hark, está afuera. Con los tres hijos. El mayor carga la lanza de su padre. La punta le llega al pecho. Me dijo, palabra por palabra: 'Dile al rey que mi hijo no le teme a Amarok. Le teme a que Amarok no vuelva si los lobos vuelven otra vez'".

Eso le pegó más duro que cualquier colmillo. Más duro que el cuello del alfa marrón quebrándose en sus fauces.

Kael tomó la pluma de obsidiana. La misma que arruinó el tratado de paz en la mañana cuando sintió el enlace de Rafe gritar "nos atacan". La mojó. No en tinta negra. En el cuenco de agua.

Firmó en un pergamino limpio. Un solo trazo firme. Mano de rey. Pulso de acero.

_Kael, Rey de reyes de Colmillo Negro._

Y abajo, más pequeño, como una nota al margen que solo él y la montaña leerían, como promesa y como amenaza:

_Deudor de 3. Protector de 272._

Afuera el viento aullaba en las Montañas de Hueso. Un aullido largo, sin lobos. Solo piedra y nieve.

Adentro del salón, setenta y siete guerreros maldecían mientras se vendaban heridas y se reían de cicatrices nuevas. Ciento doce mujeres calentaban sopa en calderos grandes y repartían vendas hervidas. Ochenta y tres cachorros volvían a pelear con espadas de madera y escudos de tapa de olla.

Colmillo Negro sangró tres veces. Y se mantuvo en pie doscientas setenta y dos veces.

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Tamara Cruz
👏
Caami Puig
Hola buenas noches!
voy a estar subiendo capitulos día por medio. así tengo tiempo de planificar y crear. espero que le guste. estaba haciendo otra novela. pero no me convencio, asiq espero que está si puedan disfrutar. muchas gracias y cualquier cosa que quieran decirme bienvenido sea❤️❤️❤️❤️🥰🥰🥰🥰
ximijass: cuando esté completa, avisa!!!!🥰🥰🥰👏☺️
total 1 replies
Claudia Correa
es entretenida, y me gusta q la trama se desarrolle en Argentina
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