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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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El Granito de las Tierras Altas

El invierno de Escocia no conocía la piedad. El viento del norte aullaba entre los riscos de la isla de Skye, arrastrando una cellisca congelada que golpeaba como agujas las murallas del Castillo de Dunollie. Erigido sobre un acantilado de granito negro que se hundía directamente en las aguas oscuras y violentas del Atlántico, el bastión de la familia MacInnes parecía menos una residencia y más una extensión de la propia roca.

Lucciana Bianchi observaba el romper de las olas desde el interior de un automóvil de línea clásica que avanzaba penosamente por el camino de tierra y lodo congelado. El traqueteo del motor era el único contrapunto al metrónomo helado de su pecho, que respondía al clima ártico con una quietud sepulcral.

En el asiento trasero, junto a ella, reposaba su maletín de cuero. Dentro, el frasco de plata de los Vance guardaba una calidez que ya sumaba dos años de luz dorada. Dos victorias. Dos almas saldadas. Pero la marca en su palma izquierda, bajo el guante de encaje, tiraba de sus tendones con la insistencia de un cabo tenso. El territorio que pisaban era diferente; aquí la magia no se escondía en óleos ni en partituras matemáticas. Aquí la herejía era tan vieja y tosca como las piedras.

—Lord Alistair MacInnes es un hombre pragmático —comentó Luca Ferro, sentado al otro lado del habitáculo.

Vestía un pesado abrigo de lana escocesa verde musgo y sostenía un termo de plata del que emanaba un vaho con aroma a clavo y brandy, aunque el cristal del termo permanecía cubierto de escarcha mística.

—Los norteños no confían en los bancos de París ni en los salones de Viena. Cuando Alistair me llamó en 1901 para salvar a su clan de la ruina y asegurar la propiedad de estas tierras frente a la Corona, no pidió finanzas ni genialidad. Pidió la permanencia del granito. Quería que los cimientos de su linaje fueran indestructibles.

—¿Y cuál fue el colateral? —preguntó Lucciana, sin apartar los ojos del perfil del castillo que se recortaba contra el cielo de tormenta.

—El calor de su descendencia —respondió el Diablo con una sonrisa gélida—. Literalmente. Cada primogénito de los MacInnes nace con la sangre tan fría que los médicos lo confunden con un mortinato, hasta que el niño respira. Una línea de espectros de carne. El plazo de su contrato venció cuando el invierno tocó las islas en diciembre. Pero Alistair ha cerrado las puertas del castillo. Ha aplicado lo que los antiguos pictos llamaban El Sellado del Brezo.

Lucciana entornó los ojos, activando la visión alterada por el pacto. A través de los cristales empañados del coche, el Castillo de Dunollie no se veía gris, sino envuelto en una costra de energía telúrica de un verde pálido y rancio. Los muros de granito no solo detenían el viento; absorbían las líneas Ley de la isla, creando un vacío místico que impedía que cualquier entidad del abismo cruzara el foso.

—El aislamiento absoluto —murmuró Lucciana—. Si no puedes entrar a la propiedad, no puedes reclamar la deuda.

—Exacto. Pero el Sellado del Brezo tiene una debilidad que los señores de la piedra siempre olvidan —Luca Ferro estiró sus dedos enguantados, señalando las uniones de las murallas—. Una fortaleza inmóvil es una fortaleza muerta. Como restauradora, sabes que la piedra que no respira termina por agrietarse bajo su propio peso. Yo no puedo cruzar, Lucciana. Pero tú entras bajo la ley de la hospitalidad. Alistair ha convocado a los mejores canteros e ingenieros de Europa para consolidar la estructura antes de que el invierno termine. Y tú... eres mi experta en grietas.

El automóvil se detuvo frente al inmenso portón de roble y hierro del castillo. Un par de sirvientes cubiertos con mantas de lana pesada se acercaron a abrir la portezuela, sus alientos formando densas nubes de vapor. Al bajar, Lucciana sintió que el Sellado del Brezo golpeaba su pecho como una presión física, un intento de la tierra escocesa por expulsar el fuego azul que llevaba en las venas. Pero ella apretó el bastón de ébano y forzó sus pasos hacia el umbral.

El gran salón de Dunollie era una caverna de piedra iluminada por inmensas chimeneas donde ardían troncos enteros de pino, aunque el calor parecía evaporarse antes de tocar el centro de la estancia. Lord Alistair MacInnes esperaba de pie junto a una mesa de roble. Era un gigante de setenta años, de barba blanca y rala, vestido con el kilt tradicional de su clan. Sus manos, deformadas por la artritis y los años de empuñar el acero, sostenían un plano topográfico de la fortaleza.

—La Condesa di Santa Croce —anunció el mayordomo con un acento cerrado.

Alistair levantó la vista. Sus ojos eran del color del mar del norte en un día de tormenta: un gris lavado, desprovisto de cualquier calidez humana. Al estrechar la mano derecha de Lucciana, ella sintió que tocaba una pieza de hielo. El contrato ya estaba cobrando su precio en su carne, endureciéndolo antes de tiempo.

—Llega tarde, Condesa —dijo Lord MacInnes, su voz un retumbo que pareció hacer vibrar los escudos de armas colgados en las paredes—. Los ingenieros de Edimburgo ya han inspeccionado la torre del homenaje. Dicen que el asentamiento es natural. Pero yo sé que la piedra está cediendo. Se escucha un crujido por las noches. Un crujido que viene de los sótanos.

—La piedra nunca cede por razones naturales cuando tiene una deuda que sostener, Milord —respondió Lucciana, manteniendo la gélida compostura que había perfeccionado en los salones de Viena—. El granito es eterno solo si se le permite interactuar con el suelo. Su Sellado del Brezo está ahogando los cimientos del castillo. Si no abrimos una vía de escape para la presión que ha acumulado, Dunollie se desmoronará sobre su cabeza antes del deshielo.

El viejo lord se tensó, y por primera vez un destello de sospecha cruzó sus ojos grises.

—¿Cómo sabe lo del Sellado? Esa es una palabra que solo los viejos del clan pronuncian.

—Soy restauradora, Lord MacInnes —Lucciana dio un paso hacia la chimenea, quitándose el guante izquierdo con un movimiento deliberado, revelando la runa azul que comenzó a pulsar débilmente en respuesta a la densidad del lugar—. Mi trabajo no es solo limpiar la superficie; es leer lo que los constructores ocultaron bajo la mezcla. Y usted ocultó una rúbrica de sangre en la piedra angular de este salón.

Alistair retrocedió un paso, llevando la mano instintivamente a la empuñadura del dirk —el puñal escocés— que llevaba al cinto.

—¡Una enviada del Diablo! —rugió, y al unísono, cuatro de sus hombres de confianza que custodiaban las puertas dieron un paso al frente, desenvainando sus hojas de acero—. Creí que los muros os mantendrían fuera. ¡Los sacrificios están hechos! El clan está protegido por el pacto de la tierra.

—La tierra no acepta contratos a perpetuidad si el deudor deja de pagar los intereses, Milord —siseó Lucciana.

Antes de que los guardias pudieran cerrarle el paso, Lucciana golpeó el suelo con la empuñadura de su bastón de ébano. No usó una ráfaga de fuego azul; el Sellado del Brezo la habría anulado en segundos. En su lugar, utilizó la propia debilidad de la estructura.

Concentró la esencia helada de su pecho y la proyectó a través de la madera del bastón hacia la junta de mortero que pasaba bajo sus pies. Como restauradora, sabía exactamente dónde aplicar la tensión para fragmentar un bloque dañado.

Una grieta perfecta y limpia se abrió en el suelo de mármol del salón, viajando a la velocidad de un rayo hacia la mesa de roble y dividiéndola en dos con un chasquido ensordecedor. El impacto desestabilizó las vigas del techo, provocando una lluvia de polvo y fragmentos de piedra que obligó a los guardias a cubrirse los rostros.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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