En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Plan en marcha.
Media hora después, la música cambió a un ritmo más movido y Axel la tomó de la mano, arrastrándola hacia una zona menos congestionada de la terraza.
—¡NO! —gritó Liv entre risas, cubriéndose la cara con la mano libre—. ¡No pienso hacer esto, Axel!
—¡Sí! —respondió él, moviéndose con una soltura natural—. Es solo bailar. No estamos en la ópera.
—¡Te dije que no sé bailar! ¡Parezco un refrigerador intentando moverse!
—Nadie sabe bailar aquí, Liv. Míralos. Solo fingen que tienen ritmo porque el alcohol es caro.
—¡Eso no ayuda en nada a mi autoestima!
Axel, rompiendo su propia regla de mantener distancia física, tomó suavemente ambas manos de la chica. Su tacto era firme y extrañamente cálido.
—Mírame a mí. Olvídate de los demás.
Liv lo hizo. Sus ojos se encontraron.
—Solo sigue el ritmo de la música. El que tú quieras.
—Eso suena sumamente irresponsable para una estudiante con promedio perfecto.
—Exacto. De eso se trata.
Y entonces pasó. Liv dio un paso torpe, sus botas resbalaron un poco en el suelo pulido y, soltando un grito ahogado, estuvo a punto de caer. Pero los reflejos de Axel fueron más rápidos. La tomó por la cintura, apegándola a su pecho para estabilizarla.
El mundo pareció detenerse. Axel pudo sentir los latidos acelerados del corazón de Liv y la suavidad de su cuerpo. Ella se quedó sin aliento, mirándolo desde abajo con las mejillas encendidas.
Entonces, Liv rompió la tensión con una carcajada limpia. Rió de verdad. Fuerte, libre, sin esconder sus dientes, sin importarle si su silueta se veía perfecta o no bajo las luces.
Axel se la quedó mirando un segundo más de lo necesario. Algo dentro de su pecho, un engranaje frío que creía inamovible, se movió de su lugar. Le generó una extraña sensación de vértigo. Rápidamente, la soltó y carraspeó, ignorando el sentimiento.
Desde el otro lado de la zona VIP, Louis observaba la escena con una sonrisa torcida, dándole un trago a su copa.
—No pensé que el alemán se rebajaría a bailar en público con la becada. Está llevando el papel muy en serio.
Chloé, que estaba sentada a su lado, no respondió. Tenía los dedos apretados alrededor de su copa de champaña. Sus ojos calculadores estaban fijos en Liv, en la forma en que reía con una libertad que ella, atrapada en las apariencias de la alta sociedad, jamás había tenido. Pero lo que más le molestó fue la mirada de Axel. Conocía a Axel desde Berlín; sabía cómo miraba a sus conquistas: con aburrimiento predatorio.
Pero ahora, Axel miraba a Liv con una chispa de desconcierto.
—Es solo parte del juego —dijo Chloé finalmente, forzando una voz fría y distante—. Quiere asegurar la apuesta rápido para ganarle a tu escepticismo, Louis.
Sin embargo, sus propias palabras no sonaron convencidas en absoluto.
Minutos después, en la calle, el aire gélido de la noche parisina golpeó el rostro de Liv, refrescando sus mejillas.
—Eso fue… demasiado para mis sentidos —dijo, apoyando la espalda contra la pared de piedra del edificio, respirando hondo.
—Y sobreviviste a la jungla —bromeó Axel, colocándose las manos en los bolsillos de su abrigo.
—Apenas. Creo que perdí tres años de vida por el estrés.
Axel sonrió de lado.
—¿Te arrepientes de haber roto tu rutina segura?
Liv lo pensó un momento. Recordó la adrenalina, la risa y la calidez de las manos de Axel sosteniéndola.
—No —admitió en un susurro—. No me arrepiento.
—Bien.
—Pero no creas que me vas a arrastrar a estos antros de juniors todos los días, Von Lindberg.
—Eso ya lo veremos. Soy un hombre muy persistente.
—Sí, ya me di cuenta. Es una cualidad bastante fastidiosa.
Silencio. El tráfico de París se escuchaba a lo lejos. Liv lo miró de reojo, su expresión se volvió un poco más seria, más vulnerable.
—Gracias, Axel… —murmuró.
Él arqueó una ceja.
—¿Por qué? Solo te invité un refresco de manzana.
—Porque… —Liv dudó, apretando su cuaderno contra ella—. Nadie en esta universidad se había tomado el tiempo de… de hacerme sentir que existo. Que importo, aunque no tenga un apellido como el tuyo.
No terminó la frase. No hacía falta. Sus ojos reflejaban una gratitud tan pura y honestidad tan transparente que Axel sintió un golpe físico en el centro del pecho. Un nudo incómodo. Un remordimiento prematuro que nunca antes había experimentado en Berlín. Él estaba jugando con fuego, y ella le estaba entregando su confianza con un corazón de oro.
—Acostúmbrate —dijo Axel, desviando la mirada hacia los autos que pasaban, incapaz de sostenerle la vista—. Apenas estamos empezando el trimestre.
Esa misma noche, en la fastuosa y fría habitación de su penthouse pagado por su padre, Axel se sentó en la cama y abrió su celular. El chat grupal vibraba con notificaciones.
Grupo: Sistema
Louis: ¿Y bien? ¿Qué pasó en la terraza?
Pierre: ¿Ya cayó la cenicienta?
Chloé: No te tardes, Lindberg. No tengo toda la temporada para este juego.
Axel miró los mensajes. Por primera vez en su vida, sintió una profunda oleada de fastidio al leer a sus amigos. Dudó un segundo entero, con los dedos suspendidos sobre el teclado virtual.
Luego, escribió la respuesta que el grupo esperaba del gran casanova de Berlín:
Fase 1 completa. Confianza ganada. Es mucho más fácil de lo que pensé. Las chicas tímidas caen con tres palabras bonitas.
Hizo una pausa. Miró la pantalla. Un sabor amargo le inundó la boca. Estuvo a punto de escribir: "Pero ella no es como las demás", pero sus dedos se detuvieron. El orgullo de su apellido y el miedo a ser la burla de Chloé y Louis lo frenaron. Borró el texto.
Suspiró con pesadez, arrojó el celular sobre la mesa de noche y se frotó el rostro con las manos.
Mientras tanto, al otro lado de París, en un modesto departamento de estudiantes…
Liv estaba acostada en su cama, envuelta en sus cobijas, mirando el techo con una sonrisa boba dibujada en los labios. Encendió la lámpara de noche, abrió su cuaderno y, con el carboncillo, comenzó un nuevo dibujo en la esquina de la página de los castillos.
Dibujó la silueta de la terraza de Le Marais. Y en el borde, dos figuras tomadas de la mano, bailando bajo las estrellas de París.
Axel cerró los ojos en su cama, tratando de convencerse a sí mismo de que todo estaba bajo estricto control, que solo era un juego de ego para demostrar su poder.
Sin darse cuenta de que, por primera vez en su vida, el tablero se había roto… y él ya no tenía el control de nada.
me gustó mucho