Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.
Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.
Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.
Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.
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04
El acuerdo, sellado en el silencio de la biblioteca, se trasladó al mundo real al día siguiente. Se encontraron en un café cerca del campus, un lugar que Leo sugirió y que Noah inicialmente desaprobó por su ruido y su falta de privacidad. Pero cuando Leo le trajo un café con leche sin azúcar, "porque vi cómo lo tomabas en el laboratorio", Noah se encontró sin argumentos.
—Bien, arquitecto del caos —dijo Noah, desplegando su laptop sobre la mesa de madera—. Tu festival. Mi estructura. Empecemos con lo más importante: el presupuesto.
—O podríamos empezar con lo más importante: el sentimiento —replicó Leo, sorbiendo su café—. ¿Qué queremos que la gente sienta cuando venga a nuestro festival?
Noah frunció el ceño. —Eficiencia. Que su dinero está siendo bien utilizado. ¿No es eso suficiente?
—No —dijo Leo, sacando su cuaderno—. No es suficiente. Queremos que se sientan parte de algo. Que vean a los estudiantes cuyas vidas están cambiando. Que escuchen sus historias.
Mientras hablaba, Leo dibujaba. No bocetos abstractos esta vez, sino un diseño concreto del patio central. Ubicó un escenario principal, pero también espacios más pequeños para "micro-conciertos". Dibujó una zona para "historias vivas", donde los beneficiarios de becas pasadas pudieran compartir sus experiencias.
—Es... ineficiente —dijo Noah, pero sus ojos estaban fijos en el dibujo—. Demasiado espacio dedicado a actividades que no generan ingresos directos.
—Generan algo más importante —dijo Leo, sin levantar la vista—. Generan conexión. Y la conexión genera lealtad. Y la lealtad genera donaciones a largo plazo, no solo una noche.
Esa frase golpeó a Noah. Donaciones a largo plazo. No había pensado en eso. Su plan se centraba en maximizar los ingresos de una sola noche. El plan de Leo parecía estar pensando en el futuro.
—¿Cómo propones que financiamos todo esto? —preguntó Noah, su voz ahora más neutral—. Mi plan ya incluía patrocinadores para la gala. No creo que quieran patrocinar un... festival.
—Porque no lo hemos presentado correctamente —dijo Leo, cerrando su cuaderno—. Ven. Hay alguien a quien quiero que conozcas.
Noah dudó. Su instinto le decía que se mantuviera en su plan, en su control. Pero la curiosidad, esa maldita curiosidad que Leo había despertado en él, ganó la batalla.
Cerró su laptop y siguió a Leo a través del campus. No se dirigían a ningún edificio académico. En su lugar, Leo lo llevó al centro de estudiantes, y luego abajo, hacia los sótanos que albergaban las salas de ensayo de los grupos musicales.
Desde una de las salas escapaba el sonido de una guitarra eléctrica, distorsionada pero melódica. Leo abrió la puerta sin llamar.
Dentro, una chica con el pelo teñido de azul y jeans rotos estaba ajustando un pedal de efectos. Se irguió cuando los vio, su expresión inicialmente hostil se suavizando cuando reconoció a Leo.
—Moreau —dijo, su voz ronca por el uso—. ¿Qué quieres? Estoy en medio de algo.
—Maya —dijo Leo, ignorando su tono—. Te presento a Noah Sullivan. Noah, esta es Maya Chen, la genio musical detrás de "Los Desubicados".
Maya levantó una ceja. —¿El candidato a beca Richardson con el palo metido hasta el...?
—Maya —la interrumpió Leo, con una sonrisa—. Estamos planeando un festival de recaudación de fondos para las becas de verano. Y pensamos que tú y tu banda serían perfectos para el escenario principal.
Maya se rio, un sonido corto y cínico. —¿Un festival? ¿Patrocinado por la universidad? Eso va a ser aburrido. Música suave, gente elegante con copas de vino en la mano. No, gracias.
—¿Y si fuera diferente? —dijo Noah, sorprendiéndose a sí mismo al intervenir—. ¿Y si fuera música real, gente real? ¿Y si tú pudieras elegir a las otras bandas?
Maya los miró a ambos, su escepticismo luchando con su interés.
—¿Qué hay para mí? —preguntó finalmente—. Además de la oportunidad de tocar para un montón de exalumnos ricos.
—Visibilidad —dijo Noah, entrando en su elemento—. Podríamos incluir tu música en los materiales de promoción. Podríamos conseguir que la radio local cubra el evento. Es una plataforma.
—Y podríamos tener un espacio para artistas emergentes —agregó Leo—. Un lugar donde la gente como tú pueda mostrar su trabajo sin tener que ajustarse a las normas de la universidad.
Maya los miró por un largo momento. —¿En serio? ¿Ustedes dos? El rey del hockey y el robot de la biblioteca?
—Somos más que eso —dijo Leo, su mirada cruzando brevemente la de Noah—. Y creo que tu festival también puede ser más que un simple evento de recaudación de fondos.
Maya suspiró, pero una sonrisa juguetona se dibujó en sus labios. —Está bien. Estoy dentro. Pero si veo un solo violín, me voy.
—Trato —dijo Noah, extendiendo la mano.
Maya la estrechó, su grip fuerte y segura. —Voy a necesitar una lista de equipos. Y un presupuesto decente para sonido.
—Tendrás lo que necesites —prometió Noah, y se sorprendió al darse cuenta de que lo decía en serio.
De vuelta en el exterior, el sol de la tarde se filtraba entre los árboles del campus. Noah sintió una extraña mezcla de pánico y emociente. Acababan de añadir una variable impredecible a su ecuación perfecta.
—¿Lo ves? —dijo Leo, mientras caminaban—. No se trata solo de planificar. Se trata de conectar.
—Ella nos llamó robot y rey del hockey —dijo Noah, aunque sin el resentimiento que habría sentido unas horas antes—. No exactamente un cumplido.
—Es porque nos ve como símbolos, no como personas —dijo Leo—. Pero eso cambiará. Cuando la gente vea que estamos haciendo esto de verdad, que nos importa, su opinión cambiará.
Noah no respondió. Estaba procesando. La interacción con Maya había sido... diferente. No había seguido su guion. No había respondido a sus lógicas proyecciones. Había respondido a la pasión de Leo, a la promesa de autenticidad. Y él, Noah, había contribuido. No con datos, sino con una promesa de visibilidad.
—Necesitamos un nombre para el festival —dijo Noah, cambiando de tema—. Algo profesional pero accesible.
—¿Qué te parece "Ritmos de Otoño"? —sugirió Leo—. Evoca música, comunidad, la temporada.
—Demasiado poético —dijo Noah, aunque la frase resonaba en él—. Necesitamos algo que indique claramente el propósito. "Festival de Becas de Westbrook". Directo. Informativo.
—¿Y si combinamos ambos? —dijo Leo—. "Ritmos de Otoño: Un Festival por las Becas de Westbrook". Un poco de poesía, un poco de propósito.
Noah se detuvo, mirando a Leo. Estaba sonriendo, esa sonrisa que parecía iluminar su rostro desde dentro. Y en ese momento, Noah se dio cuenta de algo que lo desconcertó por completo: le gustaba la idea. No solo la lógica de ella, sino la sensación. El equilibrio.
—De acuerdo —dijo Noah, asintiendo lentamente—. "Ritmos de Otoño". Pero necesito empezar la planificación inmediatamente. Necesitamos un comité, un cronograma, un plan de marketing...
—Y yo necesito un café —dijo Leo, señalando el café al que habían ido antes—. Ven. Te compro otro. Y podemos empezar a planificar tu caos organizado.
Mientras caminaban hacia el café, Noah sentía el peso de su laptop en su mochila, pero también una extraña ligereza en su pecho. Estaba entrando en territorio desconocido, un lugar donde la lógica y la emoción, la estructura y el caos, tenían que coexistir. Y lo más desconcertante de todo era que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estaba perdiendo el control. Sentía que estaba ganando algo nuevo. Algo que no había sabido que estaba buscando.