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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 13

El invierno en las cumbres de Blackwood no se abría paso con la sutileza de un cambio de estación; se desplomaba sobre la cordillera de granito como un bloque monolítico de hielo y silencio. A las cuatro de la mañana, la nieve acumulada en las vigas de la inmensa torre de celosía de acero de la estación de retransmisión emitía crujidos secos, chasquidos metálicos que resonaban a través de los conductos de ventilación forzada hasta las entrañas de hormigón del búnker subterráneo. Para cualquiera que observara la ladera desde la carretera estatal, la instalación era solo un cadáver industrial de la guerra fría, una anomalía de cemento devorada por la ventisca.

En el nivel dos del búnker, la penumbra de la sala de servidores era saboteada únicamente por el pulso rítmico, casi hipnótico, de las luces LED de color azul y esmeralda de las consolas modulares. El zumbido de los procesadores cuánticos generaba una nota sostenida que parecía estabilizar la atmósfera confinada, un eco electromagnético que aislaba a los tres ocupantes de la base de la brutalidad climática de la superficie.

Elena Vance permanecía sentada frente al monitor principal de diagnóstico. No vestía el abrigo de lona de la inspectora Kang ni las sedas de Valeria Volkova; llevaba una sudadera gris de algodón holgada que le cubría las manos hasta los nudillos y unos pantalones tácticos ligeros. Sus ojos grises, fijos en la cascada de líneas de código rojo que descendía por el margen izquierdo de la pantalla, reflejaban una quietud analítica que lindaba con la obsesión. Sus dedos, pálidos y desprovistos de anillos o marcas, rozaban el teclado con la ligereza de un cirujano.

—Es un pulso fantasma, Marcus —dijo Elena, su voz natural regresando con esa cadencia baja, densa y desprovista de inflexión emocional que precedía a sus evaluaciones operativas—. No procede de los servidores de la fiscalía federal en Nevada ni de las agencias de seguridad de la metrópoli. Es una frecuencia de rebote analógica de banda ultra-corta, transmitida desde un repetidor civil en desuso en el límite del condado de Lowell. Está utilizando el mismo protocolo de compresión de datos que Julian instaló en mi corteza neural durante las sesiones de aislamiento del Proyecto Perséfone. Alguien está tocando el piano en mi frecuencia residual.

Marcus, que se encontraba arrodillado junto al rack del subsistema de refrigeración con un polímetro digital entre los dientes, se incorporó despacio. Se quitó las gafas de montura fina, se frotó los ojos cansados tras catorce horas de guardia tecnológica y caminó hacia la consola central, dejando el instrumento de medición sobre la mesa de baquelita.

—La señal está encriptada mediante una clave de matriz asimétrica de base dieciséis, Elena —explicó el analista, tecleando un comando para aislar la longitud de onda en la pantalla secundaria—. No es un intento de intrusión forzada en nuestros servidores. El cortafuegos cuántico ni siquiera ha registrado una anomalía de flujo. Es... un eco. Es como si alguien estuviera enviando un código de llamada acústica al vacío de la montaña, esperando que el receptor de tu muñequera táctica responda de manera automática para confirmar que sigues respirando en este sector del mapa. Si no bloqueamos el nodo de origen en los próximos veinte minutos, el rebote satelital podría generar un vector de densidad molecular que alertaría a los rastreadores automatizados del ministerio de defensa.

Liam Cross apareció desde el pasillo técnico que conducía a los depósitos de agua geotérmica. Vestía su camiseta negra habitual y llevaba la chaqueta de cuero colgada del brazo izquierdo, revelando la solidez de sus hombros y la cicatriz ya cerrada de su antebrazo. Sostenía dos tazas de metal con café humeante, cuyo aroma denso y amargo rompió por un instante la esterilidad química de la sala de servidores. Dejó una de las tazas junto a la mano de Elena y se colocó detrás de su silla, apoyando las palmas en el respaldo de acero con esa fijeza protectora y ruda que constituía su marca de identidad.

—El sheriff de Lowell no tiene la tecnología para emitir en esa banda, Marcus —analizó Liam, sus ojos verdes entornándose con el frío instinto del sabueso de homicidios—. Tras la redada en la fábrica textil y la detención de McCade, la policía local confiscó los equipos de radio analógicos del bloque de administración. Si la frecuencia sigue activa desde un repetidor civil, no es la ley la que está operando el transmisor. Es un cabo suelto. Uno de los hombres de confianza que Julian mantenía en los muelles de la costa este antes de que los federales le cerraran el ático.

Elena tomó la taza de metal con ambas manos, buscando el calor del aluminio contra su piel fría. Levantó la vista hacia Liam, y el resplandor azul del monitor iluminó las facciones limpias de su rostro real, desprovisto de máscaras.

—No es un hombre de confianza de los muelles, Liam —corrigió ella con suavidad, pero con una firmeza que hizo que el detective tensara los hombros—. Los operativos secundarios de Julian no conocen la clave de matriz asimétrica del Proyecto Perséfone. Ese código solo lo manejábamos dos personas en los laboratorios de la frontera: Julian Vance... y el sujeto 03. Mi predecesora. La mujer que se suponía que había sido liquidada en el sector norte de la frontera tres años antes de que yo fuera asignada a la metrópoli costera.

El silencio que siguió a las palabras de Elena fue absoluto, una densidad que el zumbido de los servidores no logró disipar. Liam intercambió una mirada rápida con Marcus, detectando la gravedad de la situación: si el sujeto 03 seguía con vida y operaba en el sector de Blackwood, la Estación del Silencio ya no era un escondite seguro, sino el epicentro de una colisión entre dos prototipos militares diseñados para la invisibilidad y el exterminio.

A las 5:15 a.m., la furgoneta gris se deslizaba por la ladera sur de la montaña, descendiendo por el camino de servicio que conducía hacia la antigua cantera de piedra abandonada de Lowell. La nevada se había intensificado, transformando el parabrisas en una vorágine de cristales blancos que desafiaban la capacidad de los limpiaparabrisas. Liam conducía con la mano izquierda fija en el volante y la derecha sobre la palanca de cambios, manteniendo el motor en una marcha baja para evitar que el ruido del diésel delatara su aproximación en el fondo del valle.

Elena permanecía en el asiento del copiloto, de nuevo con su mono táctico de kevlar negro ajustado al cuerpo como una segunda piel de sombra. Sostenía la pistola de aire comprimido sobre las rodillas, verificando el nivel de presión neumática de la recámara de micro-dardos. En su canal auditivo interno, el auricular inalámbrico emitía un siseo estático intermitente que Marcus modulaba desde el búnker.

—Estás a ochocientos metros del repetidor civil de la cantera, Elena —informó la voz del técnico en el auricular—. La señal del eco ha cambiado de fase. Ya no es una transmisión automatizada; ahora está emitiendo un pulso variable que imita la firma biométrica de un corazón humano bajo estrés térmico. Es una trampa conductual. Quienquiera que esté al mando de esa consola sabe perfectamente cómo reacciona el Proyecto Perséfone ante un estímulo de vulnerabilidad biológica.

—Mantén el puente cuántico cerrado, Marcus —ordenó Elena, su voz adquiriendo esa vibración gélida y precisa de la Camaleona—. No respondas a ninguna fluctuación. Si el sujeto 03 está en esa cantera, no busca una negociación tecnológica; busca confirmar si el sujeto 04 ha desarrollado el mismo fallo de programación emocional que causó su propia liquidación en la frontera.

Liam detuvo la furgoneta detrás de la estructura oxidada de una antigua trituradora de granito, un monolito de hierro que los protegía de la línea de visión directa de la torre de radio de la cantera. Apagó el motor y se giró hacia ella, con su pistola de 9 milímetros ya amartillada en la mano derecha. Sus ojos verdes brillaban con el fuego de la cacería, pero en su rostro herido había una capa de preocupación real que no intentaba ocultar ante la mujer de las sombras.

—Iré por el flanco derecho del canal de desbaste, Elena —dijo Liam, su tono áspero suavizado por la intimidad del coche—. Si el sujeto 03 utiliza armamento táctico de baja dispersión térmica, mis cartuchos de fragmentación sónica pueden saturar sus sensores de espectro antes de que logre fijar tu posición en el paramento de piedra. No me importa qué número de prototipo sea; si intenta tocarte, descubrirá que la división de homicidios tiene un método muy directo para cerrar los casos archivados.

Elena se inclinó hacia él, su mano enguantada en kevlar negro rodeando la nuca del detective con una suavidad que detuvo la tensión del policía. Lo besó de manera corta, profunda, un contacto cargado con toda la verdad humana que habían construido juntos en el aislamiento de la montaña.

—El sujeto 03 no caza como McCade o Pendelton, Liam —advirtió ella contra sus labios—. Ella no busca tu muerte por una cuestión de dinero o de estatus legal; busca mi destrucción porque cree que mi existencia es el insulto final de Julian hacia su propio dolor. Quédate en la línea de sombra del canal. Si mi señal biométrica baja del cuarenta por ciento, activa el protocolo de demolición de la torre de radio con el bypass de Marcus. No intentes entrar al edificio de control.

Antes de que Liam pudiera replicar, Elena abrió la puerta de la furgoneta y se deslizó al exterior con una agilidad elástica que la hizo desaparecer instantáneamente entre las cortinas de nieve y la bruma de la cantera. El cazador de la ley se quedó solo en el habitáculo, sintiendo que el frío de la montaña se colaba por las costuras de su chaqueta de cuero mientras su mente se preparaba para la batalla en el paramento de piedra.

El edificio de control de la antigua cantera era un bloque de hormigón bruto de una sola planta, cuyas ventanas de vidrio reforzado estaban rotas y cubiertas por planchas de madera contrachapada que vibraban bajo el azote de la ventisca. En el centro de la sala principal, sobre una mesa de metal oxidada, el transmisor de radio analógico emitía un destello verde intermitente, el latido del eco que había perturbado la paz de la Estación del Silencio.

Elena Vance entró por el hueco de la puerta trasera sin emitir un solo sonido, con su pistola táctica de aire comprimido alineada con el centro geométrico de la habitación. Sus botas blandas no dejaron huellas en el suelo cubierto de polvo y nieve fina; se movía como un fantasma de kevlar negro que se fundía con las sombras de las esquinas.

—Llegas con cuatro minutos de retraso respecto a la tabla de rendimiento del Proyecto Perséfone, número cuatro —dijo una voz desde la penumbra del pasillo de los transformadores.

La voz era idéntica a la de Elena. Tenía la misma cadencia baja, la misma densidad de registro, la misma ausencia de acento artificial, pero estaba teñida por una ronquera sutil, la cicatriz acústica de un pulmón que había sobrevivido a un impacto de gas de espectro medio en los laboratorios de la frontera.

Una figura se deslizó desde la sombra del transformador. Vestía un mono táctico gris de asalto, desgastado en los hombros y con las marcas de los arneses militares de largo alcance. Su rostro era el de Elena Vance: los mismos ojos grises, la misma línea limpia de la mandíbula, el mismo cabello corto castaño, pero su piel mostraba una delgada cicatriz blanquecina que descendía desde la sien izquierda hasta la comisura del pómulo, el recuerdo físico de la noche en que Julian ordenó su eliminación. Era el sujeto 03. La Camaleona original.

—Pensé que estabas enterrada bajo el hormigón del sector norte, número tres —respondió Elena, manteniendo el cañón de su arma fijo en el centro del pecho de su réplica física—. Julian firmó tu informe de liquidación antes de asignarme la misión de la metrópoli costera.

El sujeto 03 soltó una risa corta, amarga y carente de toda alegría, un eco acústico que heló el aire de la sala. Dio un paso hacia delante, revelando que su mano derecha sostenía una pistola táctica de percusión magnética, un arma diseñada para perforar el kevlar de grado militar a corta distancia.

—Julian firma los informes de liquidación cuando sus herramientas desarrollan una voluntad propia, número cuatro —dijo el sujeto 03, sus ojos grises brillando con una furia fría y concentrada—. Yo pasé dos años fingiendo ser una inspectora de aduanas en los muelles de Montreal, borrando mis huellas día a día mientras esperaba que el viejo cometiera un error de control. Y lo cometió contigo. Te envió a esa metrópoli corrupta pensando que serías el prototipo perfecto, la máquina sin rostro que limpiaría las cloacas de sus socios financieros. Pero mírate ahora. Estás vestida de negro, escondida en una estación de radio muerta, aliada con un analista de tercera categoría y un policía local herido que apenas comprende la física de tu programación. Has caído en el mismo defecto conductual que yo. Te has vuelto humana.

Elena no desvió el arma. Sintió que las palabras de su predecesora golpeaban su pecho con la fuerza de un impacto físico, no por el miedo a la réplica, sino por la constatación de la anatomía del eco: el Proyecto Perséfone no producía monstruos perfectos; producía mujeres rotas que buscaban desesperadamente una verdad real en medio del laberinto de sus identidades falsas.

—La humanidad no es un defecto conductual, número tres —susurró Elena, y su voz recuperó esa firmeza humana que había aprendido en los labios de Liam—. Es la única salida de la celda de aislamiento de Julian. Las mujeres que salvé en la metrópoli costera ya no pertenecen a sus laboratorios. Y yo tampoco. Julian está bajo custodia federal en Nevada porque decidí usar sus propias reglas para sacarlo del tablero. No tienes que cazarme para vengar tu dolor. El viejo ya ha perdido su imperio de sombras.

El sujeto 03 dio otro paso hacia delante, y la distancia entre ambas réplicas se redujo a menos de dos metros. El parecido físico, alterado solo por la delgada cicatriz del rostro de la primera, transformaba la habitación en un espejo distorsionado donde el pasado y el presente del proyecto militar se enfrentaban a muerte.

—Julian es solo un síntoma, número cuatro —rugió el sujeto 03, su mano derecha tensándose sobre el gatillo magnético—. El verdadero monstruo es la secuencia de comandos que sigue viva en tu cabeza y en la mía. Mientras una de las dos respire con este rostro y con esta firma biométrica, los rastreadores del ministerio de defensa seguirán enviando equipos de limpieza a estas colinas del norte. Viniste aquí pensando que salvarías a ese detective de homicidios, pero lo único que has hecho es traerlo al matadero de la frontera. Tu amor... tu ridículo afecto civil es el faro que encenderá la tormenta sobre este bosque. Voy a borrar tu secuencia esta noche, número cuatro. Por mi propio derecho a desaparecer.

Antes de que el sujeto 03 pudiera presionar el disparador magnético, un estallido sordo y violento sacudió el paramento exterior del edificio de control. La ventana de madera contrachapada saltó en mil pedazos de astillas y nieve, y un cartucho de fragmentación sónica impactó en el centro de la mesa metálica, emitiendo una onda de choque acústica de alta frecuencia que saturó instantáneamente la atmósfera de la sala.

El pulso sónico desorientó los sensores ópticos del sujeto 03, obligándola a dar un paso atrás mientras se llevaba la mano izquierda al oído ensangrentado por la presión diferencial.

Liam Cross irrumpió por el hueco de la ventana rota, con su chaqueta de cuero cubierta de escarcha y su pistola de 9 milímetros apuntando directamente a la cabeza del prototipo gris. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre debido a la reverberación acústica del cartucho, pero su postura mantenía la solidez implacable del sabueso que ha acorralado a su presa.

—¡Baja el arma, clon de sastre! —rugió Liam, su voz ronca imponiéndose al silbido sónico—. El departamento de policía de esta montaña no acepta devoluciones de laboratorio. Si aprietas ese gatillo, descubrirás cuántos gramos de plomo civil puede soportar tu mono táctico gris.

El sujeto 03 se giró hacia él, y una expresión de absoluto desprecio cruzó su rostro herido al ver al policía interfiriendo en el duelo de las sombras. Intentó alinear su pistola magnética con el pecho de Liam, pero Elena Vance aprovechó la fracción de segundo de distracción conductual de su réplica.

Con un movimiento elástico y preciso, Elena avanzó dos pasos, barrió la pierna derecha del sujeto 03 con un golpe de bota militar y presionó el inyector neumático directamente en la base de su cráneo, inyectando la dosis concentrada de espectro sedante de acción ultra-rápida que Marcus había refinado en la Estación del Silencio.

El prototipo gris soltó un suspiro corto, ahogado por la parálisis química instantánea. La pistola magnética resbaló de sus dedos, golpeando el suelo de linóleo con un chasquido sordo, y su cuerpo se desplomó de rodillas antes de quedar completamente inmóvil, con los ojos grises abiertos y fijos en el techo de hormigón de la cantera. El eco de la frontera había sido neutralizado.

A las 7:30 a.m., la furgoneta gris ascendía de regreso hacia la Estación del Silencio, desafiando las laderas blancas del condado de Lowell. En la zona de carga trasera, sobre una camilla técnica de lona militar, el sujeto 03 permanecía inconsciente, conectada a un monitor de constantes biométricas portátil que Marcus monitorizaba de forma remota desde el búnker subterráneo.

Liam conducía con la mirada fija en el parabrisas, manteniendo una velocidad constante mientras sentía el calor de la mano de Elena sobre su hombro derecho. El silencio en el habitáculo era denso, pero ya no estaba cargado con el pánico de la persecución, sino con la solemnidad de quien ha rescatado una pieza rota de su propio pasado.

—No vamos a entregarla a los federales, ¿verdad, Elena? —preguntó Liam, su tono ronco suavizado por la cercanía física.

Elena se giró hacia él, y la claridad de la mañana de montaña iluminó su rostro real, revelando una resolución que iba más allá del mimetismo operativo.

—Los federales la encerrarían en la misma instalación de Nevada donde está Julian, Liam —respondió ella, su voz baja y grave resonando con una compasión real—. El sujeto 03 no es un criminal; es el residuo biológico de un experimento militar que yo misma ayudé a terminar en la metrópoli costera. En la estación de retransmisión de Blackwood, tenemos el aislamiento técnico y las herramientas de Marcus para ayudarla a borrar su secuencia de comandos neurales. Le daremos la misma oportunidad que tú me diste a mí en la cabina de tu coche húmedo: el derecho a elegir su propio rostro y su propio nombre en las grietas del mapa.

Liam forzó una sonrisa atractiva, y su mano izquierda cubrió los dedos de ella en su hombro, apretándolos con una fuerza que sellaba su complicidad eterna en el exilio.

—Es una estrategia muy poco profesional para un prototipo militar, camaleona —comentó el detective, el brillo cínico regresando a sus ojos verdes.

—Los prototipos militares murieron en el ático de Julian, detective Cross —respondió Elena, permitiendo que una sonrisa limpia y hermosa iluminara su rostro por primera vez en la mañana—. Ahora solo quedamos las personas que han aprendido a cuidar de sus sombras.

La furgoneta entró por el portón de hierro del búnker subterráneo, donde Marcus los esperaba con el generador geotérmico operando a pleno rendimiento y las consolas modulares preparadas para la fase de reconstrucción neural del sujeto 03. El invierno de Blackwood seguía azotando las estructuras de acero de la torre exterior, pero en las entrañas de hormigón de la Estación del Silencio, el cazador de la ley y la vigilante marginal continuaban ampliando los límites de su santuario, demostrando que el efecto contagio de la humanidad era la única fuerza capaz de silenciar los ecos del laboratorio para siempre.

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