Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XVII Malos entendidos
Punto de vista de Alexander
El silencio en la suite era denso, interrumpido solo por la respiración agitada de Isabella, quien se había quedado sumida en un letargo febril tras su estallido. Estaba a punto de llamar al servicio médico del hotel cuando el teléfono de ella, que había quedado sobre la mesa de noche, comenzó a vibrar con insistencia.
En la pantalla apareció un nombre que no conocía: Dr. Miguel Salvatierra.
Mis dedos se tensaron alrededor del aparato. ¿Un doctor? ¿Desde cuándo Isabella Castillo tenía contacto con médicos que no fueran los cirujanos plásticos de su madre o los especialistas en rehabilitación que su padre le amenazaba con contratar? Recordé el extraño olor a hospital que emanaba aquella anoche y la sospecha de que me estaba ocultando un nuevo amante —quizás uno con bata blanca— me golpeó el estómago como un puñetazo.
Deslicé el dedo para contestar, pero no dije nada. Me quedé en silencio, escuchando la respiración al otro lado de la línea.
—¿Elena? —la voz del hombre sonaba joven, demasiado cercana, cargada de una preocupación que no era puramente profesional—. Elena, sé que es tarde y que dijiste que estarías ocupada, pero revisé los nuevos exámenes de tu madre y necesito que hablemos sobre la medicación. Por favor, llámame en cuanto puedas, me quedé preocupado después de verte.
La furia que sentí fue instantánea y gélida. ¿Elena? ¿Quién diablos era Elena y por qué este tipo llamaba a mi esposa por un nombre que no era el suyo? ¿Acaso era un código entre ellos? ¿O es que Isabella era tan descuidada que ni siquiera le había dado su nombre real a su última conquista?
No le di tiempo a decir ni una palabra más.
—Escúchame bien, "doctor" —solté, con una voz que habría hecho temblar a cualquiera de mis empleados—. No sé qué clase de juego tienes con ella, pero Isabella ahora es mi esposa. Mi mujer.
—¿Quién habla? —preguntó él, claramente desconcertado—. Yo necesito hablar con...
—No te importa quién habla —lo corté con una ferocidad implacable—. Lo que te importa es que no vas a volver a marcar este número. Si vuelves a molestarla con tus "preocupaciones" o tus historias de medicinas, me encargaré personalmente de que tu licencia médica sea lo único que te quede en la vida. Isabella Castillo ya no está disponible para tipos como tú.
Colgué el teléfono antes de que pudiera responder y, en un arrebato de ira, bloqueé el contacto y borré el registro de la llamada.
Me giré hacia la cama, donde ella seguía temblando bajo las sábanas. La rabia me cegaba. Así que eso era: mientras yo me sentía culpable por haber sido brusco anoche, ella tenía a un "doctorcito" suspirando por ella y llamándola por nombres cariñosos.
—Elena... —susurré el nombre, saboreando la amargura en mi lengua. Era el mismo nombre que ella había gritado en su pesadilla.
Me acerqué a ella y la tomé por los hombros, obligándola a despertar de su trance febril.
—¡Despierta! —le exigí, sacudiéndola levemente—. ¿Quién es Miguel Salvatierra? ¿Y por qué te llama "Elena"?
Ella abrió los ojos, empañados por la fiebre, y me miró con una confusión que me pareció la actuación más brillante de su vida. Pero antes de que pudiera responder, su cuerpo claudicó y se desmayó en mis brazos, dejando mis preguntas flotando en el aire y un secreto que, por mi propio orgullo, acababa de enterrar un poco más profundo.
Punto de vista de Elena
Sentía la cabeza como si estuviera llena de plomo. Al abrir los ojos, la luz de la habitación me lastimó, obligándome a parpadear varias veces hasta que el techo de la suite presidencial enfocó. Los recuerdos de la noche anterior me golpearon como una ráfaga: el forcejeo, mi llanto, la pesadilla y... Alexander.
Él estaba allí. Estaba sentado en un sillón frente a la cama, con las piernas cruzadas y mi teléfono celular en la mano. Su expresión era indescifrable, pero sus ojos grises brillaban con una intensidad peligrosa.
—Al fin despiertas —dijo con una calma que me dio más miedo que sus gritos—. Tu fiebre ha bajado un poco, pero parece que tus secretos siguen ardiendo.
Me incorporé con esfuerzo, sintiendo un mareo repentino. Mis ojos viajaron directo a mi teléfono.
—Dame mi celular, Alexander. No tienes derecho a...
—¿Derecho? —soltó una risa seca y se puso de pie, acercándose a la cama—. He descubierto que tengo muchos derechos desde que firmamos ese papel. Por ejemplo, el derecho de saber por qué un tal Miguel Salvatierra te llama con tanta insistencia.
El nombre del doctor me heló la sangre. El aire se escapó de mis pulmones.
—¿Hablaste con él? —pregunté, mi voz apenas un susurro cargado de pánico.
—Hablé lo suficiente para dejarle claro que no debe volver a molestarte. Lo bloqueé, Isabella. O debería decir... ¿Elena?
El mundo pareció detenerse. Mi corazón dio un vuelco tan violento que sentí náuseas. Él sabía el nombre. Mi nombre.
—¿Por qué me llamas así? —traté de sonar indignada, imitando la arrogancia de la verdadera Isabella, pero el temblor en mis manos me delataba.
—Lo gritaste en sueños. Y tu "amiguito", el doctor, te buscaba con ese mismo nombre. "Elena, revisé los exámenes de tu madre", eso dijo. —Alexander se inclinó sobre mí, atrapándome con su sombra—. Dime, ¿quién es Elena? ¿Es una de tus personalidades para salir con hombres que no pertenecen a tu círculo? ¿O es que el doctor es parte de algún juego retorcido que no alcanzo a comprender?
Sentí ganas de llorar, pero no de tristeza, sino de pura desesperación. Si Alexander lo había bloqueado, el doctor no podría avisarme si mi madre empeoraba. Estaba aislada. Mi madre podía estar muriendo en ese momento y yo estaba aquí, atrapada en una mentira que se desmoronaba.
—No es lo que crees... —balbuceé, buscando desesperadamente una salida—. Elena es... es una amiga. Una amiga muy cercana que está enferma. El doctor se confundió de número o... o tal vez yo estaba hablando de ella en sueños porque estoy preocupada.
Alexander me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos buscaban una mentira, pero yo estaba dándole una verdad a medias envuelta en miedo real.
—Mientes —sentenció—. Pero voy a descubrir la verdad. Si ese hombre vuelve a llamar, o si descubro que estás usando a una supuesta "amiga" para ocultar una vida doble, el contrato será lo último que te preocupe.
Lanzó el teléfono sobre la cama y caminó hacia la puerta.
—Arréglate. En una hora bajamos a almorzar con el gerente del hotel. Tienes que parecer una esposa feliz, no una paciente psiquiátrica.
Cuando la puerta se cerró, me abalancé sobre el teléfono. Intenté desbloquear al doctor, pero mis dedos temblaban tanto que apenas podía atinarle a la pantalla. Me sentí más sola que nunca. Estaba casada con un hombre que, en su afán de "protección" y propiedad, acababa de cortar el único hilo que mantenía mi esperanza de salvar a mi madre.
Tenía que encontrar la forma de contactar al doctor Salvatierra sin que Alexander se diera cuenta, o el sacrificio de convertirme en Isabella Castillo no habría servido para nada.
ojalá no bajen la Guardia