Lisa es una joven invisible y recatada con una meta clara: completar su pasantía para asegurar el futuro de su hermana. Sin embargo, su camino se cruza con el de Maximilian Sterling, un magnate tan brillante como despiadado. Como su asistente temporal, Lisa no solo gestiona agendas millonarias, sino también el desfile de mujeres que entran y salen de la cama de su jefe.
En la intimidad del penthouse, Max la provoca con una arrogancia desmedida y una desnudez que ella intenta ignorar. Pero la tensión erótica estalla en una noche de alcohol y confesiones que termina en una entrega total. Al amanecer, el despertar es cruel: "No recuerdo nada, prepárame un café".
Mientras Max se refugia en su fachada de playboy sin escrúpulos para ocultar su vulnerabilidad, descubre que Lisa no es una empleada más, sino el único caos que no puede dominar. En este peligroso juego de poder y deseo, él es el dueño de la ciudad, pero ella posee sus secretos. Al final, solo uno quedará de rodillas.
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La entrevista I
Parada allí en la entrada, Lisa pudo ver que los empleados que entraban y salían vestían ropas de diseñador, caminaban con prisa y hablaban por teléfonos de última generación. Por un breve instante, Lisa se sintió pequeña, un punto gris en medio de un océano de lujo.
Se ajustó los lentes y entró. El vestíbulo era un espacio inmenso, decorado con mármol blanco y con un silencio que resultaba intimidante. En la recepción, una mujer de belleza impecable la miró de arriba abajo con una expresión que Lisa no supo interpretar, pero que la hizo sentir fuera de lugar de inmediato.
—Tengo una entrevista con el señor Sterling —le dijo Lisa, tratando de que su voz no temblara.
—Piso cincuenta y cuatro. La secretaria personal del señor Sterling la espera —le contestó la mujer, entregándole una tarjeta de acceso.
El ascensor subió con una velocidad que le hizo sentir un vacío en el estómago. Al abrirse las puertas en la última planta, Lisa se encontró en un ambiente aún más opulento. Alfombras espesas que amortiguaban cualquier paso, en las paredes habian algunas obras de arte moderno y la luz natural de los ventanales bañaba todo el lugar.
Sentada tras un escritorio, se encontró con una mujer mayor, de cabello canoso perfectamente peinado y un traje de sastre azul oscuro, quien levantó la vista apenas percibió su presencia. Era la Sra. Potts. Sus ojos eran amables, pero su rostro mostraba una fatiga que Lisa notó de inmediato.
—¿Usted es la señorita Lisa? —le preguntó la mujer, con un tono de voz suave.
—Sí, señora. Vengo por la pasantía para el puesto de asistente temporal.
La Sra. Potts se levantó y se acercó a ella. Por un momento, Lisa pensó que iba a revisar sus documentos, pero la mujer simplemente le ajustó un poco el cuello de la blusa y le dio una palmadita en el hombro.
—Tenga paciencia, querida. El señor Sterling ha tenido una mañana complicada. No se tome nada de forma personal. Él es... un hombre de hábitos firmes.
Lisa tragó saliva. Le pareció extraño ese recibimiento. La advertencia no ayudó a calmar sus nervios, los empeoró. La Sra. Potts pasó a su lado, caminó hacia una puerta doble de madera oscura y la abrió ligeramente.
—Señor Sterling, la candidata para la pasantía está aquí.
—Que pase —Lisa escuchó una voz profunda, cargada de una impaciencia evidente.
A la señal de la señora Potts, Lisa entró en la oficina con los pies de plomo. El espacio era enorme, con paredes de cristal que daban una vista panorámica de la ciudad. Pero, eso era insignificante frente a lo que sus ojos de manera obligada le imponían no dejar pasar desapercibido. Toda su atención se centró en el hombre sentado detrás del escritorio ubicado al fondo.
Maximilian Sterling no levantó la cabeza. Estaba revisando unos planos sobre la mesa, con una pluma estilográfica en la mano. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, y el traje negro que vestía parecía estar hecho a medida sobre sus hombros anchos.
Tenía una mandíbula marcada y una expresión de aburrimiento absoluto que resultaba casi insultante.
Lisa se quedó de pie frente al escritorio, esperando que él le indicara que se sentara. Pasaron diez segundos. Luego veinte. El único sonido en la habitación era el roce de la pluma sobre el papel. Lisa sintió que el sudor empezaba a perlar su frente. La rigidez de su cuerpo se acentuó tanto que le dolían los músculos de la espalda.
Finalmente, sin mirarla a los ojos, Max Sterling habló.
—Siéntese de una vez. Su respiración nerviosa me está distrayendo del trabajo.
Lisa se sentó de inmediato, con tanta brusquedad que su carpeta resbaló de su regazo y cayó al suelo, esparciendo un par de hojas sobre la alfombra. El ruido fue estrepitoso para el silencio estilizado de la oficina.
De repente Maximilian dejó escapar un suspiró, dejando escuchar un sonido largo y lleno de fastidio. Soltó la pluma y, por primera vez, levantó la vista, pero no la fijó en el rostro de Lisa, sino en sus manos, que temblaban mientras ella intentaba recoger los papeles del suelo.
Lisa se apresuró a recoger las hojas del suelo con movimientos erráticos. Su rostro ardía bajo la mirada ausente de aquel hombre. Cuando logró enderezarse y volver a sentarse, colocó la carpeta sobre sus rodillas y apretó los dedos sobre el cuero sintético hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Max Sterling no esperó a que ella recuperara la compostura. Sus ojos, de un azul oscuro que parecía absorber la luz de la oficina, se posaron por un segundo en la vestimenta de Lisa. Recorrió el traje gris, el moño excesivamente ajustado y las gafas que se le resbalaban por el puente de la nariz debido al sudor. Su expresión no cambió; seguía siendo una máscara de tedio absoluto, como si estuviera analizando un informe de gastos aburrido en lugar de a una persona.
Continúa…