La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
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Capitulo 2
Dionisio Villanueva llegó informado. Cuando apareció en el lugar, ya iba con sus hombres armados. Todo era un caos: los autos de los escoltas volcados, nadie con vida. Había llegado tarde.
Avanzó con la linterna hasta que enfocó una cara conocida: su hija Natalia.
El mundo no se detuvo, pero a él se le encogió el alma. Se quedó mirándola, como si el tiempo se hubiera detenido. Su hija estaba ahí, inmóvil, el pelo pegado a la cara, una expresión de susto congelada.
Dionisio se quitó el sombrero despacio.
—Natalia —dijo, casi sin voz.
Cerca de ella también vio a Jeosephe. Su yerno. El que había jurado cuidarlas y no lo hizo. Dionisio no dijo nada. A los muertos no se les reclama.
Se levantó, echó un vistazo alrededor y empezó a pensar rápido.
—¿Y la pequeña? —preguntó.
Nadie respondió de inmediato.
Uno de sus hombres negó con la cabeza.
—No la vemos, señor.
El silencio se hizo pesado. De pronto, algo se movió.
Un temblor suave bajo las mantas llenas de sangre. Un ruido, como de un animal herido. Dionisio levantó la mano para que nadie se acercara.
La manta se corrió un poco… y apareció una cabeza.
Dos ojos enormes, asustados, tristes. Era Vanessa.
Llena de sangre que no era suya, enroscada junto a su madre, como si todavía intentara esconderse. A Dionisio se le cortó la respiración. No es que dudara, pero no esperaba encontrarla viva.
Se acercó despacio. Se arrodilló y quitó la manta con cuidado, como si con cualquier movimiento fuera a romperse.
—Ven conmigo —le dijo suave.
Vanessa no contestó. Solo lo miró. Después, temblando, se abrazó a él.
Dionisio la levantó y, en cuanto sintió su cuerpo cerca, Vanessa lo abrazó con todas sus fuerzas. Los dedos se le hundieron en el traje, como si temiera desaparecer si lo soltaba.
No lloró. No gritó. Solo se aferró a él.
Dionisio apretó a la niña contra su pecho. Sus hombres miraron hacia otro lado. Nadie lo recordaba con tanto cuidado.
—Ya —dijo—. Ya pasó.
Vanessa escondió la cara en su cuello. Respiraba mal, con dificultad.
Dionisio miró a los demás.
—Cubran los cuerpos —ordenó—. Con respeto.
Se dio la vuelta sin mirar atrás.
Mientras se alejaba, la pequeña seguía agarrada a él, y en ese abrazo silencioso, Vanessa dejó de ser solo una sobreviviente.
En los brazos de su abuelo, algo se rompió para siempre…
y algo mucho más peligroso empezó a gestarse.
El día después fue triste y silencioso. La mansión Villanueva, con sus paredes de mármol, estaba de luto y llena de hombres armados. Dionisio cerró todo: nadie entraba ni salía sin su permiso. Los negocios se pararon; lo más importante era proteger a Vanessa.
La pequeña, que antes jugaba en los jardines con vestidos de flores, ahora dormía rodeada de hombres armados que vigilaban cada rincón. Dionisio no dejaba que nadie que no fuera de su total confianza se le acercara. Había perdido a su hija y a su yerno, pero no iba a permitir que le pasara nada a la última sangre que le quedaba.
Por la noche, Vanessa lloraba bajito, recordando a su madre y a su padre. Dionisio, su abuelo, aunque duro por los años, la escuchaba desde la puerta. No entraba a consolarla; la protegía a su manera. Se quedaba ahí, atento, como una sombra que nunca la dejaría sola.
El entierro fue lo peor de todo. Con el cielo gris, los ataúdes de Jeosephe y Natalia bajaron a la tierra. Vanessa, vestida de negro, agarraba con fuerza la mano de su abuelo. Tenía los ojos rojos, pero no parpadeaba.
Dionisio se inclinó hacia ella y le dijo con voz seria:
—Mira bien, Vanessa. Este es el precio de la traición. Acuérdate de este dolor. Guárdalo aquí —le tocó el pecho con el dedo—. Cuando seas grande, sabrás qué hacer con él.
La pequeña lo miró sin entender del todo, pero en sus ojos ya estaba la misma mirada que la de su abuelo.
El viejo Villanueva se puso delante de las tumbas, apoyado en su bastón, y habló fuerte para que todos lo oyeran:
—Juro por la sangre de mi hija y de su esposo que el culpable pagará. Y tú, Vanessa, mi nieta querida —la acercó y la puso frente a los ataúdes—, cuando crezcas, harás tu propio juramento. La sangre pide venganza, y en esta familia no olvidamos.
Empezó a caer un aguacero sobre los ataúdes. Vanessa extendió la mano y dejó que la lluvia se mezclara con sus lágrimas.
—¿Quién fue, abuelo? —preguntó, con la voz casi rota.
Dionisio la miró con dureza.
—Alguien que creyó que podía acabar con nosotros. Pero te prometo que sabrás su nombre. Y ese día, pequeña, te mancharás las manos de sangre y harás justicia.
Vanessa asintió temblando, pero no era miedo lo que temblaba en ella, sino una decisión fría.
Ese día empezó su destino. Bajo la protección de Dionisio Villanueva, aprendería que en su mundo no hay justicia, solo la ley del más fuerte y la traición. Nadie se libra. Tarde o temprano, la sangre encuentra su camino.
Mientras la tierra cubría a sus padres, Vanessa hizo su promesa: algún día los vengaría. Algún día, el culpable pagaría.
Y en el mundo oscuro de la familia Villanueva, esa promesa sería lo único que la guiaría.
Vanessa era muy chica para entender cómo el mundo podía cambiar tan rápido.
Ahí estaba, bajo la lluvia, viendo cómo bajaban el ataúd de sus papás. El golpe seco al tocar fondo se le clavó en el pecho. El cielo gris lo aplastaba todo, y las gotas se mezclaban con las lágrimas que ni siquiera se molestaba en limpiar.
No gritó. No salió corriendo. Solo miró.
Su abuelo, Dionisio Villanueva, le puso una mano firme en el hombro. Era una mano grande, áspera, con marcas de años de decisiones jodidas y negocios turbios. Pero en ese momento la sostuvo con cuidado, como si no supiera bien qué hacer.
—No llores, mija —le dijo al oído—. A ellos les gustaría verte fuerte —Vanessa apretó los labios. Se sentía vacía. Sola. Con rabia.
Dionisio vio una chispa en sus ojos. Un brillo peligroso que conocía muy bien. El mismo que había visto en su hija Natalia cuando juró que no volvería a perder nada.
—Desde hoy yo te cuido —siguió, en voz baja—. Y te voy a enseñar que nadie te quite nada nunca más.
No sonó a consuelo. Más bien a una amenaza.