Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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El estallido de la posesión
El peso del cuerpo de Ji-hoon sobre la escalera era una sombra que aún se proyectaba sobre Hana horas después. Cuando él la abrazó con mayor fuerza, sus dedos hundiéndose en la tela de su vestido, ella sintió un escalofrío que no era de frío, sino de pura descarga eléctrica.
—¿Estás bien? —le susurró él al oído, su voz era un murmullo grave que vibró contra la piel sensible de su cuello.
—Sí... —logró articular ella, con la voz apenas como un hilo, mientras sentía cómo él retiraba lentamente sus manos, bajándolas por sus caderas hasta soltarla por completo—. ¿Puedes pararte?
Ella se puso en pie con una torpeza impropia, subiendo las escaleras a zancadas sin atreverse a girar la cabeza. Al encerrarse en su habitación, se dejó caer sobre la cama, sintiendo que el aire le faltaba. ¿Qué había sido eso? ¿Era posible que él sintiera la misma descarga eléctrica que ella?
El día siguiente fue un campo de minas. Mientras estaba en el recreo con sus amigas, observando a Ji-hoon rodeado de su círculo habitual, un chico alto y de rasgos finos se acercó a ella con una sonrisa encantadora.
—Hola, me llamo Min-ho. ¿Te gustaría salir conmigo? —preguntó él, ante la mirada atónita de Hana.
Sus amigas, captando la oportunidad, empezaron a empujarla, susurrando y riendo. Presionada por el entorno, y quizás buscando una distracción a la obsesión que sentía por su hermanastro, Hana terminó aceptando caminar con él a casa. Le envió un mensaje breve a Ji-hoon, mintiéndole sobre una tarea urgente para evitar su control, y se marchó.
La conversación con Min-ho era agradable, pero Hana se sentía extraña, como si estuviera traicionando una lealtad que ella misma no terminaba de comprender. Al doblar la esquina, cerca de su hogar, Min-ho se detuvo, bloqueándole el camino y volviendo a insistir en una cita.
—Lo siento, Min-ho, pero no creo que sea buena idea —respondió ella amablemente.
El chico cambió su tono instantáneamente, ofendido por el rechazo. "¿Entonces por qué me hiciste caminar contigo? ¿Acaso eres de esas chicas que solo buscan pasar el rato?", espetó, acorralándola contra la pared de un callejón. Cuando sintió que la mano de Min-ho se acercaba a su rostro, el pánico la cegó y lanzó un grito desgarrador.
En un parpadeo, el mundo estalló. Un golpe sordo resonó y Min-ho terminó tendido en el suelo, con la nariz rota y sangrando profusamente. Ji-hoon estaba allí, con una expresión que Hana jamás habría imaginado: una furia ciega, un instinto asesino que lo hacía ver como un extraño. Cuando Ji-hoon levantó el puño para golpear de nuevo, Hana lo sujetó del brazo.
—¡Basta, Ji-hoon! —gritó ella. Min-ho, aterrorizado, se puso en pie y huyó a toda velocidad.
Ji-hoon la tomó de los hombros con tal fuerza que la sacudió.
—Dime qué te hizo. ¿Te tocó? ¿Te hizo algo? ¡Dime, para que pueda matarlo! —rugía él.
Hana, con las manos temblorosas, acarició su rostro, buscando calmar la tormenta en sus ojos azules.
—No me hizo nada... llegaste a tiempo.
Él la soltó bruscamente, cambiando la preocupación por una decepción que dolía más que un golpe.
—¿Cómo se te ocurre caminar con alguien que apenas conoces? ¡Ya no eres una niña, Hana, deja de ser tan ingenua!
Al llegar a casa, el silencio fue la única compañía. Más tarde, buscando el botiquín, ella subió a la habitación de él. La puerta estaba entornada. Ji-hoon estaba sentado en el borde de la cama, con los nudillos ensangrentados y la mirada perdida.
—¿Puedo pasar? —susurró ella. Él asintió sin decir palabra.
Hana se sentó a su lado, comenzando a limpiar las heridas con una delicadeza extrema.
—Perdón —susurró, mientras las lágrimas de culpa resbalaban por sus mejillas.
—Está bien, tranquila —respondió él, limpiando sus mejillas con el pulgar. Sus ojos se encontraron, y en ese cruce, algo que habían estado reprimiendo durante semanas se rompió—. Lo único que importa es que estás bien.
Hana, incapaz de contener el impulso, se subió a su regazo. Ji-hoon no la alejó; al contrario, la rodeó con sus brazos, ocultando su rostro en su hombro. Las manos de ella, con una osadía nueva, se deslizaron bajo la camiseta de él, acariciando la piel firme de su espalda. La electricidad que recorrió el contacto fue insoportable. Se miraron, el mundo exterior desapareció, y cuando Hana se acercó, él no retrocedió. Sus labios se encontraron en un beso que empezó con timidez y se transformó, en cuestión de segundos, en una entrega absoluta, apasionada y desesperada, mientras sus mentes bailaban entre la culpa del lazo que los unía y la fuerza del deseo que los empujaba a cruzar el límite final.