Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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02
Una tarde, mientras practicaba sola con la espada, intentando deshacer los años de posturas perfectas para aprender a luchar como un rudo, un mensajero real llegó al campamento. Llevaba una proclamación del rey, anunciando la boda inminente de su hija, la princesa Natalie, con el príncipe de Ylirion. La noticia cayó como una bomba en el campamento. Los soldados murmuraban sobre la falsa paz, sobre la traición de la corte. Derek escuchó todo ello con el corazón helado, sintiendo cómo la borraban de la historia que ella misma estaba escribiendo. Pero lo peor fue lo que vino después. El mensajero, un viejo escudero de la corte llamado Elias, la reconoció. No dijo nada en ese momento, pero esa noche, se acercó a ella en la oscuridad, mientras ella limpiaba su equipo junto a una hoguera moribunda.
—Princesa —susurró, arrodillándose en el barro helado sin importarle la suciedad—. He jurado lealtad a su padre, pero juro mayor lealtad a usted. Su huida fue el acto más valiente que he visto. Pero le ruego que vuelva.
Derek se puso de pie de un salto, agarrando al viejo escudero por el brazo y llevándolo lejos de las tiendas, hacia la protección de los árboles.
—¡Cállate! —siseó, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie los había visto—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me reconociste?
—Le serví desde que tenía cinco años —respondió Elias, sus ojos llenos de una mezcla de pánico y admiración—. La conocería en cualquier disfraz, incluso en este de soldado rasguñado. Vine con la proclamación. Es una farsa. Su padre... el rey está desesperado. Las pérdidas en la frontera norte han sido devastadoras. Ylirion no solo avanza, lo hace con una ferocidad que no habíamos visto. El rey piensa que este matrimonio, este sacrificio, es la única forma de detener la carnicería.
—¿Un sacrificio? —La voz de Derek era amarga, la de Natalie asomando con todo su dolor—. ¿Venderme a un hombre que masacra a nuestro pueblo es una solución?
—El príncipe de Ylirion es un monstruo, princesa. No es como los otros nobles. He oído historias... cosas que harían que hasta el más endurecido de los soldados se estremeciera. Su matrimonio no traerá la paz, sino la esclavitud de nuestro pueblo. Su padre está ciego, engañado por sus consejeros que solo ven el oro que Ylirion promete. Pero usted... usted siempre vio la verdad. Por eso huyó. Pero ahora, necesita volver.
Derek soltó el brazo de Elias, como si quemara. Volver. La palabra resonaba en su cabeza como un tañido fúnebre. Volver a los muelles de mármol, a los vestidos de seda, a una jaula dorada donde su única arma sería una sonrisa falsa. Miró hacia el campamento, hacia las figuras durmientes en sus tiendas, hacia Kaelen, cuya silueta recortada contra la luz de una vela era la de una guerrera indomable. Aquí, era nadie. Allá, sería todo lo que odiaba.
—¿Para qué? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Para convertirme en la reina de un monstruo? ¿Para ver cómo mi padre entrega las llaves del reino?
—No —insistió Elias, con una urgencia febril—. Para que luche desde dentro. Tiene el oído del rey, tiene su amor, aunque esté nublado por el deber. Podría influir en él, podría... —vaciló, como si la siguiente palabra fuera un pecado—. podría encontrar una manera de deshacer el matrimonio, o peor.
Derek frunció el ceño.
—¿Peor?
Elias se acercó más, su voz bajando a un murmullo conspirador.
—Hay rumores... rumores en la corte. No todos apoyan esta unión. Su matrimonio con el príncipe la colocaría en una posición única. Una posición desde la cual... un accidente podría ocurrir. Un accidente que cambiara el curso de la sucesión en Ylirion y en nuestro propio reino. No está sola, princesa. Hay quienes la ven como la única esperanza, no como una sacrificada.
El impacto de las palabras de Elias la golpeó con más fuerza que cualquier espada. Le estaban ofreciendo no solo una vuelta a la vida que había abandonado, sino un papel en un juego de asesinatos y traiciones. La princesa Natalie había sido educada para ser una pieza en el tablero, pero Derek, la soldado, estaba aprendiendo a mover las piezas por sí misma.
—¿Y si me niego? —preguntó Derek, su mano instintivamente yendo a la empuñadura de su espada—. ¿Qué pasa si elijo quedarme aquí y luchar?
Elias suspiró, la derrota pesando en sus hombros.
—Entonces la proclamación se hará realidad. Usted será declarada desaparecida, presuntamente muerta en un intento de fuga, y una dama de la corte con un parecido suficiente tomará su lugar en el altar. La boda se celebrará con una sustituta, la paz será sellada con sangre falsa, y el verdadero monstruo gobernará ambos reinos. Su sacrificio aquí, en este barro, no significará nada, porque el mundo creerá que la princesa Natalie ya no existe.
El mensajero le metió en la mano un pequeño objeto, frío y metálico. Era un anillo de plata, sencillo, con el sello de una flor de lis silvestre, el anillo de su madre. —Es la prueba de que soy quien digo ser. Y un recordatorio de quién es usted. Tengo tres días. Si no recibo una respuesta, volveré a la corte y cumpliré las órdenes del rey. La elección es suya, princesa. ¿Será la pieza en el tablero de su padre, o la jugadora que lo derroca?
Derek se quedó sola en la oscuridad, con el anillo de plata apretado en su mano. El peso del metal era insignificante comparado con el peso de la decisión que debía tomar. El camino de regreso a su antigua vida estaba lleno de mentiras y peligros, pero ofrecía una forma de luchar que nunca había imaginado. El camino que tenía ante sus pies, el de soldado, era honesto y brutal, pero quizás inútil. Por primera vez, no estaba huyendo de un futuro, sino que debía elegir entre dos destinos igualmente terribles.
Se quedó allí, en la penumbra de los árboles, hasta que el primer atisbo de alba tiñó el cielo de un gris pálido. El anillo de plata parecía quemarle la palma, un recordatorio físico de la vida que había abandonado y la traición que se le ofrecía. La elección no era entre la libertad y la jaula, sino entre dos tipos de prisión: una de acero y barro, donde podía morir con honradez, y otra de oro y seda, donde tendría que convertirse en lo que más odiaba para sobrevivir.
Finalmente, con una resolución que sentía como una herida, se movió. No fue a buscar a Elias. Fue a la tienda del Capitán Tomás. Lo encontró despierto, como si no durmiera nunca, estudiando un mapa topográfico de la frontera. Al verla entrar, levantó la vista, sus ojos azules tan penetrantes que parecían ver a través de su disfraz y directamente al alma de Natalie.
—Derek —dijo, su voz neutra—. ¿Qué te trae aquí antes de que el gallo cante?
Derek se arrodilló, no por deferencia, sino porque sus piernas temblaban y no soportaban su propio peso.
—Capitán. Tengo información. Importante. Pero no es gratis.
Tomás arqueó una ceja, una mueca casi imperceptible.
—¿Información? ¿Y qué podría saber un muchacho sin pasado que no sepa ya mi mejor exploradora?
—Sé por qué Ylirion avanza con tanta ferocidad. Y sé por qué el rey está tan desesperado por vender una paz que no existe —dijo Derek, su voz firme y clara, proyectando una confianza que no sentía—. Y sé cómo podemos usar esa desesperación en su contra.
El capitán se recostó, cruzando los brazos.
—Soy todo oídos.
—El príncipe de Ylirion no busca solo territorio. Busca legitimidad. Busca nuestro reino. La boda no es una tregua, es una anexión. El rey lo sabe, pero está cegado por el miedo y por consejeros traidores. Si la boda se lleva a cabo, Ylirion no necesitará seguir luchando. Esperará a que el rey muera y que su "reina" le entregue las llaves. La guerra actual es solo un espectáculo de sangre para forzar nuestra mano.
Tomás la observó en silencio durante un largo momento.
—Eso es una acusación grave, muchacho. Una traición que, si es cierta, justifica no solo una guerra, sino una ejecución en la corte. Pero, ¿cómo sabes tú todo esto? Los planes de los reyes no se susurran en los establos.
Derek miró a sus manos, sucias y callosas.
—Mi... mi padre era más que un simple caballero menor. Se movía en círculos cercanos a la corte. Antes de morir, me advirtió sobre la ambición sin límites del príncipe. Y lo que he visto aquí, en la frontera, confirma sus peores temores. Es la única explicación que encaja con su táctica.
—¿Y qué propones? —preguntó Tomás, inclinándose hacia adelante, su interés claramente despertado—. ¿Qué podemos hacer con esta "información"?
—La proclamación. El mensajero. Es una farsa. La princesa no está en el castillo. Si lo estuviera, Ylirion no tendría prisa. Su ausencia los debilita, los expone. Podemos usar eso. Podemos difundir el rumor de que la princesa ha huido porque se negó a casarse con el monstruo. Que prefiere la muerte a la traición. Desmoralizaría a sus tropas, que creen luchar por una futura reina, y pondría en duda al príncipe ante su propia corte. Les quitaría su excusa para la guerra.
El capitán permaneció en silencio, sus dedos tamborileando sobre la mesa de madera.
—Una campaña de rumores. Arriesgado. Requiere que alguien crea la fuente. Y ¿quién creería a un "Derek" sin pasado?
—No tienen que creer a Derek —replicó ella, levantando la vista—. Tienen que creer la verdad. La verdad siempre encuentra un hueco.
Por un instante, Tomás pareció verla de verdad. No al soldado, no al muchacho, sino a la mente estratégica que se escondía detrás de los ojos marrones. Asintió lentamente.
—Muy bien. Habla con Kaelen. Ella sabrá cómo mover estos hilos. Pero si esto sale mal, Derek, si te descubres como un mentiroso, te entregaré yo mismo a los ylirianos. ¿Entendido?
—Perfectamente, Capitán.
Derek salió de la tienda con las piernas como gelatina, pero con una chispa de propósito encendida en su pecho. No había elegido volver a ser la princesa, sino que había convertido a Derek en un nuevo tipo de peldaño, una forma de usar su conocimiento sin renunciar a su nueva identidad.
Buscó a Kaelen, que estaba supervisando el entrenamiento matutino. La sargenta la miró con desdén cuando se acercó.
—¿Necesitas que te enseñe a sujetar la espada correctamente, paje?
—Necesito que uses tus redes —dijo Derek sin rodeos—. El capitán lo ha autorizado. Necesitamos esparcir un rumor por toda la frontera, y luego más allá. Sobre la princesa.
El interés de Kaelen reemplazó instantáneamente a su desdén.
—El capitán te dio el mando de una misión de palabras. Interesante. ¿Qué rumor?
Mientras Derek le explicaba el plan, sintió el peso del anillo en su bolsillo, que ahora parecía más liviano. Le había dicho a Elias que no volvería, pero no le había mentido del todo. No regresaría a la corte como una novia sacrificada. Regresaría, si alguna vez lo hacía, como una fuerza de la naturaleza. Una reina sin corona, forjada en el barro de la frontera, cuya única lealtad sería al pueblo que ahora defendía con la espada de un soldado llamado Derek. La guerra que se libraba fuera del campamento era la misma que ahora libraba dentro de ella misma, y por primera vez, sentía que podía ganar ambas.
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad silenciosa. Kaelen, a regañadientes pero con una eficacia aterradora, puso en marcha el plan. Utilizó a sus exploradores más rápidos y discretos, aquellos que se movían por los bosques como fantasmas, para sembrar la semilla del rumor en cada posada, cada campamento de leñadores y cada asentamiento fronterizo. La historia era simple y poderosa: la princesa Natalie no estaba muerta ni secuestrada. Se había fugado para evitar el matrimonio con el "Carnicero de Ylirion", prefiriendo la vida de una proscrita a la de una reina traidora.
Derek se convirtió en una sombra de sí misma. Durante el día, se esforzaba en las patrullas y en el entrenamiento, aprendiendo a moverse con la brutal eficiencia de los veteranos. Sus manos se agrietaron, sus músculos gritaron de dolor y su espalda aprendió a dormir sobre la tierra dura. Por la noche, se reunía con Kaelen y un par de sus hombres de más confianza para analizar los informes que llegaban de forma esporádica. El rumor estaba prendiendo. Las historias de la "princesa rebelde" se contaban en voz baja junto a las hogueras, y un nuevo respeto, mezclado con curiosidad, comenzaba a surgir en las miradas que le dirigían los otros soldados.
Una noche, mientras limpiaba su espada bajo la luz de una luna menguante, Kaelen se sentó a su lado.
—Tu historia tiene piernas, muchacho. Incluso ha cruzado la frontera. Nuestros exploradores informan que las patrullas de Ylirion están discutiendo sobre ella. Algunos la llaman heroína, otros la llaman traidora. El príncipe debe estar furioso.
—Bien —dijo Derek, sin levantar la vista del metal que pulía—. La discordia es nuestra mejor arma.
Kaelen la observó, su mirada analítica como siempre.
—Sabe mucho sobre intrigas de corte para un huérfano de aldea. Sabe cómo usar las palabras como espadas. ¿Quién eras de verdad, Derek?
La pregunta la tomó por sorpresa, aunque sabía que era inevitable. Derek dejó de pulir y miró a Kaelen directamente.
—Era alguien que aprendió que las palabras vacías no protegen a nadie. Y alguien que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para que este reino no se convierta en un vasallo de Ylirion. Eso es todo lo que necesita saber.
La respuesta pareció satisfacer a Kaelen, que asintió lentamente. —Bien dicho. Pero ten cuidado. Las palabras también pueden volverse en tu contra.
La advertencia de Kaelen resultó ser profética. Una semana después, la atmósfera en el campamento cambió. La moral era alta, pero la tensión era palpable. Ylirion había respondido, no con palabras, sino con acero. Habían intensificado sus patrullas, y sus ataques se volvieron más audaces y brutales. Estaban cazando a la "princesa rebelde", y cada soldado en la frontera era un sospechoso.
La patrulla de cenizas fue enviada a investigar una pequeña aldea que había sido arrasada. Fue una escena de una crueldad calculada. No solo habían matado a los defensores, sino que habían dejado un mensaje. En la puerta de la iglesia, clavada con una daga, había una tela de seda blanca. Era del mismo material que el vestido de una novia.
—Esto no es un ataque —dijo Borin, el gigante de barba, con la voz ronca de contener la rabia—. Es una advertencia. Un insulto.
—Están diciendo que la princesa es una novia mancillada, una promesa rota —murmuró Derek, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con el clima.
—Y están diciendo que nosotros somos sus cómplices —añadió Kaelen, su rostro sombrío—. Que cualquiera que defienda a la "princesa rebelde" compartirá su destino.
Esa noche, el Capitán Tomás los reunió a todos. Su cara era una máscara de piedra.
—El enemigo ha cambiado las reglas. Ya no solo luchan por territorio. Luchan para humillarnos, para quebrantar nuestro espíritu. Y tienen un nuevo objetivo.
Hizo una pausa, y su mirada recorrió a cada uno de los soldados antes de detenerse, por un instante, en Derek.
—Han puesto precio a la cabeza de la princesa. Una recompensa tan grande que cualquier hombre podría ser tentado. Pero también han puesto precio a la cabeza del "traidor" que difunde su historia. Quieren al desertor que se hace pasar por soldado. Quieren a "Derek".
Un murmullo recorrió la multitud. Algunos miraron a Derek con sospecha, otros con una lealtad recién forjada. Natalie sintió el suelo desaparecer bajo sus pies. Ya no estaba jugando con rumores; su propia cabeza se había convertido en el trofeo de guerra. El capitán le había dado un propósito, pero también la había convertido en el objetivo más codiciado del enemigo.
—A partir de ahora —continuó Tomás, su voz resonando con una autoridad inquebrantable—, la misión de este campamento no es solo defender la frontera. Es proteger a nuestro mayor activo. Proteger la esperanza que representa. Y proteger al hombre que le dio voz. Cualquiera que revele la identidad o la ubicación de Derek será tratado como traidor. ¡El nos representa a todos!
El capitán se fue, dejando a Derek en el centro de un torbellino de miradas. Se había convertido en un símbolo, un faro de resistencia. Pero los faros, se dio cuenta, no solo iluminan la oscuridad. También atraen a los monstruos. La guerra que había comenzado en el salón de tronos de su padre se había desplazado a este campamento de barro y sangre, y ella ya no era una fugitiva anónima. Era Derek, la leyenda viviente de la princesa rebelde, y ahora, todos, tanto amigos como enemigos, la buscaban.