En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 10
Se enfrentan al enemigo y descubren verdades ocultas.
La figura de Tibor Alarcón avanzó sobre la superficie del mercurio como si fuera tierra firme. No había rastro del padre que había abrazado a Emara después de su primera cacería, ni del hombre que lloraba en silencio ante el retrato de su madre. Sus ojos eran cuencas de un rojo incandescente, y en su mano derecha sostenía una lanza de plata que goteaba una sustancia negra y viscosa.
—No es él, Emara —dijo Kellan, desenvainando sus dagas. Su voz era una advertencia tensa—. Es una proyección de su pecado, un eco guardado en este reino para testificar la verdad. Pero es igual de letal.
—¿Mi padre? ¿Pecado? —Emara estaba paralizada. El conflicto interno la desgarraba; su lealtad filial luchaba contra la evidencia de la oscuridad que emanaba de la figura—. ¡Padre, detente! ¡Somos nosotros!
La sombra de Tibor no respondió con palabras humanas. Soltó un rugido que era una mezcla de aullido de lobo y lamento demoníaco. Se lanzó hacia ellos con una velocidad sobrenatural. La lanza de plata buscó el pecho de Kellan, pero Emara se transformó en un movimiento fluido y desvió el golpe con sus garras, que ahora brillaban con la luz blanca del Aethelgard.
—¡Escúchame, loba! —la voz de Astor resonó sobre el fragor del combate—. Mira el lago. ¡Mira la verdad que tu clan ha ocultado durante generaciones!
Mientras Emara luchaba contra la sombra de su padre, esquivando estocadas que habrían matado a un lobo común, sus ojos se desviaron por un segundo hacia el mercurio. Las imágenes pasaban como ráfagas de viento:
Vio a un Tibor mucho más joven, junto a un hombre que reconoció como el padre de Sergio Alfaro. Estaban en un claro del bosque, rodeados por los cuerpos de los Videntes del Clan de la Niebla. No estaban siendo atacados por demonios. Los hombres lobo estaban masacrando a los Videntes.
—No... eso no puede ser —gimió Emara en su mente, mientras bloqueaba un golpe de la lanza que le quemó el hombro.
La imagen cambió. Vio a Tibor hablando con una figura envuelta en sombras: el Rey de los Demonios. Tibor estaba entregando a una mujer encadenada. Era Arilsa, la madre de Kellan.
—"Danos el poder de la Luna de Sangre", decía el joven Tibor en la visión, "y a cambio, te entregamos a la vidente que puede abrir tus portales. Solo queremos que nuestro clan sea el más fuerte de Eloria. No nos importa el precio".
El Rey de las Sombras se rió y aceptó el trato. En ese momento, la grieta original se abrió, no como una invasión, sino como una transacción comercial. Los hombres lobo no eran las víctimas de una profecía; eran los arquitectos de su propia perdición. Habían sacrificado a los de su propia especie y a la mujer que Kellan amaba para obtener un poder que terminó por consumirlos.
Kellan, que también estaba viendo las imágenes, soltó un grito de pura agonía y furia.
—¡Traidores! —rugió, sus alas de sombra desplegándose por primera vez en toda su magnitud—. ¡Toda mi vida ha sido una mentira! ¡Mi madre murió porque tu padre quería un trono de huesos!
La furia de Kellan desestabilizó el reino. El cielo comenzó a fracturarse y los árboles de cristal a estallar. Se lanzó contra la sombra de Tibor con una violencia ciega, sus dagas cortando el aire con una precisión letal. Pero la sombra de Tibor se alimentaba de ese odio. Cada golpe de Kellan lo hacía más fuerte.
—¡Kellan, detente! —gritó Emara, volviendo a su forma humana y corriendo hacia ellos—. ¡Eso es lo que quiere! ¡El odio es lo que mantiene el portal abierto!
Kellan no la escuchaba. Su rostro estaba transformado por una máscara de rabia demoníaca. Sus manos estaban envueltas en llamas negras. Estaba a punto de asestar un golpe mortal a la sombra, un golpe que, en este reino mágico, tendría repercusiones reales en el Tibor que aún vivía en Eloria.
Emara hizo lo único que podía hacer. Se interpuso entre Kellan y la sombra de su padre. Sintió la punta de la daga de Kellan rozar su cuello y la lanza de plata de la sombra clavarse en su costado.
El silencio que siguió fue absoluto.
La sombra de Tibor se desvaneció en una neblina negra al entrar en contacto con la sangre pura de Emara. Kellan retrocedió, sus ojos volviendo a la normalidad mientras el horror reemplazaba a la furia.
—Emara... —susurró, dejando caer sus dagas. El sonido del metal contra el suelo de piedra sonó como una sentencia.
Emara cayó de rodillas, presionando su herida. Pero el dolor físico no era nada comparado con la devastación de su alma.
—Todo lo que creía saber... —dijo ella, con lágrimas mezclándose con la sangre en sus manos—. Mi padre mató a tu madre, Kellan. Mi clan es el responsable de tu sufrimiento. No soy un Ancla de salvación... soy la hija de un monstruo.
Astor se acercó a ellos, su rostro lleno de una compasión infinita.
—La sangre no determina el destino, Emara. Tu padre cometió un acto atroz para salvar a su pueblo de una hambruna y una guerra que él no sabía cómo ganar, pero al hacerlo, vendió el alma de Eloria. La profecía del Eclipse de Sangre no es una advertencia de lo que los demonios harán, sino de lo que los hombres lobo ya han hecho.
Kellan se acercó a Emara y la tomó en sus brazos. Su tacto, que antes era consuelo, ahora se sentía cargado de una tensión insoportable. Él la amaba, pero ella era la descendiente del hombre que había destruido su vida.
—La traición está en nuestras venas, loba —dijo Kellan, y su voz estaba rota—. ¿Cómo podemos cerrar la grieta si nosotros mismos somos los fragmentos de ese pacto roto?
—Hay algo más —dijo Astor, señalando hacia el horizonte, donde el portal por el que habían llegado comenzaba a brillar de nuevo con una luz roja—. El pacto no ha terminado. Hay alguien en tu aldea, Emara, que está completando el sacrificio final en este momento. Alguien que sabía la verdad y decidió seguir adelante.
Emara pensó en los ojos fríos de Sergio Alfaro, en la insistencia de los ancianos por el sacrificio. No era solo su padre. Era un sistema de mentiras construido sobre cadáveres.
—Tenemos que volver —dijo Emara, poniéndose de pie con un esfuerzo sobrehumano. Su herida comenzó a cerrarse, no por magia de curación, sino por la voluntad pura de su loba interna—. Tenemos que enfrentarlos. No por el clan, sino por la verdad.
Kellan la miró, y por primera vez, hubo una distancia en sus ojos que no había estado allí antes. La traición del pasado se interponía entre ellos como un muro de obsidiana.
—Iré contigo —dijo él, pero su tono era gélido—. Pero no lo haré por Eloria. Lo haré para que el nombre de mi madre sea vengado. Y si tu padre se interpone en mi camino, Emara... no sé si podré recordarme a mí mismo quién eres tú.
El corazón de Emara se rompió en ese instante. El vínculo seguía ahí, pero estaba teñido de amargura. La traición no solo había sacudido sus pasados; estaba destruyendo su presente.
Una traición sacude sus corazones.