En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 6: El calor del guerrero
La noche cayó sobre el campamento con un frío inclemente que parecía filtrarse a través de las capas de lona de la tienda real. Evangeline no mejoraba; aunque la fiebre había cedido ligeramente gracias a las infusiones de Marta, los escalofríos la sacudían con tal violencia que sus dientes no dejaban de castañear. Marta, tras observar la inutilidad de las mantas de lana, miró fijamente al general, que seguía sentado en la penumbra, observando a su prisionera con una intensidad perturbadora.
—Las pieles no son suficientes, señor —sentenció Marta mientras recogía sus cuencos—. Su cuerpo ha olvidado cómo generar calor. Si pasa la noche así, sus pulmones se llenarán de agua y no llegará al amanecer. Necesita el calor de otro cuerpo. Su calor.
Alistair guardó silencio, pero su mandíbula se tensó. Compartir su cama con una mujer nunca había sido un acto de necesidad médica, sino de conquista. Sin embargo, al ver la fragilidad de Evangeline, entendió que no había otra opción. Se despojó de sus pesadas botas y de su túnica, quedando solo en sus ropas íntimas de lino, y se deslizó bajo las pesadas pieles de lobo.
En cuanto el cuerpo de Alistair entró en contacto con el de ella, Evangeline, movida por un instinto de supervivencia en medio de su delirio, se pegó a él como si fuera una balsa en medio de un océano helado. Sus pequeñas manos se aferraron al pecho firme y musculoso del general, y su cabeza se hundió en el hueco de su cuello. Alistair se quedó rígido, con los ojos azules fijos en el techo de la tienda. Sentir la suavidad de la piel de ella y la fragilidad de sus huesos contra su propio cuerpo, marcado por cicatrices y batallas, le provocó una sensación de protección que rozaba el dolor. Durante toda la noche, el hombre más temido del reino no durmió; se dedicó a rodearla con sus brazos masivos, proporcionándole el calor que su propio descuido le había robado, custodiando su respiración como si fuera el secreto más valioso de su corona.
Al despuntar el alba, Evangeline abrió los ojos. La neblina de la fiebre se había disipado, pero fue reemplazada por un choque de realidad que la dejó sin aliento. Estaba atrapada en el abrazo de Alistair von Thorne. Podía sentir el latido rítmico y poderoso de su corazón bajo su oído y el calor abrasador de su piel rubia. El pavor la invadió, pero antes de que pudiera apartarse, la lona se abrió.
Marta entró, pero esta vez no venía sola. Dos ayudantes cargaban un baúl de madera tallada.
—Ya es hora de que la conozcan como se merece, señor —dijo Marta con una sonrisa astuta, ignorando la posición comprometedora de ambos—. He conseguido vestidos de la ciudad cercana. Seda de la mejor calidad, colores que harían palidecer a las flores de Aguasclaras.
Alistair se incorporó, liberando a Evangeline, quien se encogió bajo las mantas, roja de vergüenza. El general se puso de pie, recuperando su aire dominante de inmediato.
—Vístanla —ordenó Alistair, su voz recuperando su filo militar—. Quiero que todo el campamento sepa quién es la mujer por la que pagué con oro. Que nadie se atreva a ponerle un dedo encima, ni a mirarla sin mi permiso. Hoy caminará a mi lado.
Marta sacó un vestido de seda de un azul profundo, casi negro, con bordados de hilo de plata en el corpiño que resaltarían la blancura de la piel de Evangeline y el azabache de su cabello. Evangeline miró la prenda con temor; en su aldea, la belleza era una virtud silenciosa, pero aquí, bajo el mando de Alistair, se estaba convirtiendo en una declaración de guerra. Ella ya no era solo una aldeana rescatada; ahora era la posesión más preciada del general, y todo el ejército estaba a punto de descubrirlo.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰