Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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El eco de los pasos
La noche había sido inusualmente larga para Alistair. Acostumbrado a dormir cuatro horas exactas con la precisión de un reloj suizo, se encontró dando vueltas entre sus sábanas de hilo egipcio, con la mente fija en una invasión de color amarillo y aroma a vainilla. Cada vez que cerraba sus ojos negros, veía esos rizos oscuros y rebeldes que parecían tener vida propia. Se levantó antes de que sonara la alarma, entrenó en su gimnasio privado hasta que sus músculos ardieron y se duchó con agua helada, intentando recuperar el control que siempre lo había definido.
A las 7:55 de la mañana, Alistair estaba sentado tras su escritorio. Vestía un traje negro, camisa negra y corbata gris antracita. Parecía una sombra sólida en medio de la oficina. Sus hombros, anchos y trabajados por años de disciplina, tensaban la tela de su chaqueta cada vez que se movía. Su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de lugar. Estaba listo para la guerra, o lo que era lo mismo para él: un día de trabajo.
A las 8:00 en punto, el sonido de unos pasos rítmicos y un poco caóticos resonó en el pasillo de mármol. No eran los pasos medidos de un ejecutivo.
La puerta se abrió y Evie entró como si fuera la dueña del lugar. Llevaba una falda ajustada de talle alto que acentuaba sus curvas voluptuosas y una blusa de seda blanca que contrastaba con su piel canela. Su cabello, una cascada de rizos negros y cerrados que le llegaba a la cintura, se movía con cada paso que daba, dándole un aire salvaje que chocaba con la cara de facciones tiernas y juveniles que poseía. Sus ojos café oscuro, profundos y cálidos como la tierra, se fijaron en Alistair de inmediato.
—Buenos días, gruñón —dijo ella, dejando dos vasos de cartón sobre el escritorio—. Puntual como un tren chino. Me gusta.
Alistair levantó la vista. La luz de la mañana entraba por el ventanal y se enredaba en los rizos de Evie. Ella tenía esa mirada dulce, casi inocente, pero su cuerpo contaba una historia diferente; era una mujer de curvas generosas y presencia magnética. Alistair sintió que el nudo de su corbata se apretaba de repente.
—Ocho y un minuto, Evie —dijo él, su voz sonando más profunda y ronca de lo habitual—. El tiempo es el único recurso que no puedo recuperar.
—Y el café es el único recurso que te mantiene humano —respondió ella con un guiño, empujando uno de los vasos hacia él—. Pruébalo. Sin azúcar, con un toque de canela. Como tú: oscuro pero con una sorpresa al final.
Alistair observó el vaso con desconfianza antes de tomar un sorbo. Era excelente. Mucho mejor que el brebaje amargo que preparaba su asistente. Dejó el vaso a un lado y se puso en pie. Su altura de casi un metro noventa obligó a Evie a inclinar la cabeza hacia atrás. La diferencia de tamaño era evidente: él era una mole de músculo y seriedad; ella era suave, curvilínea y pequeña, aunque su personalidad llenaba toda la habitación.
—Hoy revisaremos el ala este —declaró Alistair, rodeando el escritorio—. Quiero que entiendas la visión de esta empresa antes de que empieces a mover paredes. Somos solidez, orden y prestigio. No quiero flores, no quiero "luz suave". Quiero eficiencia.
—Lo que tú quieres, Alistair, es un búnker de lujo —replicó ella, siguiéndolo mientras él salía de la oficina—. Pero la gente no trabaja bien en búnkeres. Necesitan respirar. Necesitan sentir que no son solo engranajes.
Caminaron hacia el ascensor. Al entrar en el espacio cerrado, la tensión cambió de fase. El ascensor era de paredes espejadas y suelo de granito negro. Alistair presionó el botón del piso 22 y se colocó en el centro, con las manos entrelazadas a la espalda. Evie se colocó a su lado, demasiado cerca para el gusto de Alistair.
En el reflejo del espejo, la imagen era impactante. Él parecía un titán oscuro, con su mandíbula cuadrada y sus ojos negros fijos en los números que descendían. Ella, a su lado, era pura calidez; sus rizos negros rozaban el brazo de Alistair cada vez que el ascensor hacía un movimiento sutil. El contraste entre la rigidez de su cuerpo musculoso y la suavidad de las curvas de ella era casi doloroso.
—¿Siempre eres así de tenso? —preguntó Evie de repente, rompiendo el silencio—. Tus hombros están tan duros que parecen tallados en piedra.
Antes de que él pudiera responder, Evie hizo algo impensable. Extendió una mano y presionó suavemente el trapecio de Alistair.
Él se tensó aún más, soltando un gruñido bajo. La mano de ella era pequeña, pero su tacto era firme y cálido. A través de la tela del traje, Alistair pudo sentir la presión de sus dedos. Fue una invasión total de su espacio, una violación de todas sus reglas de decoro profesional.
—No me toques —dijo él, aunque su voz no tenía la firmeza habitual. Sus ojos negros se encontraron con los café de ella en el reflejo del espejo.
—Necesitas un masaje, o unas vacaciones, o un abrazo —dijo Evie, sin retirar la mano de inmediato. Sus ojos brillaban con esa mezcla de ternura y picardía—. Estás tan acostumbrado a cargar el mundo tú solo que se te ha olvidado cómo soltarlo.
Alistair se giró hacia ella, atrapando su muñeca con un movimiento rápido. No la apretó con fuerza, pero sus dedos rodearon su piel con una posesividad instintiva. El pulso de Evie latía con fuerza bajo sus dedos, rápido y vivo.
—No sabes nada de mi mundo, Evie —susurró él, bajando la cabeza hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros.
Desde esa distancia, pudo notar que sus pestañas eran largas y oscuras, y que sus labios, carnosos y de un rosa natural, estaban ligeramente entreabiertos. El aroma a vainilla se mezcló con el olor a cuero y metal del ascensor. Alistair se encontró mirando su boca, preguntándose si sería tan suave como parecía.
—Sé que te escondes detrás de este traje negro —respondió ella en un susurro igual de bajo—. Y sé que debajo de todo este músculo y seriedad, hay alguien que tiene miedo de sentir algo que no puede controlar.
El ascensor se detuvo con un suave tintineo. Las puertas se abrieron, pero ninguno de los dos se movió durante varios segundos. Alistair soltó su muñeca lentamente, sintiendo el vacío del contacto de inmediato.
—Fuera —dijo él, recuperando su máscara de frialdad—. Tenemos trabajo que hacer.
Evie sonrió, una sonrisa pequeña y sabia, antes de salir del ascensor con ese contoneo natural de sus caderas que Alistair no pudo evitar seguir con la mirada. Durante las siguientes tres horas, mientras ella tomaba fotos y marcaba planos, Alistair intentó concentrarse en los informes que su asistente le enviaba al móvil. Pero sus ojos volvían siempre a ella.
La veía agacharse para buscar un ángulo, la tela de su falda tensándose sobre sus muslos voluptuosos, o la veía morderse el labio inferior mientras pensaba, un gesto tan tierno que le provocaba una punzada de algo parecido al hambre en el estómago.
Cuando terminaron la ronda, el sol ya estaba en su punto más alto. Evie estaba guardando su cámara, con algunos rizos negros cayendo sobre su frente por el esfuerzo.
—Tengo hambre —anunció ella—. Y tú me vas a llevar a almorzar. Nada de ensaladas de oficina, Alistair. Comida de verdad.
—Tengo una reunión en treinta minutos —mintió él. Necesitaba alejarse de ella antes de perder la poca cordura que le quedaba.
—Mientes muy mal para ser un CEO —dijo Evie, acercándose a él y dándole un toquecito en el pecho con el dedo índice—. Vamos. Es una orden de tu consultora visual. Necesito que tu cerebro tenga glucosa para que dejes de mirarme como si quisieras... bueno, como me miras.
Alistair sintió que la sangre se le subía al rostro. ¿Tan evidente era? Él, el hombre que había engañado a los tiburones más grandes de Wall Street, no podía ocultar lo que sentía frente a una chica de veinticuatro años con cara de ángel.
—Está bien —cedió él, rindiéndose ante la luz de esos ojos café—. Pero yo elijo el lugar.
—Trato hecho, ogro.
Mientras bajaban al parking, Alistair se dio cuenta de que su mundo de cristal ya no solo tenía una grieta. Se estaba desmoronando, y lo peor —o lo mejor— era que no tenía ningún deseo de detener el derrumbe.