A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 21 la razon
El silencio del parque se volvió denso tras la partida de Hanz. Ian contemplaba el fondo del vaso de café, procesando el encuentro, cuando la vibración de su teléfono en el bolsillo de la sudadera lo sobresaltó. Era un mensaje de un número no registrado, apenas una línea que hizo que el aire se detuviera en sus pulmones:
"Estoy donde todo empezó. Donde los planos aún tienen tu nombre en los márgenes. Por favor, ven. La clave sigue siendo la misma."
Ian no necesitó preguntar quién era. Solo había un lugar en el mundo que encajaba con esa descripción: el ático minimalista que Eliah había diseñado no solo como una vivienda, sino como un santuario para ambos. A pesar de la duda que le arañaba la boca del estómago, Ian se levantó. Sus pies se movieron con una memoria propia, guiándolo hacia el edificio de cristal y acero que una vez llamó hogar.
Al llegar frente a la puerta de madera de nogal, sus dedos temblaron sobre el panel táctil. Marcó los dígitos de su fecha de nacimiento seguidos de los de Eliah. El clic de la cerradura electrónica resonó en el pasillo desierto como un disparo. La puerta se abrió, y el aroma a cedro y esa nota eléctrica de Eliah lo envolvió como una manta pesada.
El departamento estaba en penumbra, solo iluminado por la luz ámbar del atardecer que se filtraba por los ventanales. Eliah estaba de pie junto a la isla de la cocina, rodeado de planos enrollados que parecían haber sido revisados una y mil veces. Al ver entrar al Omega, el Delta dejó caer los hombros, soltando un suspiro de puro alivio.
—Viniste —dijo Eliah, su voz rompiéndose levemente.
—Nunca cambiaste la clave —respondió Ian, manteniéndose cerca de la entrada, con la gorra aún puesta como un escudo.
Eliah caminó hacia él con pasos lentos, sin querer asustarlo. Se detuvo a dos metros de distancia, lo suficiente para que Ian pudiera ver que el impecable arquitecto tenía las ojeras marcadas y la camisa ligeramente arrugada.
—No podría cambiarla aunque quisiera. Sería como intentar borrar mi propia estructura —comenzó Eliah, dando un paso más—. Ian, sé que estos años han sido un laberinto de silencios y muros. Sé que mis acciones te hizieron daño.
Ian frunció el ceño, sus ojos cristalizándose bajo las gafas de sol que aún no se había quitado.
—¿Por qué, Eliah? ¿Por qué nunca fui suficiente para ti ni cuando tenia te lo dije por primera vez solo obtuve rechazo?
—¡Porque tenías quince años! —exclamó Eliah con una intensidad que hizo vibrar el aire—. Eras el hermanito pequeño de Marc, mi mejor amigo. Eras un cachorro con los ojos más puros y sinceros que he visto en mi vida, y yo ya era un Delta que entendía lo oscuro que puede ser el mundo. Me aterraba mi propia naturaleza. Me aterraba lo mucho que te quería reclamar incluso entonces.
Eliah se acercó hasta quedar a centímetros de él. Con una delicadeza infinita, le quitó la gorra y las gafas a Ian, obligándolo a mirarlo.
—¿Te acuerdas? —susurró Eliah—. Siempre fuiste tan atrevido. Marc me decía que te mantuviera alejado, pero tú te colabas en mi estudio de dibujo. Te sentabas en el suelo, me mirabas con esa confianza ciega y me decías: "Eliah, no importa lo que digan, nosotros siempre debemos estar juntos". Lo decías con una seguridad que yo no tenía. Me daba miedo que esa pureza se manchara conmigo, con mi obsesión por el control.
Ian sintió una lágrima correr por su mejilla. Recordaba perfectamente al adolescente que fue, ese Omega que no sabía de contratos discográficos ni de críticas, solo de la conexión magnética que sentía por el mejor amigo de su hermano.
—Me alejé para protegerte de mí mismo —continuó Eliah, tomando las manos de Ian entre las suyas—. Pero en el proceso, construí un edificio sin alma. Me convertí en un Delta que sabía construir rascacielos pero no sabía cuidar un corazón. Te amo, Ian. Te amo desde que eras ese niño que llegaba con su guitarra y te ponias a oracticar melodias mientras yo trabajaba en el estudio, y te amo ahora que eres el hombre que hace que el mundo se detenga cuando canta.
Eliah se arrodilló frente a él, un gesto de sumisión absoluta que un Delta nunca realizaría ante nadie más. Apoyó la frente en la cintura de Ian, respirando profundamente su aroma a jazmín.
—No quiero ser más el arquitecto que diseña tu vida desde lejos. Quiero ser el hombre que te sostenga cuando el escenario se apague. Por favor, vuelve a casa. Ayúdame a rediseñar este lugar para que vuelva a ser nuestro.
Ian bajó las manos y las enredó en el cabello oscuro de Eliah. El contacto físico fue como cerrar un circuito eléctrico. El dolor de los años de separación seguía ahí, pero la confesión del Delta había abierto una brecha en la armadura del Omega.
—Siempre fuiste un tonto, Eliah —susurró Ian con un sollozo que se transformó en una pequeña risa—.Nunca necesité un delta perfecto. Solo te necesitaba a ti.