Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 23
Ella suspiró de alivio.
Él solo había descubierto su nombre real. Pero no que era de la DEA. Aún podía manejar esto. Aún podía seguir con la misión.
Sloan la miró, esperando.
—¿No me vas a responder? —preguntó él, con la ceja arqueada.
Renata bajó las manos. Relajó la guardia. Su mente trabajaba a mil por hora, buscando una excusa, algo creíble, algo que él pudiera tragar.
—Es que me miraste como si quisieras matarme —dijo, y su voz sonó más frágil de lo que quería—. Me... asusté.
No era cierto. Ella no se asustaba fácilmente. Pero necesitaba inventar una excusa. Necesitaba que él creyera que todo había sido miedo. Nada más.
Sloan la miró un momento. Procesando sus palabras.
—¿Tú asustarte? —preguntó, con un dejo de incredulidad—. ¿La mujer que me tiró al suelo en mi propia oficina? ¿La que saltó por una ventana con una bala en el hombro?
—La misma —respondió ella, con un hilo de voz.
Sloan la miró un momento más.
Y entonces, sin previo aviso, se acercó rápidamente.
Antes de que ella pudiera reaccionar, sus brazos se cerraron alrededor de su cuerpo. La envolvió en un abrazo fuerte, firme, casi desesperado.
Renata se quedó rígida. No sabía cómo reaccionar. Sus brazos quedaron pegados al cuerpo, sin saber si devolver el abrazo o empujarlo.
—Eres una tonta —dijo Sloan contra su cabello, con la voz ronca—. Me asustaste. Tuve miedo de que algo malo te haya pasado, Renata.
Su nombre verdadero en labios de él sonaba extraño.
No era Cielo. No era la secretaria. No era la identidad falsa.
Era Renata.
Él la llamaba por su nombre real.
Y eso la descolocó más que cualquier amenaza.
—¿Por qué te importa? —preguntó ella, en un susurro.
Sloan no respondió. Solo apretó el abrazo.
Y ella, a pesar de todo, a pesar de la misión, a pesar de que él era el enemigo...
Cerró los ojos.
Solo por un segundo.
—Solo soy una empleada más —susurró ella, mientras él la tenía en sus brazos.
La voz le salió débil, casi sin convicción. Porque ni ella misma se creía esas palabras. No después de todo lo que había pasado.
Sloan la apretó con más fuerza. Como si quisiera meter esas palabras de vuelta en su boca.
—No es cierto —dijo, con la voz grave, segura—. Eres mucho más que eso, Renata. Eres mía. Y yo soy tuyo.
Renata no supo qué responder a esto.
Sus palabras resonaron en el pasillo vacío. Eres mía. Y yo soy tuyo. Un intercambio. Una posesión mutua. Algo que iba mucho más allá de jefe y empleada.
Se quedó en silencio. Los brazos a los costados. El corazón latiéndole con fuerza.
Sloan la soltó lentamente. La miró de arriba abajo otra vez. Frunció el ceño al ver su ropa sucia, manchada, arrugada.
—Ahora ve a descansar —dijo, con tono de orden—. Te ves fatal. Te voy a conseguir ropa nueva y decente. Pareces una vagabunda.
—Oye —dijo ella, enojada, ofendida.
Pero no pudo terminar la queja.
Sloan la sujetó en sus brazos —otra vez—, la levantó del suelo como si pesara nada y la llevó en volandas por el pasillo.
—¡Sloan, bájame! —protestó ella, golpeándole el pecho con el puño cerrado.
—Cállate —respondió él, sin inmutarse.
Llegó a una puerta. La abrió con una mano. Era su habitación. La cama grande, las sábanas oscuras, las cortinas cerradas.
La dejó sobre la cama con cuidado. Se enderezó. La miró desde arriba.
—Tienes prohibido salir sin mi autorización —dijo, y su voz no admitía réplica—. ¿Entendido?
Renata lo miró con los ojos entrecerrados.
—No estoy jugando —añadió él, antes de girarse.
Salió de la habitación. Cerró la puerta detrás de él.
Renata oyó la llave girar en la cerradura.
Click.
Se quedó a oscuras, sentada en la cama de su jefe narcotraficante, con la ropa sucia y el hombro dolorido.
Suspiró.
Miró el techo. Miró las paredes. Miró la puerta cerrada con llave.
No estaba encerrada. No realmente. Podía forzar la cerradura. Podía saltar por otra ventana. Podía pelear.
Pero no iba a hacerlo.
Porque, a pesar del encierro, a pesar de las órdenes, a pesar de todo...
Tenía una oportunidad.
Podía revisar su habitación. Podía encontrar algo. Documentos. Pistas. Información que la DEA necesitaba.
Algo que justificara todo esto.
Renata se puso de pie. Caminó hacia el escritorio. Comenzó a buscar.