Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
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18. Un intento fallido
...ALBERT:...
Me sentía como un hombre aprovechado, no podía evitarlo incluso si mi miembro dolía por más.
Volví al cuarto de Mermit para retirar la sábana de debajo de la cama, la doblé más y la llevé a la lavandería, aprovechando que Aliz iba a estar con la ama de llaves en el mercado.
La remoje en agua lo suficiente y quité la mancha lo más que pude.
Sabía que si se enteraban iban a mirarme como solían hacerlo antes.
Mi reputación estaba acabada.
Sí, podía casarme con Mermit y dejar de ser su tutor, pero lo impondría, ella no conocía lo que era el matrimonio, aún no podía expresarse lo suficiente.
No sabía si eso le gustaría.
No iba a tomarla aún, solo quería mostrarle más del placer, besarla y saborearla. No contaba con que ella tomaría la delantera, casi no podía controlarla.
Mermit no podía entender que tomarla así era considerado poco caballeroso.
Cuando lo sumergió en su interior no pude detenerme.
Se sintió tan bien que moría por repetirlo.
Mi miembro dolía, llevaba más de cinco años sin uso y el interior de Mermit era muy apretado, muy cálido.
Estaba endurecido de solo recordarlo.
Siempre tomé en cuenta que entraría en un frenesí al tomarla, al sentirla.
El placer era tan intenso que sentía escalofríos.
Dejé la manta colgada después de lavarla.
Había aprendido a hacer tareas del hogar cuando usé el dinero que mi padre me dió para comprar el barco.
Cuando comencé no tenía muchos ahorros, más cuando pagué las deudas antiguas que heredé de mis juegos de apuestas y demás derroches.
Salí de la lavandería y me metí a mi estudio después de desayunar.
Sebastian no planeaba visitarme, sabía que ni siquiera se preocuparía por conocer a Mermit, así que escribí una carta, avisándole que iría a visitarlo.
Ella era parte de la familia y era apropiado que la conocieran, poco importaba si yo estaba del lado que quería ser olvidado.
Su mansión no estaba lejos de la costa, así que la carta no tardaría en posarse en sus manos.
Alguien tocó la puerta, sabía que no era Mermit, ella entraría sin tocar.
— Adelante.
Adelaida entró.
— Mi lord, necesito hablar con usted.
Elevé mi rostro a ella.
— Por supuesto ¿Qué se le ofrece?
Su rostro estaba muy serio, más de lo usual, las arrugas se le marcaban en el entrecejo y los labios.
— Lo que sea que este haciendo, debe parar.
Fruncí el ceño.
— ¿De qué habla?
— Mermit está demasiado distraída, su mente parece estar en otra parte, en alguien — Me lanzó una mirada acusatoria — Esto interfiere mucho con mis enseñanzas.
— Dele tiempo, tal vez es algo momentáneo, volverá a poner atención, todos hemos pasado por momentos de distracción — Dije, manteniendo mi expresión neutral.
— Llevo años trabajando en esto, mi lord, sí, puede que haya momentos donde la mente se disperse, pero lo de Mermit es mucho más grave — Gruñó y me tensé — Solo abre la boca para decir su nombre, mi lord.
No sabía si reír o preocuparme.
Me parecía que la institutriz estaba exagerando.
— Es la palabra que más usa — Dije, tomándolo con calma.
— No, ya había pasado esa faceta, me pierdo un día y de repente se atrasa — Dijo, un poco irritada — Mi lord, Mermit no es una niña, ella ya es una adulta, así que su aprendizaje requiere más concentración y menos distracciones.
— Mermit es inteligente, sabrá concentrarse.
— No me está entendiendo — Dijo, cruzando sus brazos — Le estoy diciendo que Mermit no está lista para un enamoramiento.
Si estuviera bebiendo algo lo escupiría ¿Tal vez Mermit intentó contar lo que pasó? Debía intentar que comprendiera que no podía contar eso abiertamente.
— ¿Enamoramiento? — Fingí no estar enterado.
— Se la pasa suspirando por usted y eso no me parece apropiado para estos momentos — Gruñó, arrugando la naríz.
— Mermit es mi protegida, soy su tutor legal...
— No me interesa escuchar sus excusas — Elevó su mano y apreté mi boca en una línea — Lo que está simple vista no necesita anteojos, ni siquiera en mi caso que ya tengo unos puestos — Se ajustó las gafas — Lo que me importa aquí es el aprendizaje de Mermit, ella debe comprender muchas cosas antes de considerar las relaciones.
— Entiendo lo que dice, Mermit dejará sus fantasías — Dije, muy serio.
No confíaba demasiado en Adelaida para contarle mi vida privada y no esperaba que lo entendiera o que no me juzgara. Ya lo estaba haciendo con sus conjeturas.
— Espero que eso sea así, porque no permitiré que Mermit se atrase con cosas para las que aún no está lista — Bramó, lanzando otra mirada acusatoria — Eso solo supondrá un estancamiento, no un bien.
— Descuide, ya no habrá más distracción.
— Espero que eso sea así, mi lord, en lo personal, soy una persona bastante discreta y no me suelo meter en asuntos que no me competen, pero si un aprendiz deja de progresar y hay una razón detrás, no me puedo hacer de la vista gorda, mi vocación de la enseñanza no lo permite, lo correcto es que deje a Mermit concentrarse si quiere ver los resultados.
Se marchó después de soltar esas palabras.
Solté una larga respiración mientras me frotaba la barbilla.
...****************...
Una distracción.
Quería el bien de Mermit.
La deseaba, pero también quería que se adaptara al mundo, que pudiéramos conversar.
Tal vez ya nos entendíamos más allá de las palabras, pero necesitábamos más que eso.
Quería casarme, pero no podía hacerlo.
No quería que Mermit llegara al altar sin saber lo que realmente significaba.
Necesitaba algo más con que entretenerla.
Me gustaba la compañía de Mermit, pero no quería ser el centro de su mundo.
No quería hacerle daño.
Salí a la ciudad, llevando una capa y sombrero.
El frío en la costa empezaba a notarse más.
Caminé por las calles, pensando en algo que pudiera aparta su atención de mí aunque fuese por unas horas.
Mermit mostraba mucha fijación por los animales.
Entré a una tienda de mascotas pequeñas.
Aquel lugar era exclusivamente para nobles, ya que las mascotas eran muy pequeñas, considerados simples adornos.
Había gatos, pero también perros y aves, eran muy bien cuidados, vender requería un permiso del rey, así que no cualquiera podía ir por ahí comercializando animales.
Observé los perros.
No sabía de razas.
— Quisiera un cachorro.
— ¿De cuál quiere?
— No lo sé, necesito un perro que sea juguetón y no sea cascarrabias.
— Tenemos uno, nadie lo prefiere, por un descuido se cruzaron dos razas — Dijo, yendo hasta el fondo del pasillo.
Volvió con una bola de pelos bastante encantadora, era regordete y hermoso.
— Deme ese.
— ¿Seguro? — Elevó una ceja — Es demasiado revoltoso.
— Por supuesto, lo quiero.
Lo colocó sobre el mostrador.
El cachorro movía la cola frenéticamente, tenía el hocico ancho y se acercó a mí muy alegre.
Lo toqué y empezó a saltar emocionado, dando mordiscos suaves a mí manos cubiertas por guantes.
Me pareció bastante adorable.
El vendedor volvió con una cesta.
— Es muy revoltoso, no creo que pueda controlarlo.
— No importa, es solo un cachorro.
Me llevé al perro, aunque fue un poco costoso, no importaba, Mermit necesitaba algo que cuidar.
El perrito se movía inquieto dentro de la cesta.
— Lord Albert Mercier — Saludó alguien al pasar frente a un edificio lujoso.
Me detuve.
Observé hacia Farrell, él guardó un reloj en el bolsillo de su chaleco.
— Farrell — Dije y me evaluó.
— Pensé que estaría en el mar, un capitán que permanece en tierra, no es del todo capitán.
— Tengo asuntos que atender — Corté y me evaluó.
— Le conté a los socios del club sobre usted y sorpresa — Sonrió abiertamente — Me hallé con muchas anécdotas de su persona.
— ¿Ah, sí? — Arqueé las cejas.
— Cosas interesantes, su fama era bastante, todos comentaban lo mismo después de terminar las historias.
— Las cotillas tienden a ser exageradas cuando pasan de boca en boca, no crea todo lo que le dicen los nobles señor Farrell.
— Decían, el apellido de los Mercier está maldito, todos sus escándalos hicieron que el más apostador y conquistador, huyera al mar para ser un simple capitán — Dijo, reparando mi apariencia — Me hace preguntando ¿Usted es la maldición de su familia?
Apreté mi mano en puño.
— ¿Qué mierda le importa? — Perdí la paciencia.
— No se lo tome personal, solo decía — Se encogió de hombros — No me importa, solo quiero clientes y si usted es tan famoso debería venir a mi club.
— ¿En qué me beneficia eso?
— Puede volver a retomar su vida aristócrata, recuperar el lugar en la sociedad y yo ganaría más, porque por lo visto, a todos les causa curiosidad saber sobre usted y sobre su familia.
— Dile al Marqués Sebastian que alimente sus dudas.
— No, él es lado recto de los Mercier, no les causa tanta curiosidad como usted. Los socios estarían muy satisfechos si pisa mi club — Señaló hacia atrás, al edificio.
— No me interesa.
El perrito asomó la cabeza desde dentro de la cesta, levantando la tapa.
Empezó a ladrar a Farrell.
— Mira, una bola de pelos encantadora — Dijo y sonrió — No sabía que le gustaban los perros.
— ¿También quieren saber eso sus socios?
Se rió.
— No se ofenda, solo era una proposición.
No me apetecía tener que aguantar a otro mocoso presuntuoso.
Fue suficiente con Levi, aunque él era peor, no me hizo ninguna gracia tener que aguantar las órdenes de un jovencito y mucho menos sabiendo que era exitoso, en cambio yo perdí mi tiempo en clubes y apuesta, por mí mismo y por dejarme llevar por los malos consejos de mi falsa madre.
Me marché sin despedirme.
Llegué a la mansión.
Al ver a Mermit tan feliz con el cachorro supe que había funcionado.
Sus ojos brillaban con emoción ante la felicidad del cachorro, de obtener atención y caricias.
Era un cachorro mimado.
Me gustó darle ese regalo, se sentía bien poder darle algo así.
Ella le mostró el cachorro a los sirvientes y me marché a mi habitación.
Esperaba que con eso se olvidara un poco de mí.
Me quité la ropa y preparé un baño.
Sumergí mi cuerpo en la bañera.
Estaba relajado hasta que recordé a Mermit.
Estaba endurecido.
Salí del agua, con ímpetu.
Me sequé con una toalla y me cubrí con un albornoz.
Cuando regresé a la alcoba el perrito vino a mí.
Estaba corriendo por toda la habitación, ladrando a las llamas de la chimenea.
Saltando y mordiendo las patas de mi sillón.
— Mermit ¿Qué haces aquí?
No podía creerlo, pensé que estaría entretenida.
Me sonrió, persiguiendo a la mascota.
La tomé del brazo.
¿Cómo podía explicarle?
Ella me evaluó.
— Cachorro — Dijo, señalando — Comida.
— Dile a Aliz, ella le dará de comer — Me acerqué al perrito, pero de tanto correr se había quedado quieto sobre la alfombra, acostado.
Mermit me detuvo de tomarlo.
— Mermit, ve a tu habitación — Señalé la salida — Llévate al cachorro.
Ella hizo un gesto, negando con la cabeza.
Se acercó a la cama y trepó.
La seguí.
— Mermit, no puedes dormir aquí.
Ella se giró, colocándose boca abajo, elevando su cintura.
Me observó con las mejillas rojas.
Traía el camisón, se le levantó un poco, revelando su trasero suave y abultado.
La espalda baja tenía símbolos de fuego y hielo marcados en la piel.
Las armas y las estrellas estaban más arriba.
Me acerqué a la cama.
Mi miembro estaba muy endurecido.
Apreté mis manos en puño, me prometí no distraerla y aquí estaba.
Toqué sus muslos mientras ella se quedaba sobre las mantas acostada sobre su estómago.
Toqué sus glúteos y los apreté, me atreví a darle una nalgada.
Gimió, estremeciéndose y observandome sorprendida.
Acaricié la palmada, enrojeciendo la piel.
Toqué entre sus piernas, encontrando su florecita empapada para mí.
Ella enterró las manos en las mantas, suplicando con la mirada que le diera lo que quería.
No podía dejar de pensar en esto.
Abrí mi albornoz lo suficiente.
Mi miembro rozó su entrada.
Me sumergí más profundo, sosteniendo sus caderas, aferrando mis manos.
Fue un alivio para mí sentir su camino cálido, estrecho y húmedo.
Golpeé con fuerza mientras ella gemía una y otra vez.
El placer me recorría como relámpagos a través de mi cuerpo, robándome el aliento, alimentándose con la sensación.
La giré con cuidado y le terminé de quitar el camisón.
Me incliné sobre ella mientras volvía a entrar, con brusquedad.
Ella se estremeció, rodeando mi cuerpo y temblando.
Atrapé su boca mientras la tomaba con fuerza, embistiendo con rapidez, envolviendo su cuerpo de sudor y calor.
Toqué sus senos abundantes.
Devoré un pezón y luego fui por el otro, succionando.
Su rostro mostraba confusión y éxtasis.
Sabía que era demasiado para explicar, pero no importaba luego habría tiempo para eso.
Yo solo quería más.
albert los celos son malos recuerda que mermit no entiende solo es curiosa tienes que enseñarle
mermit va sentirse triste