No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
ACTUALIZACIÓN DIARIA
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Algo respondió
Nada importaba en ese momento.
Solo ella.
Se despojó del manto con calma y se acomodó sobre la cama, recostándose a su lado. No la tocó con brusquedad esta vez. Se posicionó lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, lo bastante próximo para percibir su aroma sin necesidad de inclinarse.
Su brazo descansó a su lado, pero su presencia era envolvente, protectora… y posesiva.
La observó unos instantes más, memorizando los detalles de su rostro ahora sereno.
—No escaparás otra vez —murmuró en voz baja, más para sí mismo que para ella.
Y así permaneció.
Recostado junto a la mujer que había despertado su instinto más antiguo, dispuesto a vigilar su descanso.
Durante el resto del día.
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--MUNDO DE LOS DIOSES, JARDÍN/PALACIO ANCESTRAL--
La luz lo había consumido todo.
No quedó cielo.
No quedó jardín.
No quedó sonido.
Solo ese blanco absoluto que parecía devorar incluso el concepto de existencia.
En medio de aquella aniquilación divina, el colgante reaccionó.
Brilló con una intensidad desesperada, no como un arma… sino como un guardián. Su luz envolvió el alma, la esencia misma de Aelina Moonveil, formando una barrera invisible que intentó proteger aquello que realmente importaba: su identidad, sus recuerdos, su conciencia.
El colgante no tenía el poder de salvar su vida.
No podía sostener su cuerpo ni detener el colapso provocado por la ira de la Diosa.
Intentó preservar su alma.
Intentó resguardar sus recuerdos.
Intentó oponerse al decreto divino.
Pero no fue suficiente.
Cuando la voluntad de la Diosa descendió para borrar todo rastro de Lucien Duskryn en Aelina Moonveil, el colgante se interpuso… y falló. La energía que lo sostenía se fracturó al intentar proteger los recuerdos, el mismísimo vínculo de Aelina Moonveil con Lucien Duskryn. El vínculo, las imágenes, las emociones, las palabras compartidas, las promesas que se hicieron… comenzaron a desvanecerse como tinta diluida en agua.
El colgante absorbió lo que pudo, resistió lo imposible… y terminó agrietándose desde el rubí rojo.
Su brillo se quebró.
Su poder se extinguió.
Quedó inservible.
Y entonces quedó la duda suspendida en el vacío.
¿Por qué la Diosa pensó que no podía matarla debido al colgante?
Era cierto: no podía matarla.
Pero no era por esa reliquia.
Mientras la luz devoraba todo, algo más ocurrió.
Dentro del alma de Aelina Moonveil, en un rincón que ni ella misma conocía, algo despertó. No fue un estallido violento ni una explosión visible. Fue un destello silencioso… profundo… antiguo.
Un brillo que no provenía del colgante.
Un poder misterioso, insondable, que latía más allá de lo divino.
Más antiguo que los títulos.
Más denso que la autoridad celestial.
Más poderoso que la propia Diosa.
Ese cambio fue tan sutil que la Diosa no lo percibió. En su furia, en su certeza de superioridad, solo vio el cuerpo de Aelina caer al suelo… y luego desintegrarse como un toque de brillos, dispersándose en partículas luminosas hasta desaparecer por completo.
Cuando la luz se disipó, solo quedó la espada... y el colgante.
Opaco.
Roto.
Vacío.
Había intentado protegerla… y fracasó en lo más doloroso.
Pero en lo profundo del vacío… En el alma de Aelina Moonveil.
Algo había respondido.
Y no era una simple reliquia actuando.
Era algo que aún no tenía nombre.
Entonces de repente la Diosa sintió un estremecimiento que recorrió el tejido del Mundo de los Dioses.
Era él.
Lucien Duskryn se estaba acercando.
Su presencia atravesó el tejido del Mundo de los Dioses como una espada invisible, cortando distancias, ignorando leyes, desgarrando el espacio mismo con una determinación absoluta. No era solo velocidad. Era autoridad. Era Un poder que reclamaba prioridad sobre todo lo demás.
Por primera vez, no fue furia lo que cruzó el semblante de ella… sino cautela.
Y en lo más profundo de su inconsciente… ella lo sabía.
No era rival para él.
No en un enfrentamiento directo.
No en un combate donde ambos lucharan sin restricciones.
Pero aun así… ella era la Diosa del Sol.
La encarnación de una estrella eterna, la autoridad sobre la luz y el fuego celestial. Definitivamente podría darle batalla… o eso era lo que se repetía a sí misma.
Su orgullo ardía tanto como su corona solar.
Sin embargo, no era estúpida.
Con la amarga satisfacción de haber eliminado lo más importante de su rival amoroso, borró todo remanente de su poder del lugar. No dejó rastro de su aura, ni huella de su intervención. En un destello dorado, desapareció súbitamente.
Pero en algún rincón del vasto reino celestial, la Diosa supo que lo que había hecho no quedaría sin consecuencias.
Porque lo que había sentido acercarse…
no era solo un dios.
Era una catástrofe.
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Antes de que la Diosa descendiera, en el jardín del palacio ancestral, el firmamento se encontraba fracturado por una distorsión colosal.
Allí estaba Lucien Duskryn.
A su alrededor flotaban cientos de dioses: algunos de poder abrumador, otros considerablemente más débiles. Todos observaban mientras él enfrentaba la anomalía.
Aquella grieta en la realidad no se parecía a nada antes visto en el Mundo de los Dioses. No era una simple fisura dimensional. Era algo que deformaba leyes, que distorsionaba energía, que parecía… devorar principios.
Si no era eliminada, en el futuro sería una catástrofe.
Lucien la combatía solo.
Sus movimientos eran precisos, elegantes, devastadores. Lo hacía parecer fácil. Cada golpe contenía una comprensión absoluta de las leyes que sostenían ese mundo. Sin embargo, todos los presentes sabían la verdad:
Si él no estuviera allí, se necesitarían al menos cien de los dioses más poderosos para sellarla.
O cientos de los menos poderosos… con innumerables bajas.
Pero a Lucien no le importaba la anomalía.
En su mente solo existía un nombre.
Aelina Moonveil.
Su esposa.
Su vida.
La mujer que estaba a punto de superar el pico de su cultivación.
La mujer que le había prometido que, después de alcanzar ese nivel, podrían tener hijos.
Mientras desintegraba capas de distorsión con una facilidad aterradora, su pensamiento volvía una y otra vez a ella. A su sonrisa. A su mirada desafiante. A su orgullo.
Entonces ocurrió.
Un tirón en su alma.
El vínculo del colgante vibró.
Peligro.
No dudó.
En el mismo instante, desapareció de la vista de todos.
La anomalía, privada de la presión absoluta que la contenía, se abrió de golpe. Una oleada caótica estalló hacia afuera, dañando la energía interna de varios dioses cercanos. Algunos escupieron sangre divina; otros retrocedieron horrorizados.
No entendían por qué Lucien Duskryn había desaparecido.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso