Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
NovelToon tiene autorización de Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una nueva casa.
Alelí no tenía más familia.
O al menos, nunca supo de ningún pariente. Sus padres no tenían hermanos. Y sus abuelos murieron hace mucho. Eso le habían dicho.
Después de aquella noche en la que el mundo se le rompió para siempre, nadie volvió a pronunciarle un apellido conocido, ningún tío apareció preguntando por ella, ninguna abuela lloró reclamando su custodia. Para los registros, estaba sola. Para la vida, también.
La embajada cumplió su promesa: la protegieron, borraron su pasado y le dieron una nueva identidad. Desde entonces, su nombre era Melisa Sánchez. Un nombre limpio, sin historia, sin sangre. Un nombre que no despertaba sospechas. Pero dentro de ella, muy adentro, Alelí seguía viva, aferrada al recuerdo de sus padres como a un salvavidas invisible.
Semanas después, fue enviada a un hogar temporal.
La pareja que la recibió no parecía mala, no al principio. Eran correctos, formales, cumplidores. Él señor William, quien ahora era el padre de Melisa Sánchez, trabajaba muchas horas fuera de casa y hablaba poco; Su mujer Verónica, siempre se quedaba en casa y controlaba todo con una mirada severa y una voz siempre cargada de desdén. Nunca la golpearon. Nunca le dejaron marcas en la piel. Pero las palabras… las palabras fueron otra cosa, siempre la humillaban y le decían cosas hirientes.
—Agradece que te dimos un techo —le repetían—. Hay niños que no tienen ni eso.
Y Alelí agradecía. Siempre agradecía. Aprendió rápido que el silencio era su mejor defensa.
La casa era fría, no por el clima, sino por la ausencia de afecto. No había abrazos, ni palabras de afecto, ni preguntas sinceras, ni noches de cuentos. Solo reglas, exigencias y comparaciones constantes.
—No ensucies.
—No molestes.
—No hables tanto.
—No seas dramática.
Cada frase era una pequeña herida que se sumaba a las anteriores.
Alelí dormía en un cuarto pequeño, con una cama dura y una ventana desde la que a veces miraba el cielo, preguntándose si sus padres podían verla desde algún lugar. En esas noches, se abrazaba a sí misma y recordaba la voz de su madre, las manos de su padre sosteniéndola en alto, la risa que ya no volvía a salirle con facilidad.
No tenía ni una sola foto para recordar sus rostros. En su mente cada noche grababa a sus padres, temía olvidarlos.
En la escuela, en cambio, todo era distinto.
Ahí sí brillaba.
Desde el primer día, Alelí demostró ser diferente. Inteligente, observadora, disciplinada. Aprendía rápido, memorizaba con facilidad y tenía una capacidad sorprendente para resolver problemas. Sus maestros lo notaron enseguida.
—Es excepcional —decían—. Tiene un futuro enorme.
Gracias a su rendimiento, obtuvo una beca completa para estudiar en un colegio de paga, uno de los mejores del país. Para cualquiera, eso habría sido motivo de orgullo. Pero en su nueva casa, apenas fue motivo de molestia. La menospreciaban y nunca la motivaban en nada y está beca no fue la excepción.
—No creas que eso te hace especial —le dijo su madre sustituta—. Solo no nos hagas quedar mal.
Alelí bajó la cabeza y asintió.
Nunca fue suficiente.
Si sacaba la mejor nota, era porque “eso era lo mínimo”.
Si ganaba un reconocimiento, era porque “no tenía nada mejor que hacer”.
Si se esforzaba, era porque “no quería terminar como ellos”.
Sus nuevos padres siempre hablaban de ella como si fuera una carga, como si su existencia fuera una obligación incómoda que habían aceptado solo por apariencia o más bien por beneficio. Ya que cada mes el gobierno les daba una buena mensualidad.
Los años fueron pasando muy rápido y Alelí entendió algo importante: no podía depender de nadie.
Comenzó a buscar formas de ganar dinero. Al principio eran cosas pequeñas: ayudar a compañeros con las tareas, dar clases privadas, ordenar libros en una tienda del barrio, limpiar casas los fines de semana o después de clases. Guardaba cada moneda como si fuera oro. No por ambición, sino por supervivencia.
Sabía que no podía pedir nada en casa.
—¿Para qué quieres eso? —le decían—. No tenemos dinero para caprichos. Ya te damos lo que necesitas.
Y aunque no pedía juguetes ni ropa bonita, aunque solo necesitara cuadernos o zapatos nuevos, siempre era un problema.
La vida se volvió una rutina dura. Estudiar, trabajar, callar.
Sonreír lo justo.
No estorbar.
No existir demasiado.
Pero en su interior, algo crecía.
Cada noche, antes de dormir, los recuerdos regresaban sin pedir permiso: los disparos, la sangre, la voz de su padre pidiéndole que corriera. Y con ellos, el mismo pensamiento de siempre, oscuro, persistente:
Todo esto es culpa de ellos.
De esos hombres.
De esa mafia.
De esos malditos que le arrebataron a sus padres, sus sueños, su infancia y la posibilidad de una vida normal.
Alelí no odiaba a sus padres sustitutos.
No los amaba tampoco.
Eran solo una consecuencia más.
La verdadera raíz de su dolor tenía nombres que aún no conocía, rostros que todavía no había visto, pero una certeza que se fortalecía con los años: algún día haría justicia.
Mientras otras niñas soñaban con muñecas, vestidos o cuentos de hadas, Alelí soñaba con respuestas. Con saber quiénes fueron los responsables. Con entender por qué su familia tuvo que morir. Con encontrar una forma de equilibrar la balanza.
Y aunque aún era pequeña, ya estaba aprendiendo algo fundamental:
la paciencia.
Crecía en silencio, acumulando conocimiento, fortaleza y una frialdad que no era natural en una niña, pero que la vida le había impuesto. Nadie notaba la profundidad de su mirada, ni la forma en que analizaba todo a su alrededor. Nadie imaginaba que, bajo esa apariencia tranquila y obediente, se estaba formando algo peligroso.
Alelí seguía creciendo.
Más fuerte.
Más inteligente.
Más sola.
Y sin saberlo, cada día que sobrevivía sin amor, cada humillación soportada, cada moneda ganada con esfuerzo, la acercaba un poco más a la mujer que estaba destinada a ser.
Una mujer que no olvidaría.
Una mujer que no perdonaría.
Porque a Alelí le habían quitado todo.
Y algún día… lo cobraría. 🌸