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LA HERMANDAD DEL AMO

LA HERMANDAD DEL AMO

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Fantasía épica / Completas
Popularitas:31
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Trinidad Raquel Reig Mateu

Dos amigos, un destino marcado por la sangre y una búsqueda desesperada. Cuando su amiga de la infancia desaparece sin dejar rastro, Joan y Ralph deberán despertar el poder oculto de sus linajes. Desde las sombras de la Hermandad del AMO hasta los secretos prohibidos de civilizaciones ancestrales, descubrirán que la realidad es solo un velo... y que para rescatar a quien aman, primero deben aceptar quiénes son en realidad.
En el juego del AMO, la lealtad es un mito y la sangre es la única moneda. ¿Estás listo para cruzar el umbral?

NovelToon tiene autorización de Maria Trinidad Raquel Reig Mateu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPIULO 9 LUNA AZUL

Joan y Ralph reaccionaron al instante, convirtiendo el salón en un campo de batalla. Vicky, presa de un pánico ciego, perdió el sentido de la realidad; para ella, la única salida del horror no era la puerta, sino el vacío. Corrió desesperadamente hacia la ventana con la intención de lanzarse.

- ¡Vicky, no! —gritó Annie, lanzándose para interceptarla.

Sin embargo, un Ninja Dracon se interpuso en su camino. Antes de que Annie pudiera alcanzarla, el guerrero la empujó con violencia, haciéndola caer al suelo. Ralph, que había visto el movimiento, le propinó una patada demoledora al ninja en el pecho, apartándolo de Annie, pero Vicky ya estaba subida a la repisa.

- ¡Ralph, coge a Vicky! —advirtió Joan mientras bloqueaba el ataque de dos enemigos a la vez.

Ralph giró sobre sus talones y, en un movimiento agónico, rodeó la cintura de Vicky con sus brazos justo cuando ella se impulsaba hacia el abismo. El tirón la devolvió al interior de la habitación. Pero, mientras retrocedía dando pasos pesados para asegurar a Vicky, un Ninja Dracon surgió de la nada tras él. El brillo de un arma curva atravesó el aire, hiriendo a Ralph profundamente en la espalda.

Ralph soltó un gruñido de dolor, pero no soltó a Vicky. Annie, viendo a su amigo herido y al ninja preparándose para el golpe de gracia, no lo dudó: agarró una pesada figura de bronce de una mesa cercana y, con un grito de rabia, golpeó al atacante en la sien. El Ninja Dracon cayó al suelo, inconsciente, antes de que pudiera completar su carnicería.

Una calma tensa y breve se instaló en el salón, rota solo por el jadeo de los presentes. Annie corrió hacia Ralph para evaluar la herida, mientras Vicky se quedaba paralizada, con la mirada fija en la sangre que empapaba la espalda de su protector; la culpa la golpeó con más fuerza que el pánico.

Joan caminaba de un lado a otro, haciendo crujir los cristales rotos bajo sus deportivos mientras vigilaba a los ninjas Dracon caídos. A lo lejos, el aullido de las sirenas empezó a desgarrar la noche, pero lo que realmente le heló la sangre fue un sonido mucho más cercano: el rítmico eco de nuevos pasos aproximándose por el pasillo exterior.

- ¡Hay que irse de aquí! —ordenó Joan con un tono imperativo que no admitía réplicas.

- Pero... mi equipaje... —balbuceó Vicky, mirando hacia su habitación con los nervios a flor de piel.

- ¡No hay tiempo, vienen más! —rugió Joan, señalando las sombras que ya se deslizaban por la fachada del edificio de enfrente.

Ralph, con el rostro pálido y la camisa pegada al cuerpo por la sangre, hizo un esfuerzo sobrehumano y empujó a Vicky hacia la salida. Ella intentó zafarse para correr a por sus pertenencias, pero Annie la sujetó con firmeza del brazo, arrastrándola hacia el pasillo oscuro. La supervivencia pesaba ahora más que cualquier recuerdo material.

- ¡Tu vida vale más que tu ropa! ¡Vámonos! —sentenció Annie, que había cogido al vuelo el bolso de Vicky.

Salieron al rellano justo cuando el cristal de otra ventana estallaba a sus espaldas. Bajaron las escaleras a trompicones. Ralph se tambaleaba, su respiración convertida en un silbido agónico, pero su mano seguía aferrada con fuerza a la cintura de Vicky, como si temiera que ella intentara lanzarse al vacío de nuevo. Salieron corriendo por donde habían venido, cruzaron la ahora desértica esquina donde se habían chocado con Vicky.

Alcanzaron el viejo coche de Joan, justo cuando el primer shuriken impactaba contra el metal de la carrocería con un chasquido seco.

- ¡Conduce tú! —le ordenó Joan a Annie mientras ayudaba a Ralph a desplomarse en el asiento trasero junto a una Vicky catatónica.

Annie nerviosa se puso al volante. Sus manos temblaban, pero al ver por el retrovisor la herida de Ralph y el rostro desencajado de la chica que podía llevarla hasta su hermana, algo en su interior hizo "clic". Arrancó el motor con un rugido y quemó neumático, saliendo del callejón justo antes de que los Ninja Dracon bloquearan la salida.

- Mantén la presión en la herida, Ralph... por favor, aguanta —suplicaba Annie mientras sorteaba el tráfico nocturno a una velocidad suicida.

- Estoy... bien —mintió Ralph, aunque su piel se tornaba de un gris ceniciento—. Solo es... un rasguño de cortesía.

Vicky, encogida en un rincón del asiento, comenzó a sollozar en silencio mientras abrazaba sus propias rodillas. Estaba desvalida, sin maletas, ni identidad; solo le quedaban esos tres desconocidos que estaban desangrándose por ella.

Joan marcaba la ruta con precisión militar mientras el coche devoraba el asfalto, rozando el límite de su potencia. Por detrás, el aullido feroz de las sirenas se perdía en la distancia tras cruzar el puente que los alejaba de la ciudad. Ralph, luchando contra la negrura que amenazaba su consciencia, entreabrió los ojos y se incorporó ligeramente para mirar a Vicky, que estaba rota de dolor y culpa.

- Tranquila... esto no va a acabar conmigo —logró decir Ralph con un hilo de voz—. Lo importante es que tú estás bien.

- ¿Cómo puedes decir eso? —respondió Vicky, y su voz era una mezcla de llanto y auto recriminación—. Te han herido por evitar que saltara. Casi te matan por mi culpa.

- Vicky, escucha —intervino Joan desde el asiento del copiloto, con un tono firme pero afectuoso—. No vuelvas a hacer algo así. Estamos aquí para protegerte, no para hacerte daño.

- Te necesitamos, Vicky —suplicó Annie, aferrando el volante con fuerza—. Para encontrar a Sally, tú eres nuestra única esperanza.

El silencio volvió a reinar en el habitáculo, solo roto por el rugido del motor. Cuando el eco de las sirenas desapareció por completo, Joan dio la orden de cambiar de estrategia.

- Decelera, Annie. Ya no hace falta correr tanto, ahora lo que necesitamos es ocultarnos para curar a Ralph. Busca el primer camino de montaña.

- ¿No sería mejor ir a un hospital? —preguntó ella, mirando de reojo el retrovisor con el miedo todavía reflejado en sus ojos.

- Eso solo empeoraría las cosas —sentenció Joan—. Nos encontrarían en diez minutos.

Tras varios kilómetros, se internaron en un sendero que se hundía en el corazón del bosque. El camino los llevó hasta la orilla de un lago sereno, donde una vieja cabaña de madera parecía dormir entre la maleza. En cuanto Annie detuvo el motor, el silencio del bosque les cayó encima como una losa. Joan cargó de nuevo a su amigo a la espalda y lo introdujo en el habitáculo.

El interior olía a madera vieja, polvo y abandono; las telarañas colgaban de las vigas como jirones de fantasmas. Joan dejó a Ralph en el suelo con cuidado, mientras las chicas se arrodillaban a su lado, buscando luz para evaluar el daño. Sin decir palabra, Joan salió de nuevo a la penumbra exterior para recoger leña; necesitaban fuego, y lo necesitaban rápido.

Joan regresó cargado de ramas secas y, en pocos minutos, el chisporroteo del fuego iluminó las paredes de madera, bañando la cabaña con una luz anaranjada y vacilante. Annie ya había abierto el botiquín de emergencia que había cogido Ralph de su casa.

- Vicky, necesito que me ayudes —dijo Annie, con una calma que ni ella misma sabía que poseía—. Sostén la linterna aquí, que no se mueva.

Vicky asintió, aunque sus manos aún temblaban ligeramente. Se arrodilló al otro lado de Ralph, quien yacía boca abajo, con la respiración pesada. Al iluminar la espalda, ambas contuvieron el aliento: la herida era un tajo limpio y profundo, un recordatorio de la precisión letal de los Dracon.

- Voy a limpiar la zona con antiséptico. Ralph, va a doler —advirtió Annie.

Ralph solo respondió con un gruñido ahogado, hundiendo el rostro en sus brazos. Cuando el líquido tocó la carne abierta, el cuerpo del hombre se tensó como un arco. Vicky, por puro instinto, puso una mano sobre el hombro de Ralph para darle apoyo.

- Ya casi está... eres muy valiente —le susurró Vicky. Sus propias palabras parecieron darle fuerzas a ella también.

Con cuidado, Annie comenzó a cerrar la herida. Vicky le pasaba las vendas y el esparadrapo antes de que Annie los pidiera, como si entre ambas se hubiera establecido una conexión silenciosa. En ese momento, mientras el calor del fuego empezaba a vencer al frío del bosque, Vicky dejó de ser la chica que huía para convertirse en la que ayudaba a salvar.

- Gracias, Vicky —murmuró Annie sin levantar la vista del vendaje—. No habría podido hacerlo sola con este temblor.

- Es lo mínimo que puedo hacer —respondió ella, mirando a Ralph—. Me habéis salvado la vida. Ahora me toca a mí responder con agradecimiento y servicio lo que habéis hecho por mí.

Joan, desde la puerta, observaba la escena en silencio. Sabía que la herida de Ralph era grave, pero ver a las dos mujeres unidas le dio la certeza de que, a pesar de los ninjas y el jefe, tenían una oportunidad de ganar.

Salió, dejando que el aire gélido de la noche le golpeara el rostro. Necesitaba despejar la mente y asimilar el caos de las últimas horas. En su cabeza resonaba, como un eco sagrado, la profética frase que había escuchado ante la tumba de su padre: «Estás en el camino correcto; pronto la hermandad se activará. No vuelvas a alejarte de los que te aman de verdad».

Unos pasos vacilantes, pero decididos, crujieron sobre la hojarasca a su espalda. Joan se volteó y encontró a Vicky. Su expresión había cambiado; el pánico se había retirado, dejando ver un destello de coraje en sus ojos.

- Gracias por rescatarme —dijo ella con sinceridad—. Me habéis salvado de una muerte segura.

- Agradecido quedo —respondió Joan con una calidez genuina.

- Sois unos hombres increíbles —continuó Vicky, abrazándose a sí misma para protegerse del frío—. Desde que llegué a Los Ángeles para estudiar, apenas he conocido la honestidad. En el pub solo había depredadores compitiendo por ver quién era más macho, devorando con la mirada. Y luego Bruno... mi jefe. Lleva un mes de acoso para llevarme a México a ese ritual delirante.

Joan la observó con renovada curiosidad. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con las enseñanzas de su padre.

- ¿Puedo hacerte una pregunta personal? —preguntó Joan.

- Sí, claro. ¿Cuál?

- ¿En qué fecha naciste?

- El 3 de febrero de 1981 —respondió ella, extrañada por la pregunta.

- Es una fecha poderosa —murmuró Joan, mirando hacia el cielo estrellado—. Mi padre decía que en febrero impera la "Luna de Nieve". Los nacidos bajo su luz poseen una pureza de espíritu sin igual.

- No lo sabía... —Vicky soltó una pequeña sonrisa melancólica—. Mi madre siempre me contaba que nací de madrugada, bajo una extraña Luna llena Azul.

Joan sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

- Esto empieza a tener sentido —susurró para sí mismo.

Vicky se le quedó mirando extrañada y curiosa a la vez. La brisa sopló fuerte, gélida y silbando suavemente sobre los oídos de ambos.

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