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EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Viaje a un mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 20

Seúl tiene una forma cruel de recordarte quién eres cuando dejas de tener un título impreso en una tarjeta de visita dorada.

Veinticuatro horas después de que Min-ho abandonara su coche en la autopista y yo renunciara a mi vuelo a Madrid, el mundo que conocíamos se había desintegrado. El titular en el Korea Economic Daily era demoledor: "El heredero del proyecto Han-Guk sufre un colapso nervioso: abandona firma crucial con inversores alemanes".

Era la forma elegante de Park de decir que Min-ho estaba acabado.

Nos encontrábamos en un pequeño apartamento-estudio en el barrio de Seochon, cerca del palacio de Gyeongbokgung. No era Hannam-dong. No había ventanales del suelo al techo ni encimeras de mármol. Era un espacio de treinta metros cuadrados con suelos de madera que crujían y una ventana que daba a un callejón donde una anciana secaba pimientos rojos al sol.

—Es... acogedor —dije, dejando mi maleta junto a una mesa de madera desvencijada.

Min-ho estaba de pie junto a la ventana, mirando el callejón. Llevaba unos vaqueros viejos y una sudadera gris. Sin sus trajes de sastre, parecía más joven, pero también más cansado. Sus cuentas bancarias personales habían sido congeladas preventivamente por la junta de Han-Guk bajo una demanda por "daños y perjuicios deliberados".

—Es un escondite, Valeria —respondió él, girándose. Su mirada seguía teniendo ese fuego, pero ahora era un fuego de guerrilla, no de despacho—. Park se ha quedado con las patentes. Se ha quedado con el código base. Se ha quedado con todo lo que construí en los últimos cinco años.

Caminé hacia él y le tomé las manos. Estaban frías.

—No se ha quedado con la idea, Min-ho. Ni se ha quedado con nosotros.

Él sonrió con amargura, pero me apretó las manos.

—Tengo un servidor portátil que logré sacar de la oficina antes de que bloquearan mi acceso. Contiene los algoritmos de respuesta emocional, la parte que tú me ayudaste a pulir. Es lo único que nos queda.

—Entonces es suficiente —sentencié—. Vamos a montar algo nuevo. Sin juntas directivas, sin compromisos con los Cho, sin el miedo a lo que digan los antepasados.

El plan era una locura. En Corea, si sales del círculo de los chaebols (los grandes conglomerados), eres invisible. Los bancos no te prestan dinero, los proveedores no te venden componentes y los empleados tienen miedo de trabajar para ti. Éramos parias.

Pasamos los primeros tres días transformando el pequeño estudio en nuestra oficina. Compramos dos escritorios de segunda mano en un mercado de muebles usados y tiramos cables por todo el suelo. Mi "despacho" era una esquina junto a la cafetera. El suyo, una mesa llena de discos duros y notas adhesivas.

—Paso número uno: Necesitamos un nombre —dije una tarde, mientras comíamos fideos instantáneos sentados en el suelo.

Min-ho miró el vapor que subía de su bol.

—Kkum —dijo—. Significa "Sueño". Pero no un sueño de dormir, sino un sueño de aspiración.

—Kkum Consulting —probé las palabras en mi boca—. Me gusta. Suena a algo que empieza desde abajo.

Pero la realidad no tardó en llamar a la puerta. O mejor dicho, en vibrar en mi teléfono. Elena, mi jefa en Madrid, me envió un mensaje final antes de bloquearme en todas las redes corporativas: "Has destruido tu reputación, Valeria. No vuelvas a pedir trabajo en este sector en Europa. Estás muerta profesionalmente".

Lancé el teléfono contra el sofá.

—¿Malas noticias? —preguntó Min-ho sin levantar la vista del código.

—Solo un recordatorio de que he quemado todos los puentes. Literalmente.

—Bien —dijo él, levantándose y caminando hacia mí. Se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos—. Los puentes quemados iluminan el camino hacia adelante. Si no tenemos a dónde volver, solo nos queda ganar.

Esa noche, el sueño volvió, pero fue distinto.

No estaba en la playa. Estaba en el pequeño estudio de Seochon. Pero las paredes eran de cristal y, fuera, miles de personas caminaban con los ojos vendados. Min-ho estaba a mi lado, escribiendo en el aire con luz blanca. Cada vez que escribía una palabra, una persona se quitaba la venda y sonreía.

—Mira —decía el Min-ho del sueño—. No estamos construyendo software. Estamos despertando a la gente.

Me desperté con una idea clara. Me senté en el escritorio y empecé a escribir el manifiesto de Kkum. No hablé de beneficios trimestrales ni de cuota de mercado. Hablé de la soledad en la era digital. Hablé de cómo la tecnología nos había separado y de cómo podía volver a unirnos si le dábamos un corazón.

A la mañana siguiente, se lo enseñé a Min-ho.

Él lo leyó en silencio. Vi cómo sus ojos se humedecían.

—Es perfecto, Valeria. Pero para que esto funcione, necesitamos un inversor ángel. Alguien que no le tenga miedo a Park.

—¿Existe alguien así en Seúl?

Min-ho se quedó pensativo.

—Solo hay una persona. La "Reina de los Mercados". Una mujer que hizo su fortuna prestando dinero a los comerciantes de Namdaemun antes de convertirse en la mayor inversora de startups tecnológicas del país. Se llama Madame Kang. No es familia mía, pero compartimos el apellido y, según dicen, el mal carácter.

Conseguir una cita con Madame Kang fue como intentar entrar en una fortaleza. No respondía correos y sus asistentes nos colgaban en cuanto oían el nombre de Min-ho. Sabían que era "persona non grata".

—Si no nos dejan entrar por la puerta, entraremos por la comida —dije.

Sabía que Madame Kang desayunaba todos los jueves en un pequeño restaurante tradicional de seolleongtang (sopa de hueso de buey) cerca de la zona de Insadong. No era un sitio de lujo; era un lugar de raíces.

Nos presentamos allí a las seis de la mañana. Hacía un frío que calaba los huesos. Min-ho estaba nervioso, retocándose el pelo constantemente.

—Relájate —le pedí—. Eres el hombre que corrió tres kilómetros por la autopista. Una inversora de setenta años no es nada comparado con eso.

Madame Kang llegó en un coche modesto, acompañada solo por un chofer que parecía un guardaespaldas. Era una mujer pequeña, de pelo canoso muy corto y ojos que parecían dos cuchillas de afeitar. Se sentó en su mesa de siempre y pidió su sopa sin mirar a nadie.

Nos acercamos con cuidado.

—Madame Kang, perdone la interrupción —empezó Min-ho con una reverencia perfecta—. Soy Kang Min-ho.

Ella ni siquiera levantó la vista de su cuchara.

—Sé quién eres. Eres el chico que tiró su carrera por un avión. Y tú eres la española que causó el caos. No presto dinero a románticos. El romance no paga facturas.

—No venimos a pedir dinero por romance —intervine, sentándome en la silla de enfrente sin que me invitaran. Min-ho se quedó de piedra—. Venimos a ofrecerle el control del próximo gigante tecnológico de Asia.

Madame Kang dejó la cuchara. Me miró de arriba abajo.

—Tienes valor, jovencita. O mucha estupidez. ¿Por qué debería invertir en dos personas que el Grupo Han-Guk quiere enterrar vivas?

—Porque Park es un cobarde —dije, manteniendo la mirada—. Él construye jaulas de oro. Nosotros estamos construyendo llaves. Su software es para controlar; el nuestro es para liberar. Si usted nos apoya, no solo ganará dinero. Le demostrará a todo Seúl que los viejos métodos de los chaebols están muriendo.

Min-ho sacó una tablet y le mostró el manifiesto y un video corto del prototipo emocional funcionando en un entorno real.

La mujer miró la pantalla durante un minuto eterno. El restaurante estaba en silencio, solo se oía el sorber de la sopa de los otros clientes.

—Park vendrá a por mí si os ayudo —dijo ella, pero había una chispa de diversión en sus ojos.

—Park le tiene miedo a usted, Madame —respondió Min-ho—. Todos le tienen miedo.

Ella soltó una carcajada seca que sonó como papel rompiéndose.

—Tenéis una semana. Presentadme un modelo de negocio que no dependa de las patentes de Han-Guk. Si me convencéis, os daré el garaje de una de mis propiedades en Seongsu-dong y el capital semilla. Si falláis, no volváis a pronunciar mi nombre.

Salimos del restaurante flotando. Teníamos una oportunidad. Una grieta en el muro.

Regresamos al estudio de Seochon y trabajamos como posesos. Min-ho reescribió el núcleo del algoritmo desde cero para evitar demandas por propiedad intelectual. Yo diseñé la estrategia de marca de Kkum. Éramos un equipo sincronizado, una máquina de dos piezas que encajaban a la perfección.

Pero la sombra de Park no se había ido.

Una noche, mientras volvía de comprar café, un coche negro de cristales tintados me cerró el paso en el callejón. Bajó la ventanilla. No era Park. Era Cho Se-bin.

—Sigues aquí —dijo, mirándome con una mezcla de asco y fascinación—. No sabes cuándo rendirte, ¿verdad?

—Me gusta Seúl, Se-bin. Me gusta el aire de la mañana.

—Escúchame, Valeria. He hablado con mi padre. Estamos dispuestos a retirar la demanda contra Min-ho y devolverle parte de sus activos si tú te vas. Ahora. Sin despedidas. Le daremos una salida digna. Si te quedas, Madame Kang recibirá una llamada que no podrá ignorar. La hundiremos con vosotros.

—Madame Kang no se asusta tan fácilmente —respondí, aunque sentí un escalofrío.

—Todo el mundo tiene un precio. No hagas que Min-ho acabe viviendo en la miseria por tu ego. Él nació para ser un rey, no un programador de garaje.

El coche arrancó, dejándome sola en la oscuridad del callejón.

Subí al estudio. Min-ho estaba dormido sobre el teclado, con la luz del monitor iluminando su rostro cansado. Lo miré y me pregunté si Se-bin tenía razón. ¿Lo estaba destruyendo al obligarlo a quedarse conmigo? Él podría recuperar su vida de lujos en un segundo si yo desapareciera.

Me acerqué y le acaricié el pelo. Él se despertó sobresaltado.

—¿Valeria? ¿Qué pasa?

—Nada —mentí, besándole la frente—. Solo que... te quiero. En el despacho de cristal y en este garaje.

—Yo también —dijo él, medio dormido—. Y prefiero este garaje contigo que el mundo entero sin ti.

 nosotros dos estamos abrazados en ese pequeño espacio, rodeados de cables y sueños a medio programar. Habíamos conseguido una aliada poderosa, pero los enemigos eran más fuertes que nunca. Se-bin había lanzado su amenaza y yo sabía que la semana que nos había dado Madame Kang sería la más peligrosa de nuestras vidas.

Pero mientras miraba por la ventana los pimientos rojos de la anciana, supe que ya no tenía miedo. Había aprendido que el éxito no era el piso 42, sino la capacidad de levantarse una vez más cuando todos esperan que te quedes en el suelo.

Valeria y Min-ho ya no eran personajes de un sueño. Eran los arquitectos de su propia realidad.

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The Wolf 🥀🐺🍃
una historia que se parece a mi vida mi ....me pasó lo mismo con mi ahora esposo y dejé de soñarlo cuando xfin lo conocí y extrañaba a el chico de mi sueños 😭😭....veamos k pasa .
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