Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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Distancias
El sonido metálico de los disparos de práctica y las órdenes cortas resonaban en el aire. Desde una de las bancas del campo, ajustaba mis botas negras con calma, observando a los soldados entrenar bajo el sol pálido de la mañana. El olor a pólvora y tierra mojada me resultaba familiar, casi reconfortante. A lo lejos, la voz de mando de James Miller se imponía sobre todo el ruido, clara, firme, autoritaria.
-¡Movimiento rápido, control de respiración, enfoque! ¡No quiero ver ni un segundo de distracción! -gritaba mientras caminaba entre los reclutas.
Sonreí apenas. El mismo James de siempre. Directo, exigente, pero con ese toque de humor que lograba mantener vivo el espíritu de cualquiera.
Cuando finalmente me vio, su expresión cambió por completo.
-¡Bueno, si no es la mismísima Capitana Cardona! -exclamó con una sonrisa mientras se quitaba los guantes-. Pensé que estabas demasiado ocupada salvando el mundo para venir a vernos.
Me levanté, cruzando los brazos con una media sonrisa.
-Solo vine a comprobar si aún sabes entrenar a tus hombres.
-Por favor -replicó, fingiendo indignación-. Ellos podrían darte pelea ahora.
-Eso quiero verlo.
Ambos reímos, y por un momento todo se sintió como antes. Había sido uno de mis compañeros más cercanos, un amigo de verdad, de esos pocos que quedan cuando el ruido se apaga y los misiles dejan de volar.
-En serio, Nat -dijo de pronto, bajando la voz-. Me alegra verte aquí. Pensé que no volverías jamás.
-Yo también lo pensé -admití.
Hubo un breve silencio, cargado de cosas que no hacía falta decir. Luego, James suspiró y señaló con la cabeza hacia los edificios del fondo.
-Ven, tenemos que ir a la sala de altos mando. Ahí están los equipos de élite entrenando, y el coronel quiere ver los informes.
-¿El coronel Stein? -pregunté con aparente neutralidad, aunque mi estómago se contrajo un poco.
-El mismo. -James sonrió con malicia-. No pongas esa cara, no muerde... o bueno, no tanto.
Rodé los ojos y caminé junto a él. El pasillo que conducía a la sala de entrenamiento avanzado estaba lleno de actividad: soldados corriendo, órdenes, golpes secos contra los sacos de combate. Cuando entramos, el ambiente cambió. Era un espacio amplio, moderno, lleno de pantallas tácticas, simuladores y una pista de obstáculos que ocupaba casi toda la zona central.
Y ahí estaba él.
Dereck Stein.
De pie, en el centro del recinto, observando los movimientos del equipo táctico. Su postura impecable, las manos detrás de la espalda, la mirada fija en el entrenamiento. La luz blanca del techo resaltaba el contorno de su rostro y ese aire de control absoluto que siempre lo acompañaba.
Mi respiración se volvió más consciente, aunque intenté disimularlo. No podía evitarlo. Había algo en él que seguía descolocándome, aunque me empeñara en ignorarlo.
James comenzó a explicarme algunas de las nuevas rutinas, los protocolos, mientras yo fingía atención. Fue entonces cuando una mujer rubia, delgada, con uniforme perfectamente entallado, se acercó a Dereck. Le sonrió con descaro, apoyando una mano en su brazo mientras le hablaba en voz baja.
Él asintió apenas, sin sonreír, pero tampoco se apartó.
Yo bajé un poco la mirada y me crucé de brazos, intentando mantener la compostura. No sabía quién era, pero su seguridad me irritó más de lo que quise admitir.
-¿Y ella quién es? -pregunté en voz baja, disimulando mientras James me mostraba una pantalla.
James me lanzó una mirada divertida.
-¿Ella? Es la teniente Colins. Recién ascendida. Muy buena en inteligencia táctica... y muy interesada en impresionar al coronel, si me entiendes.
-Ah -murmuré, conteniendo una sonrisa irónica-. Ya veo.
-No le hagas caso -añadió él-. Desde que volviste, todos están tensos. Especialmente él.
-¿Él?
-Dereck -aclaró, bajando la voz aún más-. No finge tan bien como cree. Lo noto cuando te ve.
Yo lo negué con la cabeza, pero mis ojos, traicioneros, lo buscaron. Y, como si me hubiera escuchado, Dereck levantó la vista justo en ese instante.
Nuestros ojos se cruzaron por un par de segundos.
Solo eso bastó.
Su expresión no cambió, pero su mirada... esa mirada decía demasiado. Luego, sin más, desvió la atención de nuevo a los entrenamientos, como si nada hubiera pasado.
Yo respiré hondo y me forcé a seguir caminando junto a James, centrando mi vista en el campo de prácticas.
-¿Sabes? -dijo James, con una sonrisa ladeada-. Ignorarlo no va a funcionar.
-¿Quién dice que lo estoy haciendo?
-Tu cara -respondió divertido-. Y tus ojos.
-Cállate, ñoño -repliqué, dándole un leve empujón.
Él rió, y seguimos observando los ejercicios. Pero por más que me concentrara, no podía borrar la sensación de que Dereck me observaba de reojo cada tanto. Y aunque lo negaba, mi cuerpo lo sabía: lo sentía.
Había algo en esa tensión contenida, en ese silencio compartido, que se sentía más peligroso que cualquier misión.
Porque una cosa era volver al campo de batalla.
Otra, era enfrentarse a quien nunca dejaste de mirar, incluso cuando juraste no hacerlo más.