VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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El eco de la ausencia
Alessandro Valerius:
Me mantengo de pie frente al cristal reforzado, con las manos entrelazadas a la espalda y la mandíbula tan tensa que siento el crujir de mis propios dientes. El monitor cardíaco marca un ritmo monótono, una melodía de hospital que se ha convertido en el único lenguaje que mi hija habla desde hace ciento ochenta días.
No ha despertado.
A pesar de que el doctor retiró los tubos, a pesar de que sus pulmones ahora luchan por sí mismos, María sigue atrapada en ese limbo gris. La miro y no veo a la niña que reía en los jardines; veo un arma en reposo, una pieza de artillería que se niega a disparar. Su rostro está sereno, demasiado sereno para alguien que lleva una guerra grabada en el pecho por el apellido Veraldi.
—Mírala, Viktor —siseo sin apartar la vista de su palidez—. Está ahí, pero se niega a volver. Está escuchando mis promesas de sangre, está sintiendo el frío de San Petersburgo, pero prefiere quedarse en esa oscuridad.
Viktor da un paso al frente, su sombra proyectándose sobre la cama de María como un guardián de la muerte.
—El trauma no fue solo la bala, Alessandro —responde él con esa voz gélida—. Fue la traición. El cuerpo sana más rápido que la mente cuando lo último que vio fue al hombre que amaba permitiendo su ejecución.
Un rugido de furia contenida asciende por mi garganta. Me acerco a la cama y me inclino sobre ella, invadiendo su espacio personal, queriendo que mi voz sea el trueno que rompa su letargo.
—¡Despierta de una vez! —le susurro al oído, y mi aliento empaña la máscara de oxígeno que le queda—. Maximiliano está en Italia, María. Está bebiendo su culpa, ahogándose en su propia cobardía, mientras tú te escondes en este coma. ¿Vas a dejar que él gane? ¿Vas a dejar que su padre crea que cumplió su objetivo de borrarte de la faz de la tierra?
Tomo su mano. Está tibia, pero inerte. No hay presión, no hay respuesta. Me desespera esta quietud. Prefiero su odio, prefiero que despierte y me intente matar por haberle mentido con su funeral, a verla convertida en esta estatua de carne y hueso.
—Si no despiertas, María, todo lo que hice habrá sido en vano —le digo, apretando sus dedos con una fuerza que roza el dolor—. El mundo te cree ceniza. Tu tumba ya tiene flores secas. No dejes que el nombre de los Valerius muera en esta cama de hospital por la debilidad de un amor que te disparó al corazón.
Me enderezo, ajustando mi abrigo negro. El silencio de la habitación es insultante. El doctor Smirnov entra y revisa sus pupilas una vez más, negando con la cabeza antes de anotar algo en su carpeta.
—Sigue en el coma sutil, señor Valerius. El cerebro ha decidido que la realidad es demasiado dolorosa para ser habitada.
Suelto una risa amarga que resuena en las paredes blancas.
—Entonces tráiganle más dolor —ordeno, mirando a Viktor—. Tráiganle los informes de las muertes que los Veraldi han causado esta semana. Pónganle las grabaciones de las amenazas de José. Si no quiere volver por amor, la obligaremos a volver por puro y absoluto rencor. Pero ella no se quedará en esa neblina mientras yo preparo la caída de Roma.
Me quedo ahí, observándola, esperando que un solo dedo se mueva, que un párpado tiemble, que el monitor se vuelva loco. Pero María sigue allí, hermosa y letalmente dormida, como si estuviera esperando un motivo que aún no le hemos dado para querer abrir los ojos.
Maximiliano:
El reloj de pared marca las tres de la mañana, un sonido metálico que rebota en las paredes de mi oficina como si fuera un martillo golpeando un ataúd. Mis ojos arden, inyectados en sangre y agotamiento, mientras intento enfocar la vista en el fajo de documentos que tengo sobre el escritorio de roble.
Informes de aduanas, rutas de contrabando en el Adriático, nóminas de sicarios... papel. Montañas de papel que no significan nada.
Suelto la pluma estilográfica y dejo que una gota de tinta negra manche el contrato de una de nuestras empresas tapadera. Me da igual. Todo en esta sala, desde las cortinas de seda hasta el arma de oro en mi cajón, me parece una burla. He pasado seis meses intentando ser el heredero que mi padre exige, intentando enterrar mi dolor bajo una montaña de burocracia criminal, pero la oficina apesta a ella.
Encendí un cigarrillo, inhalando el humo con una profundidad que me hizo toser. En el aire flota el rastro fantasmagórico de su perfume de rosas, o quizás es solo mi mente jugando conmigo de nuevo, torturándome con lo que ya no está.
—Seis meses, María... —susurro, y mi propia voz me suena extraña, ronca por el alcohol y el desuso—. Seis meses desde que te entregué a la muerte.
Tomo un informe de inteligencia sobre los movimientos de los Valerius en Rusia. Mis dedos tiemblan apenas un milímetro. Mi padre cree que estoy limpiando el legado, que he vuelto a ser el lobo frío que él crió. No sabe que cada vez que firmo un documento, imagino que es mi propia sentencia de muerte.
Mis ojos se desvían, casi por instinto, al rincón más oscuro del escritorio. Allí, bajo una pila de registros financieros, guardo una pequeña bala de plata que encontré en la cabaña aquel día. No es la que te mató, pero es el símbolo de mi cobardía. La aprieto en mi puño hasta que el metal se clava en mi palma.
El silencio de la mansión es opresivo. A veces, juro que escucho sus pasos en el pasillo, o su risa desafiante antes de que todo se volviera rojo. Pero luego miro el papeleo, miro mis manos manchadas de tinta y sangre vieja, y recuerdo que el único lugar donde María vive es en mis pesadillas.
Dejé caer la cabeza entre las manos, dejando que las cenizas del cigarrillo cayeran sobre los informes de exportación. Soy el príncipe de un imperio de ceniza, gobernando sobre un escritorio lleno de mentiras, mientras la única verdad de mi vida yace bajo dos metros de tierra en un cementerio que no me atrevo a volver a pisar.
—¿Por qué sigo firmando esto? —me pregunto, mirando el fajo de papeles—. ¿Para quién estoy construyendo este reino si el trono está vacío?
Golpeé el escritorio con el puño, haciendo que el tintero se volcara por completo, cubriendo de negro todos los nombres, todas las cifras, todos los pecados de los Veraldi. Me quedé mirando cómo la mancha se extendía, devorándolo todo, igual que el olvido me está devorando a mí.
Narrador
El destino tiene un sentido del humor perverso. A miles de kilómetros de distancia, dos hombres poderosos se consumen por la misma mujer, aunque por razones opuestas. Uno la quiere como un arma de guerra; el otro la llora como el pecado que no puede redimir. En San Petersburgo, el aire huele a antiséptico y nieve; en Italia, a tinta volcada y tabaco rancio.
Pero el hilo rojo que los une a todos está a punto de tensarse hasta romperse...
¿que pasara? ¿ella despierta o... muere? quien sabe, para saberlo mira el siguiente capitulo ¡gracias! 🫂😽